El Uruguay entre todos

agosto 17, 2026

César García Acosta

En una entrevista reciente en el programa Vox Populi (de Asertiva Play), Alberto Scavarelli relató que, durante la presidencia de Julio María Sanguinetti, el presidente utilizaba un libro del programa de gobierno (El Uruguay entre todos), para marcarlo y tacharlo personalmente con cada medida cumplida por su administración.

Esta actitud de Sanguinetti evidencia la importancia de las ideas y de cómo se escribe la mejor versión de una historia. Muchos catalogan esta actitud como un sano juicio inclusive en tiempos de redes sociales donde todo se desvirtúa.

Desestimular la política por aparentar igualar a todas las personas para verlas como potenciales presidentes, senadores o diputados, sólo abona al desprestigio de la política porque la realidad se encarga de desilusionar al hacer inalcanzable un «camino» que no siempre trae consigo recompensas.

Y otra realidad es que, en el mundillo de la gobernanza también hay espacio para la verdad, la dignidad, los renunciamientos, y las metas alcanzadas.

Marcar con «amarillo», como hacía Sanguinetti a los objetivos cumplidos del programa del gobierno que voto su gente, fue una actitud conmovedora que demuestra que lo posible sólo requiere del compromiso de la palabra dada.

Ante la dificultad de los gobiernos, como la que hoy atraviesa el del presidente Yamandú Orsi, su partido en vez de distanciarse y criticar, debería entender y generar consensos para evitar la decadencia al menos de «las cosas simples».

Quizá por eso, por la historia y para que el presente no repita el pasado, sería bueno diferenciar las actitudes de gobierno de las acciones del partido.

En un sentido figurado los frenteamplistas deberían asumir que mientras su militancia se cansa y el gobierno fagocita a un partido que lo absorbe, consume y anula, su gente, la que lo votó, es ella y no otra la que desaprueba su gestión, fundamentalmente por sentir una la traición que se configura en la falta de su capacidad de respuesta.

Dejar de ser extremistas le permitió al Frente Amplio asociarse con el centro del espectro político, pero eso lo distanció de su ideología que era la única que le brindaba utopía a su relato. Podrá haber un «Uruguay entre todos», pero jamás un «Uruguay de todos». Gobernar es hacerlo desde un solo lugar y no siempre resulta confortable. Alcanza con que ese lugar que el votante visualizó al votar exista.

Es por eso que la gente ve en el MPP a un revolucionario que no le llega ni al talón del batllismo como ideología socialdemócrata.

EL RELATO DE SCAVARELLI Alberto Scavarelli fue el coordinador general del programa de gobierno del Foro Batllista para la campaña de 1994. Según contó Scavarelli, Sanguinetti tenía el libro impreso del programa a mano de manera constante. Cada vez que el Consejo de ministros o el gobierno concretaban una de las metas prometidas, Sanguinetti abría el libro y la marcaba físicamente como una forma de control político y personal del compromiso asumido con la ciudadanía.

Yendo a la interna de la izquierda estas cosas tallan hondo. Rafael Michelini, en ese plenario cuando tomó la palabra, dijo que: «Estamos muy mal por errores propios y por errores de principiantes».

En el plenario del Frente Amplio de hace una semana que es donde deberían marcarse las diferencias, se aprobaron todas las resoluciones por unanimidad. Para el dirigente del Nuevo Espacio en el local que los frentistas llaman «la Huella de Seregni», dijo que «El problema no es que no hagamos cosas, sino de mantener una narrativa de izquierda».

Michelini se refirió al trabajo del bloque para combatir la pobreza infantil y diferenció la narrativa caritativa con la de la «lucha», y afirmó que prefiere claramente «la lucha». Para finalizar, trató de explicar el contenido del informe político que había brindado el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, y destacó que –con la preparación hacia un «Congreso de unidad»– la fuerza política empieza a ponerse «de pie».

En un contexto tensionado por las disputas entre el gobierno y el partido, el Plenario frenteamplista transcurrió sin altercados directos. Las únicas voces alzadas ocurrieron cuando habló el exsenador Carlos Baraibar recordando a Líber Seregni.

En este plenario se aprobó un documento que plantea la existencia de un malestar imperante en la militancia de la coalición de izquierdas porque su Gobierno se distanció de su programa, al tiempo que, en varios párrafos ataca a una «derecha» uruguaya que entiende como »cada vez más desestabilizadora» y que «procura instalar de forma permanente un clima de temor, incertidumbre y desconfianza en la sociedad».

Por ejemplo, el documento precongresal alude a una «paradoja» tras el «ciclo exitoso» de la elección que permite en parte «explicar por qué este cuarto gobierno frenteamplista inició su gestión en marzo de 2025 con niveles de popularidad inferiores a los registrados en los tres anteriores».

«La elección interna llevó a que parte de la militancia cayera en la construcción de visiones antagónicas de las precandidaturas mayoritarias», argumenta el documento en referencia a la contienda que en junio de 2024 enfrentó a Yamandú Orsi con la vicepresidenta Carolina Cosse.

«Esta situación se tendió a profundizar durante el tránsito a octubre y al balotaje, en función de una estrategia de campaña que, si bien demostró ser efectiva en términos electorales, no logró convencer ni conmover plenamente a una parte significativa de la militancia, tanto por sus formas como por algunos de sus contenidos», consigna el documento.

En ese contexto, destaca que el plebiscito contra la reforma de la seguridad social del gobierno de Lacalle Pou dividió a la izquierda en el Frente Amplio y el PIT-CNT.

IZQUIERDA VS. DERECHA En otro pasaje de este documento se hace un extenso análisis sobre la coyuntura internacional: dice este documento que el Frente Amplio reconoce que el «impulso» que han tomado los discursos antisistema «también responde a fenómenos de izquierda y progresistas que no han sido capaces de salir de propuestas de nicho y han difuminado la necesidad de lograr transformaciones concretas que mejoren la calidad de vida de la gente».

El documento consigna que, «el avance de las nuevas derechas» en la región «ha tomado la forma de líderes carismáticos con discursos provocativos y anti-establishment, muchas veces presentados como outsiders que han logrado captar a parte del sujeto histórico de las izquierdas y los progresismos».

«Ante este escenario, se vuelve imperativo que la izquierda continental posicione la batalla de ideas en el plano cultural, como parte de su estrategia», asegura, y llama a que la «disputa cultural del Frente Amplio» incorpore «la defensa de la igualdad de género como parte inseparable de la defensa de la democracia».

El texto precongresal alude a la «ofensiva ideológica» de la oposición al Frente, la que a su entender «modela un humor social adverso a las transformaciones impulsadas» por el gobierno. «La velocidad de las redes sociales, la lógica del inmediatismo y la permanente producción de desinformación amplifican estos mecanismos incidiendo incluso sobre el estado de ánimo de nuestras y nuestros militantes, adherentes y votantes, con el objetivo de debilitar la confianza en el gobierno», advierte el informe oficial del Frente Amplio.

«FALTA DE COORDINACIÓN EN EL FRENTE» El documento aprobado por la dirigencia frentista por unanimidad llama a «reconocer la enorme carencia anímica que aqueja» a los militantes de base y a «una parte no menor» de las Departamentales y coordinadoras a partir de los «problemas de gestión política y errores en la comunicación del gobierno nacional».

«Es en esta misma línea, que viene siendo notoria también la falta de coordinación dentro del propio gobierno», dice el documento.

LA DECEPCIÓN El Frente Amplio siempre fue un partido ligado a sentimientos sociales arraigados al concepto de izquierda, y con notorio acento en lo metropolitano. Sus orígenes se gestaron durante una antesala colorada al final de los años sesenta cuando se produjo el viraje de la lista 15 hacia una postura radicalizada hacia lo liberal, con énfasis en el fondomonetarismo de la época que, al promediar el año de 1968, cuando fue creada la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), se fue desestimando las teorías del «batllismo dirigista» y se producía la caída de Zelmar Michelini al frente del ministerio de Industrias, de Amilcar Vasconcellos de Economía y del propio Luis Faroppa en la Opp.

En este período también un programa de gobierno fue el eje del debate político: todo quedó relegado a la adversidad de la guerrilla urbana tupamara, agravada por una inflación desgarradora que rondaba el 180% anual, y que había amurallado hasta el abasto de carnes a Montevideo. Sus ingresos por el paso Carrasco y el puente del Santa Lucía estaban sometidos al control policial para controlar la compra de carnes. Se llegó, incluso, por la crisis del petróleo, también a la regulación de los días para que circularan los automóviles con matrículas pares o impares.

El gobierno, invariablemente, veía en la acción de la Opp los primeros signos de una radicalización inevitable. Unos y otros se sucedían en los cargos, pero las visiones económicas serían la marca del punto y aparte de los tiempos. Así se gestó con más fuerza la creación de un frente político ue hoy es la mayoria del país. En este contexto el programa de gobierno, ese mismo que Sanguinetti marcaba con amarillo la tarea cumplida, volvió a ser el eje del debate.

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