Pablo Caffarelli
Hoy nos estremecemos con la noticia conocida en los últimos días sobre un muchacho, Brian, que, según relató, viajaba en un vehículo de transporte solicitado por una aplicación, como tantos que circulan hoy por nuestra ciudad, y que terminó inmerso en una pesadilla que difícilmente podrá olvidar por el resto de su vida.
Según su versión de lo sucedido, todo comenzó con una persecución que atravesó varios barrios, desde Reducto hasta culminar en Ituzaingó. Disparos, disparos y más disparos. Finalmente, los ocupantes del vehículo quedaron rodeados y fueron detenidos. En medio de aquella situación, Brian asegura que tuvo que hacerse el muerto para sobrevivir, después de que una bala lo rozara.
Pero la suerte del chofer y de otras tres personas no fue la misma: una persona falleció y otras tres resultaron heridas.
¿El motivo? Brian dice no saberlo. Según su narración, el conductor, desesperado, repetía: «¡Ay, mi madre, ay, mi madre!». En medio del miedo, intentó escapar acelerando el vehículo. Pero lo que terminó escapándose fue su propia vida. La perdió él, y con él, una familia entera que lo esperaba en casa, sin imaginar que nunca regresaría.
Los representantes legales de Brian presentarán una denuncia por presunto abuso de funciones. El joven quedó en estado de shock por todo lo vivido: presenciar la muerte de una persona a su lado y sentir en carne propia el roce y el paso de las balas es una experiencia que deja huellas difíciles de borrar.
Posteriormente circularon versiones que afirman que el coche de la aplicación señalada por Brian no pertenecería a dicha empresa y que él tendría antecedentes dejando un manto de dudas sobre todo lo ocurrido.
A quien escribe también le tocó vivir una situación muy parecida, allá por 2007. Junto a mi hermano, fuimos víctimas de una persecución a tiros por parte de policías por carrasco que termino en Portones Shopping que, según nuestra experiencia, actuaron con información equivocada. El episodio terminó con un menor herido de bala y conmigo atravesando un doloroso proceso ante la Justicia penal, cuyas consecuencias me marcarían para siempre. Aquella experiencia fue, además, uno de los motivos que me llevaron a escribir mi primer libro: Mareas de Justicia.
Lamento profundamente que estas situaciones vuelvan a ocurrir. En mi libro daba cuenta de otro caso, pero, al investigar y profundizar en el tema, tuve que enfrentar una realidad todavía más preocupante: estos episodios suceden mucho más de lo que quisiéramos creer -en casos de víctimas totales, como lo fue en el mío, y también de demasiada facilidad para abrir fuego en persecuciones con fundamentos reales-. Y cabe preguntarse cuántos casos habrá en los que las personas involucradas, inocentes o no, terminan falleciendo bajo un uso de la fuerza desmedido y la verdad nunca llega a conocerse.
Sin perjuicio de la inocencia total que manifiesta Brian o si fueran realmente sospechosos, debemos dotar a nuestros funcionarios policiales de una formación sólida y de protocolos estrictos para el uso de armas de fuego. No puede ser que se repitan situaciones de esta naturaleza, con consecuencias irreparables, y que los ciudadanos queden expuestos a semejantes atropellos. El uso de un arma de fuego exige preparación, responsabilidad y límites claros. No se puede actuar a la ligera cuando están en juego vidas humanas.
Es hora de una profunda reflexión. No podemos acostumbrarnos a que estas situaciones sucedan una y otra vez, como si fueran parte inevitable de nuestra realidad. Cada episodio de estas características debería obligarnos a revisar qué está fallando, qué debe corregirse y cómo evitar que vuelva a suceder.
Detrás de cada disparo hay vidas, familias y consecuencias que perduran mucho después de que termina el procedimiento. Creo que ninguna sociedad puede permitirse mirar hacia otro lado cuando quienes deberían proteger la vida terminan protagonizando situaciones en las que esta se pierde.