La paradoja de la rendición

septiembre 20, 2026

Guzmán A. Ifrán

La Rendición de Cuentas ingresó en su etapa decisiva dejando una fotografía política bastante más interesante de lo que podría sugerir la habitual confrontación entre oficialismo y oposición. La Comisión de Presupuesto integrada con Hacienda del Senado aprobó el proyecto que había llegado desde la Cámara de Representantes y lo remitió al plenario, que comenzará a tratarlo el próximo lunes. Hasta allí, nada demasiado extraordinario. Sin embargo, dos datos merecen atención. El Frente Amplio resolvió que el Senado no modificará el texto aprobado por Diputados y, al mismo tiempo, 216 de los 312 artículos del proyecto obtuvieron unanimidad en comisión. Casi siete de cada diez disposiciones fueron acompañadas por oficialismo y oposición.

Ese último dato debería llamar a una reflexión. La política uruguaya parece muchas veces bastante más enfrentada en su relato que en su funcionamiento efectivo. Cuando las cámaras se apagan y llega el momento de estudiar artículo por artículo, aparecen acuerdos que rara vez ocupan los titulares. Blancos, colorados y frenteamplistas coincidieron en una parte muy importante de esta Rendición. No significa que las diferencias hayan desaparecido, ni mucho menos que sean menores. Significa algo más sencillo y, quizá, más saludable. Nuestro sistema político conserva una capacidad de entendimiento que debemos cuidar y estimular. En tiempos en que tantas democracias parecen organizadas alrededor de trincheras irreconciliables, Uruguay no debería desaprovechar ese activo.

Pero existe otra cara de la moneda. El Frente Amplio decidió no aceptar modificaciones en el Senado, aun cuando blancos y colorados prepararon decenas de aditivos y sustitutivos. La explicación es fundamentalmente política. El oficialismo tiene mayoría propia en la Cámara Alta, pero no en Diputados, donde necesitó alcanzar un acuerdo con Cabildo Abierto para aprobar la Rendición. Cualquier modificación introducida ahora obligaría a que el proyecto regresara a la Cámara de Representantes y reabriría una negociación cuyo resultado el gobierno no tiene asegurado. La estrategia puede comprenderse desde la aritmética parlamentaria, aunque también deja una pregunta institucional pertinente. ¿Para qué existe una segunda cámara si, de antemano, se resuelve que ninguna modificación surgida de su estudio será incorporada?

El Senado no debería ser únicamente una estación de tránsito legislativo. Su razón de ser consiste precisamente en revisar, discutir, corregir y eventualmente mejorar aquello que proviene de la otra cámara. Si durante semanas comparecieron ministros, organismos públicos y organizaciones sociales, y si los legisladores estudiaron centenares de artículos, parece razonable que las propuestas surgidas de ese proceso sean consideradas por su contenido y no solamente por las consecuencias que puedan producir sobre la matemática parlamentaria. Gobernar también supone asumir el riesgo del diálogo.

La oposición, naturalmente, tampoco queda exenta de responsabilidad. Proponer modificaciones implica explicar su pertinencia, demostrar su viabilidad y, especialmente cuando significan mayor gasto, señalar con claridad cómo se financiarán. El control parlamentario responsable no consiste en agregar obligaciones al Estado sin identificar los recursos necesarios para cumplirlas. Del mismo modo que el gobierno debe escuchar, la oposición debe construir alternativas técnicamente sólidas. Allí reside la diferencia entre la oposición testimonial y la oposición que aspira a incidir.

Hay, sin embargo, una enseñanza alentadora detrás de esta Rendición. Si casi el setenta por ciento de su articulado pudo reunir apoyos que atravesaron las fronteras partidarias, entonces la política uruguaya tiene todavía mucho más espacio para el acuerdo del que frecuentemente reconocemos. Tal vez debamos dejar de medir la fortaleza política por la capacidad de derrotar al adversario y comenzar a valorarla también por la capacidad de encontrar aquello que puede compartirse.

Uruguay construyó buena parte de su excepcionalidad institucional sobre esa cultura. El debate firme no es incompatible con el acuerdo, así como negociar no significa renunciar a las convicciones. Una democracia madura necesita mayorías que gobiernen, oposiciones que controlen y un Parlamento que efectivamente delibere. La Rendición de Cuentas deja, en ese sentido, una paradoja que conviene observar. Mientras la estrategia política busca cerrar la discusión cuanto antes, las propias votaciones demuestran que cuando nuestros partidos se sientan a discutir seriamente todavía son capaces de encontrarse mucho más de lo que parece.

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