Putin y el romance con los extremos

septiembre 13, 2026

Ricardo Acosta

Alemania acaba de encender una luz de alarma que Europa haría mal en ignorar. La AfD, el partido de extrema derecha que durante años permaneció detrás del llamado “cordón sanitario” de la política alemana, obtuvo alrededor del 44% de los votos en Sajonia-Anhalt, un resultado histórico que la convirtió en la principal fuerza política del estado. La CDU, que gobernaba allí desde 2002, quedó muy por detrás. La AfD todavía necesita aliados para gobernar, pero el dato político ya no admite discusión: la extrema derecha alemana dejó de ser una amenaza marginal para convertirse en una fuerza con capacidad real de condicionar el futuro político del país.

El resultado tiene, naturalmente, causas alemanas. Hay malestar económico, preocupación por la inmigración, desgaste de los partidos tradicionales y una creciente desconfianza hacia las instituciones. Sería un error atribuir todo eso a Moscú. Vladimir Putin no inventó el descontento alemán ni creó la crisis de representación que atraviesa Europa. Pero una cosa es generar una fractura y otra muy distinta es descubrirla y aprovecharla.

La AfD mantiene posiciones favorables a un acercamiento con Rusia y cuestiona el apoyo alemán a Ucrania. Y no es un caso aislado. Durante años, distintos partidos nacionalistas y de extrema derecha europeos han desarrollado vínculos políticos, económicos o discursivos con Moscú. Uno de los casos más conocidos fue el préstamo de unos 9,4 millones de euros que el entonces Frente Nacional de Marine Le Pen recibió en 2014 de una entidad bancaria rusa. El Parlamento Europeo ha documentado además contactos y mecanismos de influencia rusa sobre diferentes fuerzas políticas europeas. El dinero es solamente una parte de la historia. Los vínculos políticos, la propaganda y las campañas de desinformación completan el cuadro.

Lo interesante es que aquí no estamos ante una alianza ideológica convencional. Moscú no necesita que todos sus interlocutores compartan exactamente la misma doctrina. Le resulta mucho más útil encontrar movimientos capaces de cuestionar aquello que mantiene cohesionada a Europa: la Unión Europea, las alianzas occidentales, el apoyo a Ucrania y, en términos más amplios, la confianza en las instituciones liberales. Una Europa enfrentada consigo misma tiene menos capacidad para actuar como bloque y, por lo tanto, resulta mucho más conveniente para los intereses rusos.

La desinformación juega un papel central en esa estrategia. Su eficacia no depende necesariamente de conseguir que una sociedad crea una determinada mentira*. Puede ser suficiente con sembrar una duda permanente: que todos los medios mienten, que todas las elecciones están manipuladas, que todas las instituciones son corruptas, que ningún gobierno dice la verdad. Cuando la desconfianza se vuelve absoluta, la discusión política deja de girar alrededor de los hechos y comienza a girar alrededor de las percepciones. La propaganda moderna no siempre necesita convencerte de que una mentira es verdad; a veces le alcanza con convencerte de que ya no existe una verdad.

Ese mecanismo no es exclusivamente europeo. También llegó a América Latina, donde Rusia encontró un terreno particularmente fértil para proyectar su narrativa. RT en español es una de las principales herramientas de comunicación internacional del Kremlin y tiene una presencia importante en la región. Su influencia no depende únicamente de sus propios contenidos: las redes sociales permiten que una información producida por un medio estatal ruso sea recortada, republicada, transformada y difundida por usuarios o páginas locales, muchas veces sin que quien la recibe sepa siquiera cuál fue su origen.

El objetivo tampoco necesita ser que un latinoamericano se convierta en admirador de Putin. La estrategia puede ser mucho más sencilla: aprovechar conflictos reales, agravios históricos y frustraciones existentes para profundizar la desconfianza hacia Estados Unidos, Europa y las instituciones democráticas. Rusia no necesita inventar todos nuestros problemas. Le alcanza con ofrecer una explicación única para ellos y amplificarla hasta convertirla en una certeza.

Y aquí aparece otra particularidad que debería llamar nuestra atención. Moscú puede mantener relaciones estratégicas con gobiernos latinoamericanos de izquierda como Venezuela, Cuba o Nicaragua y, al mismo tiempo, encontrar puntos de contacto con sectores nacionalistas, antisistema o de derecha radical. No hay una contradicción en ello. Porque la política exterior de Putin no funciona como una Internacional ideológica. Funciona como una estrategia de poder.

El Kremlin puede negociar con quien considere útil, independientemente de la etiqueta política que lleve. La ideología importa, por supuesto, pero no siempre determina la relación. Lo que importa es si ese actor puede contribuir a los intereses rusos: cuestionar las alianzas occidentales, rechazar sanciones, relativizar la invasión de Ucrania, debilitar instituciones o profundizar las divisiones dentro de una sociedad.

Por eso reducir esta historia a “Putin apoya a la extrema derecha” sería quedarse en la superficie. La cuestión más profunda es otra: Putin aprendió a trabajar con los extremos porque los extremos pueden hacer algo que una democracia estable difícilmente consigue por sí sola: dividirla desde adentro.

La victoria de AfD en Sajonia-Anhalt no fue fabricada por Moscú. Sus causas son alemanas y deben ser discutidas por los propios alemanes. Pero el fenómeno ocurre en un contexto europeo en el que Rusia lleva años intentando ampliar su influencia y explotar las fracturas políticas existentes. La diferencia es importante: una cosa es crear un problema y otra es convertirlo en una oportunidad geopolítica.

Ahí está, quizás, la verdadera naturaleza del romance.

No es necesariamente amor ideológico. Es conveniencia. Son intereses que se encuentran. Es dinero cuando hace falta dinero, propaganda cuando hace falta propaganda, redes sociales cuando hace falta desinformación y vínculos políticos cuando hace falta influencia. Y puede funcionar tanto con alguien que se proclama revolucionario como con alguien que reivindica el nacionalismo más extremo.

Porque Putin no necesita que Europa sea rusa. Necesita que Europa tenga dificultades para actuar unida. No necesita que América Latina se convierta en un satélite de Moscú. Le resulta suficiente con que nuestras sociedades desconfíen cada vez más de sus instituciones y se enfrenten entre sí.

Ese es el verdadero desafío. No estamos hablando solamente de una potencia extranjera tratando de vender su propia versión del mundo. Estamos hablando de una potencia que aprendió que, en las democracias abiertas, las mayores vulnerabilidades muchas veces no están en las fronteras sino dentro de ellas.

Las democracias tienen derecho al conflicto, al disenso y hasta a los extremos. Esa es precisamente una de sus fortalezas. El problema aparece cuando una potencia extranjera aprende a convertir esas diferencias legítimas en herramientas de presión y desestabilización.

Por eso la pregunta final no debería ser si Vladimir Putin es de derecha o de izquierda. Tiene una ideología, una concepción del poder y una visión muy concreta del lugar que Rusia debe ocupar en el mundo. Pero su pragmatismo geopolítico le permite acercarse a quienes, desde posiciones muy diferentes, pueden contribuir a debilitar a sus adversarios.

Y entonces todo empieza a encajar: el avance de los partidos radicales en Europa, los vínculos financieros y políticos, las campañas de desinformación, la utilización de las redes sociales y la penetración de determinados relatos en América Latina.

Putin no necesita ganar las elecciones de Europa. No necesita gobernar América Latina. No necesita siquiera que todos crean en él.

Le alcanza con que sus adversarios sean más débiles, estén más divididos y confíen cada vez menos en sí mismos.

Ese es el verdadero romance de Vladimir Putin.

No con la derecha.

No con la izquierda.

Con los extremos.

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