Ramiro Rossi
Uruguay tiene una de las poblaciones más envejecidas de América Latina. No descubro la pólvora diciendo esto, pero a veces pienso en esos uruguayos que nacieron, crecieron y vivieron toda su vida en este país. ¿Qué deben sentir hoy al mirar algunas noticias y ver desaparecer, poco a poco, el Uruguay que conocieron?
Me hace acordar al cuento de aquel romano que, desde su biblioteca, miraba por la ventana cómo ardía Roma, cómo quemaban los templos, degollaban a los mercaderes y violaban a las mujeres. Y frente a todo aquello se decía a sí mismo: era obvio que tenía que pasar.
¿No estamos empezando a hacer algo parecido?
Nos acostumbramos a la violencia en los estadios, a que un hincha entre y golpee a un jugador, como pasó en Danubio; a que un partido con solo público local termine en peleas, a que un sargento choque y recién entonces descubramos que llevaba consigo a tres adolescentes del INAU.
No nos indigna lo suficiente que quien mató a Valentina Cancela en 2024 tenga una “condena de 10 años” y hoy esté estudiando en FCEA.
Estoy convencido de que este no es el Uruguay en el que muchos crecieron. Peor aún: hoy lo miran arder y empezamos a acostumbrarnos.
Mientras tanto hablamos cada vez más de salud mental, organizamos talleres, charlas y jornadas, pero conseguir un psicólogo o un psiquiatra sigue siendo casi imposible para muchos. Tengo un amigo que lleva más de un año intentando conseguir asistencia. Quizás hoy siga entre nosotros porque tuvo amigos que supieron contenerlo.
Y entonces el problema no es solamente cuánto presupuesto destinamos, sino qué hacemos con él. Si las herramientas llegan, si los organismos son eficientes y si realmente solucionan los problemas para los que fueron creados.
Porque si no, nos indignamos unos segundos, seguimos scrolleando y mañana aparece otra noticia.
Quizás ese sea el gran problema del Uruguay de hoy: cada vez cuesta más encontrar un país que ilusione a sus propios habitantes. Un Uruguay que nos haga pensar que vale la pena quedarse, construir y apostar por el mañana, y no terminar yéndose por Carrasco.
Los que hoy ven desaparecer el Uruguay que conocieron no son los únicos que tienen algo que perder. Los jóvenes también tenemos que decidir qué país queremos recibir.
¿Cuánto falta para que arda Roma?
Y quizás por eso no sea tan extraño que un técnico de fútbol como Carreño tenga hoy más presión y genere más expectativa que el propio ministro del Interior, Carlos Negro.