La dictadura de las verdades absolutas Cambiaron las hogueras no los inquisidores

octubre 26, 2026

Daniel Manduré

Vivimos una época de profundas contradicciones. Nunca hubo tantas posibilidades de acceder a la información, tantas herramientas para conocer el mundo y una gran variedad de oportunidades para expresar nuestras ideas. Sin embargo paradójicamente cada vez parece más difícil pensar con independencia. La sociedad se divide en bandos, donde no solo discrepan entre si sino que parecen necesitar descalificarse mutuamente. Cada uno construyendo su propio relato, identificando y señalando a sus adversarios y atribuyéndose para si y solo para si, la representación de la verdad, la justicia y el bien. De un lado los buenos y del otro los malos. De un lado los justos y en la vereda opuesta los injustos.

En el medio de esa simplificación peligrosa queda el ciudadano que pretende asumir el desafío de emprender el camino de pensar con libertad. Ese ciudadano que tiene convicciones claras, que ideológicamente sabe dónde se ubica pero que no se deja llevar a los empujones hacia donde los intolerantes intentan llevarlo.

Son tiempos difíciles para un librepensador. Esa cosa rara de pensar sin permiso en una sociedad que exige obediencia. Los dogmas están allí, jugando su partido. Donde disentir parece convertirse en una condena. Con una sociedad cada vez más polarizada. En el que las certezas y verdades absolutas parecen ser una virtud. Las dudas se interpretan como debilidades y los matices son imperdonables. Un mundo en blanco y negro, sin grises.

Con dogmas que en estos nuevos tiempos vulneran el derecho de los individuos a formar su propio pensamiento. No siempre son visibles, muchas veces disfrazados. Puede vestirse de progresismo o conservadurismo, de revolución o tradición. Su pecado no està en las ideas que defienden, sino en su negativa a tolerar al que piensa diferente, a revisar en lo que cree y negarse también en poder admitir que pueden estar equivocados. El dogmático no parte de los hechos para formar una opinión: elige primero la opinión y luego acomoda los hechos.

Cuando todos parecen obligados a elegir una trinchera, pensar por cuenta propia se convierte en un acto de rebeldía y de resistencia.

A lo largo de la historia el enfrentamiento entre el pensamiento libre y los dogmas han cobrado la libertad y hasta la vida de varias personalidades.

Sócrates por cuestionar las contradicciones y el dogmatismo de la época fue obligado a beber cicuta acusado de “corromper a la juventud” y por “no creer en los dioses”. Cuando en realidad su único crimen fue enseñar a pensar

Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por la inquisición por desafiar las creencias religiosas y metafísicas de su tiempo.

Hipatìa de Alejandría, una de las primeras astrónomas y filosofas de la historia fue linchada por fanáticos cristianos instigados por tensiones políticas y religiosas.

Galileo Galilei fue procesado por la inquisición por contradecir las escrituras bíblicas. Pasó el resto de sus días con arresto domiciliario.

Baruch Spinoza ese gran filósofo vivió buena parte de su vida en el ostracismo debido a sus ideas sobre la naturaleza de Dios, la Biblia y el alma.

Charles Darwin sufrió la burla y la condena de los sectores conservadores y religiosos de su época al publicar “El origen de las especies”

Miguel Servet fue quemado vivo en la hoguera por el régimen protestante de Calvino, porque cometió la “osadía” de criticar el dogma de la Santísima Trinidad pretendiendo demostrar que el dogma no era exclusivo de una sola religión.

Hoy, si bien el dogma religioso persiste, los nuevos tribunales son otros. Ya no se queman libros ni nadie muere en la hoguera. A diferencia del pasado donde la censura era ejercida por la Iglesia o el Estado la cancelación actúa de otra forma. Hoy en día la cancelación digital y el linchamiento en redes sociales pueden llegar a ser los equivalentes modernos a las antiguas plazas públicas de la inquisición. Las libertades constitucionales y los derechos humanos representan conquistas que debemos defender. Pero la intolerancia no desapareció, adoptó formas más sutiles.

Las hogueras pertenecen a otro tiempo pero la tentación de convertir al discrepante en enemigo sigue entre nosotros. La comparación no iguala el daño actual con la violencia y persecución histórica, sino advertir que la tolerancia puede sobrevivir de diferentes formas.

Donde ya no se queman individuos en la hoguera pero se destruyen reputaciones, se exigen y se concretan despidos laborales, hasta provocar la muerte civil o profesional del ciudadano. Donde no hay presunción de inocencia ni garantías del debido proceso. El fanático digital, potenciado, omnipotente, refugiado en la fragilidad de su verdad absoluta actúa como acusador, juez y ejecutor de la sentencia.

Pasamos de la inquisición a la cancelación. De los que desafiaban el dogma religioso sin medir las consecuencias a los que a pesar de las presiones, se atreven a ser políticamente incorrectos.

El mayor peligro de la cultura de la cancelación no es solo el daño que con ella se puede causar, sino la congelación intelectual de los ciudadanos. Que al observar cómo se castiga en forma implacable al que piensa diferente, la mayoría opta por la autocensura. Eso empobrece el pensamiento. Nos arrastra sin darnos cuenta a la rigidez de una sociedad donde dudar, tener matices o discrepar es considerada una actividad de alto riesgo. La cultura de la cancelación puede surgir como un instrumento para exigir justicia social ante abusos de poder y la discriminación, pero termina funcionando de alguna manera como un mecanismo de censura. Cuando se calla o se reprime lo que se piensa por miedo.

En el pasado determinadas autoridades religiosas pretendían decidir en que debía creerse y en que no. Hoy son algunas corrientes ideológicas o culturales las que pretenden llevarnos a pensar que su interpretación del mundo es la única legitima.

Hoy parece invadirnos el dogma de una mal interpretada corrección política. Porque sin dudas que el respeto y la igualdad son conquistas muy valiosas. El problema es cuando es llevada hacia extremos donde se impide hacer preguntas, se nos pretende imponer vocabularios o clausurar debates. No se trata nunca de defender el derecho a insultar, sino de proteger el derecho a disentir, aunque estemos en desacuerdo con una opinión. Donde cualquier discrepancia pueda llegar a convertirse en una condena moral.

J.K. Rowling autora de Harry Potter paso de ser referencia en la literatura a un objeto de cancelación por expresar posturas críticas sobre la identidad de género y el sexo biológico. Diversas empresas de la industria audiovisual han rechazado participar en producciones vinculadas a Harry Potter  debido a su pensamiento.

Mientras que otra escritora Gillian Philip fue despedida de inmediato por su agencia literaria por solidarizarse con Rowling.

Hoy vivimos en política el dogma de la tribu. Si sos de izquierda debes defender todo lo que la izquierda haga. Sin excepciones. Si sos de derecha debes justificar todo lo que haga la derecha.

La pertenencia termina reemplazando al pensamiento.

Ya George Orwell lo advertía en “1984”: “El poder puede intentar imponer no solamente lo que hacemos, sino también a lo que estamos autorizados a considerar verdadero”.

Están también los que dividen el mundo entre quienes son moralmente buenos y entre quienes por pensar diferente no lo son.

El dogma de la superioridad moral. Donde el adversario deja de ser alguien con quien discutir y debatir para pasar a ser alguien al que hay que desacreditar o insultar.

La política contemporánea nos ofrece ejemplos de esa renuncia al juicio propio: o estás con Lula o con Bolsonaro. Sos de Milei o apoyas al Kirchnerismo. Estas con la política de Bukele o la rechazas. Sin matices. Sin grises. Sin otras opciones. En este último ejemplo: o se està a favor de la política de seguridad de Bukele  o estar en contra de ella. Como si reconocer los resultados de determinadas medidas significara aprobar todo su modelo. O como si cuestionar sus métodos obligara a no reconocer las mejoras en materia de combate a la delincuencia. ¿No es posible reconocer que la recuperación del control territorial y la reducción de la violencia en El Salvador responden a un demanda social legitima? y al mismo tiempo ¿no es cuestionar las detenciones arbitrarias, el debilitamiento de las garantías judiciales, las denuncias de abuso y concentración del poder?

Vivimos un tiempo donde ya no se pregunta si una medida puede ser adecuada, si funciona o si de aplicarse puede llegar a tener consecuencias positivas para la población. Solo parece preocupar cual es el bando que la propone y a que grupo beneficia.

En una era marcada por la polarización el libre pensamiento es el antídoto fundamental contra el dogmatismo.

Hoy muchos reivindican y hacen gárgaras con la libertad de pensamiento, cuando en realidad solo toleran el pensamiento que coincide con el suyo. Hipocresía pura.

Existe una presión silenciosa que atraviesa la vida política social y cultural: la obligación de estar en un bando. Hay que definirse, elegir una etiqueta, declarar pertenencia incondicional. Si no se está con unos se està con los otros. Donde se prohíbe reconocer un acierto del adversario o reconocer un error del propio sector. El hacerlo levanta sospechas o te convierte en traidor. Esa lógica binaria empobrece y deteriora el pensamiento.

No se puede vivir la vida con anteojeras. El pensamiento libre incomoda. Su mayor fortaleza no es tener siempre razón, sino conservar la capacidad de reconocer cuando no la tiene.

Debemos combatir estos dogmas. Defender el pensamiento crítico y el pluralismo. Una democracia no necesita que todos pensemos igual. Debemos rechazar las falsas dicotomías. No elegir bandos extremos cuando existen opciones más razonables y equilibradas.

Las hogueras terminaron pero el peligro permanece.

La defensa del libre pensamiento no consiste en negar el avance de los derechos conquistados ni aceptar cualquier discurso sin critica.  Consiste en impedir que no haya nada que se puede convertir en una verdad intocable.

La tarea de una sociedad libre es impedir que las hogueras vuelvan a encenderse, sin convertir la lucha contra la intolerancia en una nueva forma de intolerancia.

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