Farmear aura

agosto 24, 2026

Ricardo Acosta

Hay palabras que nacen en internet y terminan explicando cosas que existen desde mucho antes.

Farmear viene de los videojuegos: repetir determinadas acciones para conseguir experiencia, recursos, puntos o subir de nivel. Pero en la jerga joven de internet, farmear aura es otra cosa: hacer cosas que te dan presencia, reconocimiento, estatus. Acumular “aura”. Quizás los jóvenes simplemente encontraron una palabra para una vieja práctica. Porque en política también se puede farmear aura.

Una causa. Una militancia. Una aparición pública. Un cargo. Después otro.

Cada etapa suma. Y, con suerte, abre la puerta a la siguiente.

El recorrido de Fabiana Goyeneche permite mirar esa mecánica con cierta curiosidad.

Goyeneche alcanzó notoriedad pública como una de las figuras visibles de la campaña contra la baja de la edad de imputabilidad. Después llegó la política partidaria, el Frente Amplio, Casa Grande y una trayectoria que pasó por distintos cargos de responsabilidad pública. Fue directora de Desarrollo Social de la Intendencia de Montevideo y luego directora de Relaciones Internacionales y Cooperación. Desde 2014 es funcionaria del Ministerio de Economía y Finanzas y actualmente cumple funciones en Cancillería en régimen de pase en comisión.

No hace falta decidir si cada una de esas etapas tuvo más o menos mérito. Los hechos permiten observar algo más interesante: cómo una trayectoria puede convertirse, paso a paso, en capital político.

Una causa puede generar reconocimiento. El reconocimiento puede abrir una puerta. Una puerta puede llevar a un cargo. Y un cargo puede convertirse en la experiencia que justifique el siguiente. Se va construyendo una trayectoria. Se va acumulando aura.

Hasta que aparece algo bastante menos abstracto.

Los $ 30.000.

Goyeneche dejó de percibir en Cancillería una partida anual que cobraba en el MEF bajo el concepto de “compromiso de gestión”. A partir de esa situación surgió el planteo para que una compensación similar pudiera contemplarse para funcionarios en pase en comisión. El artículo 122 del proyecto, luego renumerado como 118 durante el tratamiento parlamentario, terminó recogiendo esa posibilidad.

Y ahí el aura se encuentra con algo incómodamente concreto: una ley.

Porque una cosa es acumular trayectoria, reconocimiento y responsabilidades. Otra es que esa trayectoria termine, directa o indirectamente, convertida en una solución legislativa que puede significar unos $ 30.000 anuales.

Del otro lado, la respuesta fue que Goyeneche no había solicitado la elaboración del artículo y que las críticas habían derivado en una forma de violencia política.

Podría discutirse si Goyeneche tenía o no razón en su reclamo. Pero el Parlamento tuvo que discutir algo bastante más sencillo.

Y votó: en 99 diputados, 99 votos en contra. Ninguno a favor.

También los diputados del Frente Amplio.

Ahí la metáfora empieza a ponerse interesante. Porque se puede acumular experiencia. Se pueden sumar puntos. Se puede subir de nivel. Se puede construir aura.

Pero en algún momento aparece una pantalla que no se pasa con antecedentes, exposición ni trayectoria. Hay que jugar la partida. Y esta vez la partida terminó 99 a 0.

Lo curioso vino después.

En lugar de quedar la discusión concentrada en el artículo que había sido rechazado, apareció otra discusión: la de los ataques y el supuesto hostigamiento contra Goyeneche.

Constanza Moreira salió en su defensa y expresó su solidaridad con ella, señalando que había sido víctima de hostigamiento durante años y rechazando lo que calificó como violencia política contra las mujeres.

Carolina Cosse también intervino. Dijo que atacar a Goyeneche era inmoral, cuestionó que se personalizara la discusión y sostuvo que no era serio presentar el asunto como si el gobierno quisiera cambiar una ley para beneficiar con $30.000 anuales a una persona. Y agregó que Goyeneche no merecía esos ataques.

Y entonces aparece una paradoja bastante particular.

La propuesta no consiguió un solo voto.

La defensa política, en cambio, apareció enseguida. Dos figuras relevantes del Frente Amplio salieron públicamente a respaldarla.

Una habló de hostigamiento.

La otra, de inmoralidad.

Mientras tanto, el Parlamento había hecho algo bastante menos sofisticado.

Había votado.

No hace falta llamar a nadie “acomodada”. Tampoco “trepadora”. Mucho menos afirmar que cada paso de una carrera responde a una devolución o a un favor.

Eso sería regalarle al lector una conclusión que los propios hechos permiten construir.

Hay carreras que avanzan por concursos, escalafones y años de experiencia.

Y hay otras que parecen descubrir una puerta nueva cada vez que se cierra la anterior.

Quizás la diferencia no esté solamente en cuánto mérito tiene cada recorrido, sino en cuánto capital político consigue acumular cada persona durante el camino.

Porque el aura no aparece de la nada. Se construye. Con causas, militancia, exposición, cargos y responsabilidades. Cada paso suma. Cada nivel habilito otro.

Bueno, entonces habrá sido la meritocracia.

El problema es que la meritocracia tiene una mala costumbre: de vez en cuando obliga a mostrar el resultado. Y cuando llegó ese momento, quedó una pregunta bastante más incómoda que los treinta mil pesos:

Si todo ese recorrido fue simplemente el resultado natural del mérito, la experiencia y la trayectoria política, ¿por qué cuando llegó el momento de defender el resultado concreto de esa carrera no hubo un solo diputado del Frente Amplio dispuesto a hacerlo?

Quizás los videojuegos tengan razón.

Por más aura que hayas farmeado, llega un momento en que hay que pasar la pantalla.

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