La lectura amenaza con convertirse en un privilegio

noviembre 1, 2026

Eduardo Irigoyen García

¿Cuándo fue la última vez que compraste un libro?

No me refiero a que descargaste un PDF, leíste un artículo en Facebook o buscaste una respuesta en Google.

Un libro

¿Y cuándo fue la última vez que lo leíste entero, sin mirar el celular cada cinco minutos?

No es una pregunta para avergonzar a nadie. A mí también me pasa que puedo estar horas frente a una computadora, leer noticias, investigar, discutir y saltar de un asunto a otro. Pero no es lo mismo: leer un libro exige otra disposición. Hay que sentarse, concentrarse, seguir un razonamiento, recordar lo que leímos veinte páginas atrás y, sobre todo, tener un poco de paciencia. Una virtud que, dicho sea de paso, no parece cotizar demasiado en estos tiempos.

Detrás de la pérdida del hábito de lectura hay un problema bastante más importante que la desaparición de las librerías de barrio o la tristeza de ver una biblioteca familiar convertida en mueble decorativo. Estamos ante la posibilidad de que se profundice una nueva forma de desigualdad social: la desigualdad en las oportunidades de desarrollar un pensamiento autónomo, crítico y complejo.

No estoy diciendo que quien lee libros sea más inteligente que quien no los lee. Ni que los niños de familias acomodadas tengan mejores cerebros que los de hogares humildes. Sería una estupidez. Hablo de las condiciones que permiten ejercitar capacidades que todos tenemos, pero que no todos podemos desarrollar en las mismas circunstancias.

Dos gurises, dos casas y dos maneras de empezar la carrera

Imaginemos dos familias, dos gurises uruguayos de la misma edad. Uno crece en una casa donde hay libros, conversaciones, adultos que le leen cuentos, bibliotecas cercanas y tiempo para estudiar. Sus padres pueden acompañarlo, limitar razonablemente las pantallas, pagar actividades culturales y ofrecerle un ambiente tranquilo. El otro vive en un hogar donde los adultos trabajan muchas horas, los recursos son escasos y el celular termina siendo, además de una ventana al mundo, una forma bastante económica de mantenerlo entretenido. No necesariamente porque sus padres no se preocupen por su educación, sino porque tienen otras urgencias y menos posibilidades de acompañarlo.

Ninguno eligió dónde nacer. Sin embargo, al cabo de unos cuantos años, podrían encontrarse en condiciones muy diferentes para comprender un texto, argumentar, investigar o distinguir una información confiable de una pavada viral.

¿Estamos construyendo, sin proponérnoslo, una sociedad en la que algunos tendrán cada vez más oportunidades de aprender a pensar, mientras otros dispondrán de cada vez más oportunidades de consumir contenidos? No es una profecía apocalíptica. Es una hipótesis que merece atención.

Algunos datos ayudan a ponerle números al asunto.

Una encuesta sobre prácticas de lectura y compra de libros realizada en Uruguay por Jussi Nómade entre noviembre y diciembre de 2025, sobre 1.837 personas mayores de 18 años, encontró que el 47,6 % no había leído un solo libro durante ese año.

Pero hay un dato más revelador: entre quienes tenían menor nivel educativo, solo el 26,3 % había leído al menos un libro, mientras que entre quienes tenían formación alta la proporción llegaba al 84,4 %. La encuesta tiene una metodología de cuotas y ponderación, por lo que conviene tomarla como un indicador y no como un censo de hábitos nacionales. Aun así, la diferencia es demasiado grande para ignorarla.

No demuestra que la educación superior produzca automáticamente lectores, ni que la falta de lectura sea consecuencia exclusiva de la pobreza. Pero muestra que los hábitos culturales tampoco se distribuyen de manera igualitaria.

Mucho se habla de leer pero los números cuentan otra historia

Y si miramos a nuestros gurises, los resultados de las evaluaciones educativas son todavía más preocupantes. Según el Aristas 2023, del INEEd, el 19,7 % de los alumnos de sexto de primaria se encontraba en los dos niveles inferiores de desempeño en lectura. Pero la diferencia según el contexto socioeconómico de las escuelas era brutal: 5,7 % en los centros de contexto muy favorable y 34,9 % en los muy desfavorables. Es decir, seis veces más. En tercer año, la distancia también era considerable: 17,9 % frente a 61,1 %.

PISA 2022 aporta otro dato: apenas el 59 % de los estudiantes uruguayos de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia lectora, frente al 74 % del promedio de la OCDE. Y solamente un 2 % llegó a los niveles más altos, frente al 7 % de los países de la organización. Además, el 52 % declaró distraerse con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de matemática.

Aclaremos algo: estos resultados no prueban que los celulares sean responsables de las dificultades lectoras. Tampoco prueban que un gurí que mira videos sea incapaz de pensar. Sería tan absurdo como afirmar que quienes crecimos mirando televisión terminamos con el cerebro frito. El problema no es la pantalla en sí misma, sino qué hacemos con ella, cuánto tiempo ocupa y qué actividades desplaza.

El problema no es solamente el celular

Una clase virtual, una investigación científica o una conversación con alguien que vive al otro lado del mundo pueden ser experiencias extraordinarias. Una sucesión interminable de videos de quince segundos, no necesariamente.

La tecnología no es el enemigo, pero tampoco una varita mágica que convierte cualquier actividad en aprendizaje. Repartir computadoras, tablets o celulares no equivale a democratizar el conocimiento. Para eso hacen falta docentes, libros, bibliotecas, acompañamiento y, sobre todo, enseñar a utilizar la información en lugar de limitarse a consumirla.

Hay otra cuestión que me parece particularmente importante. Las familias con mayores recursos pueden ofrecer a sus hijos algo que no siempre se compra directamente: tiempo y condiciones para concentrarse. Pueden pagar clases particulares, actividades culturales, profesores de idiomas y una educación complementaria. También pueden decidir que sus hijos no tengan un celular hasta determinada edad o que dediquen una parte del día a leer.

Las familias con menos recursos pueden tener exactamente las mismas preocupaciones y aspiraciones, pero no siempre disponen de las mismas posibilidades. Y sería bastante injusto responsabilizar a unos padres que trabajan diez o doce horas por no poder acompañar a sus hijos como quisieran.

Ahí es donde entra la educación pública. La escuela uruguaya nació, entre otras cosas, para compensar las desigualdades de origen. Esa tradición vareliana y batllista sigue teniendo plena vigencia. No alcanza con que todos los niños tengan formalmente un lugar en el aula: hay que procurar que todos tengan oportunidades reales de aprender.

Varela todavía tiene algo que decirnos

Necesitamos bibliotecas escolares vivas, libros disponibles, tiempo de lectura, docentes con formación y recursos, apoyo temprano a quienes presentan dificultades y una incorporación inteligente de las nuevas tecnologías. No se trata de prohibir los celulares por decreto ni de regresar nostálgicamente a la época de la pluma y el tintero. Se trata de recuperar algo bastante más elemental: la capacidad de prestar atención, comprender, preguntar y elaborar una idea propia.

Y ahora aparece la inteligencia artificial. Podemos pedirle que nos resuma un libro, explique una teoría económica o escriba un trabajo sobre Artigas. Maravilloso. Pero si no tenemos conocimientos previos ni capacidad para verificar lo que nos responde, podemos terminar aceptando cualquier disparate con una redacción impecable. ¡Hasta las boludeces vienen ahora muy bien presentadas!

La IA puede ser una herramienta extraordinaria de democratización del conocimiento. También puede ampliar las diferencias entre quienes saben utilizarla para investigar, contrastar y aprender, y quienes delegan en ella hasta el esfuerzo de pensar. Por eso, antes de enseñar a los gurises a utilizar inteligencia artificial, tenemos que enseñarles a leer, escribir, razonar y dudar.

Y hay una consecuencia que va más allá de la educación: tiene que ver con la democracia. Una sociedad necesita ciudadanos capaces de comprender lo que leen, contrastar una noticia, reconocer una manipulación y evaluar los argumentos de quienes pretenden gobernarlos. No necesitamos que todos sean universitarios, filósofos o lectores de Schopenhauer. Tampoco los libros inmunizan contra la estupidez: basta mirar la historia para encontrar intelectuales brillantes defendiendo las peores barbaridades. Pero una ciudadanía con dificultades para comprender textos complejos, distinguir hechos de opiniones y verificar información queda más expuesta a la propaganda, los discursos simplificadores y la manipulación emocional. Y eso debería preocuparnos bastante más que la cantidad de seguidores que tiene un influencer.

Saber cuándo nos están vendiendo humo

No sabemos si estamos ante el nacimiento de una nueva división de clases basada en las oportunidades de desarrollar el pensamiento. Sería prematuro afirmarlo. Pero sí tenemos indicadores que justifican la preocupación: desigualdades educativas persistentes, diferencias muy marcadas en los hábitos de lectura y dificultades para sostener la atención en determinados entornos digitales.

Quizá dentro de unos años los sectores más acomodados no solamente paguen mejores colegios, idiomas, viajes y actividades culturales. También procuren proteger a sus hijos de la sobreestimulación, les ofrezcan libros, conversación, silencio y tiempo para pensar. Mientras tanto, otros gurises podrían pasar buena parte de su infancia frente a dispositivos que les ofrecen entretenimiento infinito, pero no necesariamente herramientas para comprender el mundo.

Sería una paradoja bastante perversa. Después de décadas intentando democratizar el acceso a la educación y la cultura, podríamos terminar convirtiendo la lectura profunda y la autonomía intelectual en nuevos privilegios de clase.

No quiero exagerar ni anunciar el fin de la civilización occidental porque un adolescente prefiera TikTok a Onetti, Borges, Felisberto o Cervantes. Pero tampoco me parece razonable mirar para otro lado.

Uruguay tiene una tradición de educación pública, laica y gratuita que debería servirnos como punto de partida. Hay que actualizarla, fortalecerla y adaptarla a un mundo que cambia a una velocidad enorme, sin confundir modernización con llenar las aulas de dispositivos ni inclusión con conectividad. Porque el verdadero desafío no es conseguir que todos tengan una pantalla, sino que todos tengan las herramientas intelectuales para comprender lo que aparece en ella, cuestionarlo y formarse un juicio propio.

Modernizar la educación no es llenarla de pantallas

Y vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿cuándo fue la última vez que compraste y leíste un libro?

No te pregunto si tenés Netflix, si seguís veinte canales de YouTube o si consultas ChatGPT a cada rato.

¡Yo lo hago!

Te pregunto por un libro. Por esas páginas que no te interrumpen, no te mandan notificaciones, no te ofrecen un video siguiente ni te preguntan si todavía estás mirando.

Tal vez haya llegado el momento de recuperar ese viejo y revolucionario hábito de sentarse a leer. No para sentirnos más cultos que los demás. Mucho menos para mirar por encima del hombro a quien no puede hacerlo. Precisamente, por lo contrario: para que leer, comprender y pensar no terminen siendo privilegios de quienes pueden pagárselos.

Porque una democracia necesita ciudadanos libres. Y la libertad también consiste en poder pensar con cabeza propia.

 

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