Pablo Caffarelli
Días pasados, en la víspera de una nueva Noche de la Nostalgia, esa curiosa tradición uruguaya en la que una vez al año nos invade la necesidad colectiva de bailar las canciones que ya bailamos hace treinta años, y previo al feriado por un nuevo aniversario de la Declaratoria de la Independencia, casi la totalidad de los funcionarios policiales, inspectivos municipales y del Ministerio de Transporte y Obras Públicas se abocaron al operativo de fiscalización de tránsito más grande del año. Y está bien. Muy bien, incluso. La seguridad vial importa, y mucho. La vida de quienes salen a la calle importa todavía más.
La realidad es que, durante esa noche, se trabajó como debería trabajarse durante todo el año. El resultado de una cantidad muy importante de controles fue de 13.687 espirometrías realizadas en todo el país, con un total de 267 resultados positivos. En cuanto a los controles de THC, fueron 528, con nueve resultados positivos. Detrás de esos números hay personas que probablemente no llegaron a convertirse en una estadística peor, y eso es algo que debe ser reconocido.
El problema es que mientras el Estado organizaba su gran operativo para controlar a quienes podían convertirse en un peligro por conducir alcoholizados o bajo los efectos de alguna sustancia, en Pando había otro grupo de personas organizando, con bastante más precisión, su propio operativo de seguridad.
El 24 de agosto, durante la tarde, un grupo de delincuentes ejecutó un robo en la sucursal del Banco República de nuestra ciudad que, por lo que se ha podido conocer, tuvo bastante poco de improvisación. Sabían lo que iban a hacer. Conocían el lugar. Tenían un vehículo de alta gama cuyo color habrían modificado para no llamar la atención como posibles generadores de peligro, llevaban los rostros cubiertos, tenían “miguelitos” preparados para una eventual persecución y realizaron el movimiento en pocos minutos. El resultado económico fue, además, de una magnitud que no deja de llamar la atención para una sucursal bancaria ubicada en una ciudad del interior.
La estrategia salió bien. Tan bien que después pudieron darse el lujo de cometer algunos errores. Salieron, como suele decirse, “a lo loco” y chocaron poco después, aparentemente producto de la adrenalina y de la falta de pericia del conductor. Perdieron allí unos quince o veinte minutos intentando robar un vehículo de una vivienda, sin éxito, y finalmente consiguieron una Fiat Fiorino en la que terminaron de escapar.
Todo eso ocurrió mientras la alarma del banco estaba sonando y nadie estuvo ni cerca de alcanzarlos.
Y no.
No porque hubieran descubierto una ruta secreta de escape, porque fueran una especie de comando internacional o porque hubieran diseñado una fuga digna de una superproducción cinematográfica. Simplemente porque ese día buena parte del aparato destinado a la seguridad estaba concentrada en otra cosa. Estaban preparando el operativo de la Noche de la Nostalgia.
Y ahí, paradójicamente, estuvo el punto más inteligente de la planificación de los malechores.
No tuvieron que burlar al Estado. Les alcanzó con esperarlo.
Después aparece otro asunto que merece, al menos, una pregunta. Las cifras del robo fueron informadas en 10 millones de pesos, 70 mil dólares y 90 mil euros. Ni siquiera en la sucursal del BROU de Ciudad Vieja imaginaría uno semejante cantidad de dinero en efectivo disponible simultáneamente. Pero en Pando, en una sucursal de una ciudad chica del interior, ¿todo eso estaba en las cajas? Seguramente habrá una explicación. Y debe haberla. Pero hay preguntas que, por el solo hecho de ser razonables, merecen ser formuladas.
Porque cuando alguien entra a un banco y se lleva diez millones de pesos, setenta mil dólares y noventa mil euros, el asunto no termina con descubrir quién abrió la puerta. También hay que preguntarse por qué había allí esa cantidad de dinero, cuáles son los protocolos de seguridad, qué cantidad de efectivo debe permanecer físicamente disponible y si esos protocolos fueron cumplidos de acuerdo con las características de la sucursal y de la ciudad.
No se trata de sospechar por sospechar. Se trata de entender.
Y para quienes vivimos en Pando resulta inevitable que un episodio de estas características produzca una especie de reflujo histórico. El 8 de octubre de 1969, el MLN-Tupamaros protagonizó aquella célebre operación en nuestra ciudad en la que fueron copados distintos puntos estratégicos y se asaltaron tres bancos, entre ellos el propio Banco República. Pando quedó entonces asociada para siempre a una de las operaciones más recordadas de la historia de la guerrilla uruguaya.
Cincuenta y siete años después, la historia no se repite, por supuesto. Sería absurdo decirlo. No estamos en 1969, no hay una organización político-militar tomando una ciudad y los motivos, los protagonistas y las circunstancias son absolutamente diferentes. Pero hay algo que sí produce una curiosa sensación de déjà vu: otra vez Pando, otra vez el Banco República y otra vez un grupo de personas que encontró la manera de llegar hasta allí y salir con el dinero.
Lo verdaderamente triste, sin embargo, no es solamente que se haya robado un banco. Lo triste es la paradoja de que hoy tenemos cámaras prácticamente por toda la ciudad, registros de circulación, comunicaciones instantáneas, tecnología de rastreo, drones, helicópteros y un aparato estatal infinitamente más sofisticado que el que existía en 1969 y, aun así, un grupo de delincuentes que chocó perdió entre quince y veinte minutos intentando otro robo y tuvo que cambiar de vehículo logró escapar.
Muchachos, sí. La seguridad vial es importantísima. No podemos permitir que una noche de fiesta termine con familias destruidas por un conductor alcoholizado. Pero tampoco podemos dejar desprotegidas a las personas, a los comercios, a los bancos y a las instituciones porque ese día decidimos que todo nuestro esfuerzo debe estar puesto en otra parte.
Nos servirá para aprender.