El Gran Hermano vive en Uruguay

julio 27, 2026

Pablo Caffarelli

Hay semanas que arrancan con señales del universo y esta fue una de esas, porque llovió tanto que Montevideo pareció Londres, pero sin la elegancia del Big Ben ni la cortesía de los taxis negros. Hubo humedad, paraguas dados vuelta, veredas que parecían piscinas improvisadas y ese cielo gris que no invita precisamente a la poesía sino a pensar que quizá el invierno vino de mal humor o que estamos pagando el karma acumulado de todos los compatriotas que alentaron por Inglaterra contra Argentina en el Mundial. Y ya que hablamos de fútbol, se terminó el torneo y también se terminó esa pequeña tregua emocional en la que el país podía dividirse entre hinchas, comentaristas y expertos de café. Argentina tampoco pudo con España y la Copa quedó atrás, como quedan atrás las ilusiones cortas y las excusas largas. Volvimos a la programación habitual, esa que nunca falla, con impuestos, controles y la creatividad inagotable del Estado para recordarnos que todavía puede inventar algo más.

Porque hay gobiernos que creen que el crecimiento se produce, se exporta, se invierte y se trabaja, y hay otros que parecen convencidos de que la prosperidad consiste en mover la plata de un bolsillo al otro y llamar a eso política pública. Si no alcanza, se ajusta. Si no alcanza, se grava. Si no alcanza, se corrige la fórmula. Si no alcanza, se cambia la metodología. Y si aun así sigue sin alcanzar, siempre queda la posibilidad de pedirle al contribuyente que tenga la delicadeza de desaparecer un poco, o al menos de dejar menos huellas. En Uruguay ya no basta con pagar impuestos. Ahora también hay que comportarse como si uno estuviera permanentemente rindiendo examen ante una aduana moral que lo observa todo, lo anota todo y, si pudiera, seguramente le pediría disculpas por respirar.

El nuevo clima económico tiene algo de pedagogía inversa. El discurso oficial habla de inclusión, de justicia, de modernización y de un Estado que acompaña. Muy bien. Después aparece la letra chica y la clase pierde poesía. Se anuncia el impuesto mínimo global para las grandes multinacionales, la equiparación de rentas de capital del exterior, el gravamen a las compras por plataformas, el ajuste de las devoluciones del FONASA y, como si faltara un toque de maquillaje ecológico, la reaparición del IMESI para los autos eléctricos. Es decir, después de años diciéndole al ciudadano que había que cuidar el planeta, invertir en movilidad limpia y avanzar hacia una transición sustentable, el mensaje final resulta ser bastante más simple. Avance usted, pero pague antes. Y si se le ocurre moverse con tecnología nueva, no se preocupe, el sistema ya encontró cómo saludarlo con una tasa.

Lo de los vehículos eléctricos tiene un costado especialmente uruguayo. Primero se los incentiva, luego se los celebra como símbolo de futuro y finalmente, cuando el mercado empieza a despegar, se los mira con ternura tributaria y se les explica que la madurez consiste en empezar a recaudar. La explicación oficial es impecable en su forma y discutible en su espíritu. Dice que el mercado ya creció, que la política de estímulo cumplió su cometido y que ahora corresponde volver a la normalidad fiscal. Traducido al idioma cotidiano, significa que la primera foto era para la propaganda y la segunda para la caja. El problema no es sólo el impuesto en sí, sino la señal. Porque en Uruguay la estabilidad vale oro y cada vez que el Estado cambia las reglas con una sonrisa técnica, el inversor entiende que el futuro también viene con peaje.

Mientras tanto, el Banco Central puso la lupa sobre el dinero electrónico con una minuciosidad que impresionaría al más celoso de los inspectores imperiales. Transferencias, giros, retiros, operaciones internacionales, plataformas cripto, todo entra en la lógica de la trazabilidad. Hay umbrales, reportes, alertas y formularios que hacen sentir al ciudadano como si llevara una linterna encendida en el bolsillo. La idea, claro, es combatir el lavado, la evasión y el delito. Nadie sensato discutiría ese propósito. El problema aparece cuando la prevención empieza a parecerse demasiado a la desconfianza estructural y cuando el control se vuelve tan omnipresente que uno ya no sabe si está moviendo dinero o pidiendo permiso para existir. Orwell habría quedado desactualizado en un escritorio montevideano.

Lo más curioso de todo esto es la asimetría moral. Para recaudar, el Estado exige una trazabilidad impecable. Para reajustar beneficios, rediseñar devoluciones o distribuir recursos, la transparencia se vuelve más flexible. Para el contribuyente todo se registra. Para la administración todo se explica. Para el que produce, emprende, ahorra o invierte, la lupa. Para el que gasta, una narrativa. Esa es la verdadera obra maestra del momento. Gran Hermano para cobrar, prestidigitador para administrar y vocero sensible para justificar.

Y así seguimos, entre la lluvia londinense, la nostalgia del Mundial y la sensación de que el país no camina hacia una economía más dinámica sino hacia una versión más fina del mismo viejo reflejo. El Uruguay sigue siendo un país noble, ordenado y razonable en muchas cosas, pero hay mañanas en que uno se despierta con la certeza de que el mayor proyecto nacional no es crecer, sino auditarse. Capaz que por eso llueve tanto. O capaz que simplemente el cielo también leyó el presupuesto.

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