Un enemigo silencioso

septiembre 7, 2026

Daniel Manduré

Vivimos días enteros enfrascados en discusiones bizantinas que ocupan titulares durante semanas, que muchas veces terminan cansando y que poco le importan al ciudadano. Se generan debates duros e interminables cruces políticos. Con un desgaste de energía y de valioso tiempo donde cabe preguntarse: ¿qué fue lo que aportaron? Sin embargo, hay problemas que, siendo más graves, parecen estar condenados a una silenciosa indiferencia. Que no generan debate ni ocupan primeras planas, salvo cuando se anuncia una fatalidad. Que importan en el discurso, en la promesa de medidas que nunca se toman o cuando se produce una tragedia, pero que se reflejan poco en los recursos que se le destinan y en las acciones concretas.

Hay enemigos que se ven venir. Otros que se anuncian.  Con los que se puede preparar defensas y enfrentarlos a tiempo. Pero existen algunos que van avanzando en silencio.

Estamos hablando de la salud mental.

Uruguay lleva demasiado tiempo conviviendo con ese enemigo silencioso y traicionero.

La salud mental no debe ser un problema del que hablemos cuando ocurre una tragedia. Debe formar parte de políticas permanentes, de la infancia y adolescencia, de la educación, de las políticas de empleo, de programas del adulto mayor, de la lucha contra las adicciones y de la protección social.

El enemigo cambia de forma: Hay nuevas realidades que no podemos ignorar: el creciente consumo problemático de drogas, la soledad, perdida de vínculos, ansiedad, depresión, violencia, hasta la influencia de las redes sociales.

Uruguay tiene uno de los sistemas institucionales más sólidos de América Latina, Tiene una cobertura sanitaria buena y una larga tradición en políticas sociales. Sin embargo, una tasa de suicidios extraordinariamente elevada.

Los números nos obligan a pensar. En 2025 se registraron 668 suicidios. Casi dos personas por día. Una tasa de 19.16 por cada 100.000 habitantes. En 2024 el grupo etario de 20 a 24 años registró una tasa de suicidio de 33.2 cada 100.000, la más alta para esa franja etaria. Entre los adultos mayores fue de 38.2 entre 85 y 89 años y de 37.6 de más de 90 años.

La tasa de suicidios representa hoy casi el doble del promedio de América Latina.

Solo nos gana Guyana y Surinam en cantidad de suicidios. Superamos con holgura los registros de los países vecinos. Mientras en Uruguay el promedio ronda los 20-21 puntos, en Argentina promedia los 8, Chile los 9 y Brasil los 7. La tasa de suicidios de Uruguay es de más del doble del promedio del planeta.

Con una fuerte disparidad por género: 79% a hombres frente a 21% en mujeres. Aunque la cifra es inversa cuando hablamos de intentos de suicidios, aquí la cifra en el caso de las mujeres es de dos a cuatro veces mayor que en los hombres.

Hay una contradicción difícil de explicar, incluso para los expertos, con un país caracterizado por un aceptable índice de desarrollo humano, estabilidad democrática y adecuado bienestar socioeconómico comparado con otras sociedades. Pero por otro lado està padeciendo una muy crítica situación relacionada a la salud mental y al aislamiento social.

El problema atraviesa generaciones y condición económica. Durante mucho tiempo se veía la salud mental como algo que podía esperar, como algo menos urgente que otra de carácter físico. Como si la depresión o la angustia pueda esperar, como que se pudiera controlar. Pero la crisis emocional no funciona con los tiempos administrativos del Estado. El sufrimiento mental no sabe adaptarse a una lista de espera. Cuando hablamos del suicidio la cuestión adquiere una dimensión aún mayor. Hace poco tiempo se informaba por parte del gobierno que 30 000 usuarios de la salud esperaban atención psiquiátrica en ASSE.

Abundan los diagnósticos, somos especialistas en eso.

Uruguay tiene planes, leyes, estrategias y programas. Existe una ley de salud mental. Un Plan Nacional. Se acaba de iniciar una campaña televisiva. Existen estrategias de Prevención de Suicidio. Se creó ahora la denominada “Acción País” por la Salud Mental. Pero algo sigue fallando porque somos por lejos el país con mayor tasa de suicidios.

Pero la gran diferencia es entre tener una política escrita y tener una política que se ejecuta. Entre el anuncio y la aplicación concreta. Entre reconocer el problema y el enfrentarlo de verdad.

Dicho de otra manera, si verdaderamente la salud mental es una prioridad, se debería ver reflejada en recursos humanos, recursos económicos, infraestructura, tratamientos, prevención, seguimiento y una fuerte presencia territorial.

Se necesitan equipos interdisciplinarios actuando en forma inmediata, centros de atención suficientes y capacitados, educación, políticas sociales concretas y con respuestas rápidas cuando alguien da señales de necesitarla.

El gobierno asignó recursos para salud mental. Son acciones positivas, pero totalmente insuficientes dada la gravedad del problema.

Uruguay destina, más allá de algunas partidas extraordinarias, no más del 3% del presupuesto total de la salud a la salud mental, una cifra insuficiente frente a la gravedad del problema y a las recomendaciones internacionales. De acuerdo con estas recomendaciones los países deberían destinar como mínimo entre un 5% y un 10% a dicha problemática.

Nunca estuvimos tan conectados como ahora y paradójicamente quizás nunca hubo tanta soledad. Tal vez esta sea una de las grandes batallas de nuestro tiempo: conseguir que nadie tenga que enfrentar en soledad el momento en el que la vida pueda comenzar a perder sentido.

No alcanza con preguntarnos ante hechos consumados porque alguien dejó de encontrarle sentido a la vida. Como sociedad debemos preguntarnos que estamos haciendo para revertir esa situación. Allí tal vez esté el corazón del problema.

El Estado tiene responsabilidad y la sociedad toda también.

La familia cumple su papel, la escuela y el liceo, los medios de comunicación, los clubes deportivos y las empresas.

No podemos conformarnos con ser un país que reconoce el problema. Tenemos que aspirar a ser un país que enfrenta el problema con decisión.

Albert Camus escribió que el suicidio constituía un gran problema filosófico fundamental. Quizá de esa reflexión pueda surgir la pregunta incomoda: ¿Qué hace que una persona llegue a sentir que vivir dejó de ser una posibilidad?

En el mito de Sìsifo publicado en 1942, como decía, Camus afirma que: “el suicidio es un problema filosófico realmente serio”

No estaba haciendo un estudio medico ni psicológico del suicidio. Estaba formulando una pregunta mucho más profunda: ¿vale la pena vivir cuando la existencia parece carecer de sentido?

El ser humano necesita encontrar un sentido, un orden, una explicación, pero el mundo no necesariamente se los ofrece.

Allí aparece Sìsifo.

Condenado por los dioses a empujar eternamente una enorme piedra hasta la cima de una montaña, para verla caer y comenzar otra vez. Subir, caer, volver a subir, volver a caer. Así, una y otra vez, en forma indefinida.

Tal vez el caso de Sísifo representa el peso que lleva sobre la espalda muchas de nuestras vidas contemporáneas.

Y lo peor es que muchas veces esa pesada mochila la llevamos en medio de la soledad, la angustia, la depresión, las adicciones y sin tener a alguien que escuche o pregunte.

Sísifo, a pesar de todo no abandona la montaña.

La propuesta de Camus consiste en asumir con lucidez la existencia y sobre todo rebelarse contra todo aquello que parece condenarnos a la desesperanza. La respuesta no puede ser nunca escapar de la vida. Sino vivirla con conciencia, intensidad y dignidad.

Por ello esa imagen mitológica adquiere una enorme actualidad.

Porque cuando hablamos de salud mental no estamos hablando solamente de enfermedades, tratamientos o estadísticas.

Estamos hablando de vínculos, de pertenencia, de esperanza.

Y aquí Camus dialoga sin saberlo con unos de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Nunca estuvimos tan conectados como ahora y paradójicamente nunca hubo tanta gente sola.

Por eso la pregunta de Camus puede adquirir una dimensión diferente cuando lo trasladamos al terreno de la salud pública. Y la respuesta no puede ser solamente un diagnóstico. No puede ser solo una lista de espera. No puede ser solamente una campaña de publicidad. No puede ser solo elaborar informes.

Tiene que haber presencia, acompañamiento, saber escuchar, prevenir, fortalecer vínculos y llegar a tiempo. 

Seguramente desde el sistema político no se tenga la respuesta absoluta, pero si puede hacer algo. Puede contribuir con medidas que ayuden a detectar señales, prevenir, anticiparse, acercar ayuda, reducir esperas, financiar tratamientos, otorgar más recursos económicos y humanos, acompañar familias.

Debe ser una gran prioridad nacional.

Esta batalla no admite de mezquindades políticas. No admite burocracia. No admite indiferencia. Ni el lamento frente al hecho consumado. No podemos esperar al próximo suicidio para hablar del tema y concretar medidas.

El suicidio es un fenómeno multicausal. Hay dos fenómenos que tampoco podemos ignorar: el consumo problemático de drogas y el impacto de las nuevas tecnologías. No porque estas problemáticas expliquen por si solas al suicidio. Ello sería una simplificación peligrosa e irresponsable, pero si verlos como factores que profundizan vulnerabilidades que ya existen. Quien consume para escapar de algo termina profundizando ese fantasma del que quiere escapar.

Con la tecnología y las redes sociales pasa algo que debe preocupar. No se trata de demonizar la tecnología y todos los aspectos positivos que trae consigo. Pero si de visibilizar sus debilidades. Como esa máquina de comparación permanente con el otro, donde todos son lindos, felices, exitosos, geniales, con una vida ejemplar y perfecta. Frente a esa vidriera difícil de competir muchos individuos con alta vulnerabilidad se llegan a preguntar porque mi vida no se parece a ninguna de ellas. Esa comparación se termina convirtiendo en frustración. La frustración en aislamiento. El aislamiento en angustia y la angustia en desesperanza.

Vivimos tiempos de una gran comunicación, pero también de mayor soledad. Con más posibilidades de contactos virtuales, pero de mayor aislamiento interpersonal. En tiempos de una gran inmediatez y con estímulos desmedidos.

Una sociedad donde abunda el que todo lo sabe, todo lo pide, todo lo exige y todo lo juzga. Siempre implacable con el otro. Tiempos de violencia. De mucha gente rodeada de otros, pero sumergida en la soledad. Llena de halagos y de abundantes “me gusta” en redes, pero vacía.

Al diseñar políticas de salud deberíamos preguntarnos, además: ¿qué sociedad estamos construyendo?

Albert Camus nos abre una puerta extraordinaria, nos muestra a Sísifo empujando su piedra una y otra vez. Nosotros tenemos otra tarea: Que nadie tenga que empujar solo la suya.

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