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La cultura que la derecha no entiende

(y el batllismo sí supo leer)

Eduardo Irigoyen

Durante años, la discusión sobre la “batalla cultural” se planteó como una disputa por espacios: universidad, medios, arte, educación, carnaval. Pero el problema de fondo es otro, porque no se trata de quién ocupa esos lugares, sino de quién logra definir lo que una sociedad percibe como normal. Y en ese terreno, la derecha llega tarde y no logra entender el mundo que la rodea. Los batllistas, que solo somos conservadores de la libertad y reformistas en todo lo demás, vemos que hay una dificultad estructural.

Buena parte de la derecha sigue entendiendo la cultura como un adorno, un gasto o, en el mejor de los casos, un instrumento, pero no como lo que realmente es: el sistema donde se construyen sentidos, valores y legitimidades.

Mientras tanto, la izquierda —desde la moderada hasta la autoritaria— ha operado históricamente en ese plano, no por virtud moral, sino por posición.

Desde los márgenes, donde no se gobierna, se crea.

Uruguay ofrece un ejemplo que incomoda a los conservadores.

El batllismo histórico, encabezado por José Batlle y Ordóñez, fue profundamente democrático, liberal, republicano, defensor de las libertades y las instituciones democráticas, respetuoso de la ley, del equilibrio de poderes y de las reglas de juego. En ese sentido, comparte una raíz clara con lo que hoy ubicaríamos en la derecha y centroderecha.

Pero, al mismo tiempo, fue culturalmente disruptivo, “inquietista”, con un fuerte sentido de justicia. Eso significa tener fronteras comunes con la centroizquierda y la izquierda, porque se impulsaron reformas que en su época fueron resistidas por el conservadurismo: divorcio por voluntad de la mujer, defensa de la enseñanza laica, gratuita y obligatoria, ley de 8 horas, separación Iglesia-Estado, defensa radical de la laicidad y una política con fuertes tintes anticlericales.

No eran medidas neutras: implicaban una transformación profunda de la sociedad y sin embargo, a pesar del rechazo inicial, hoy son parte del consenso básico.

¿Por qué triunfaron esas ideas del primer batllismo?

No por imposición, ni por una supuesta conspiración cultural, sino porque lograron conectar con cambios reales en la vida de las personas. Se volvieron comprensibles, aceptables, deseables. Es decir, se volvieron cultura antes que política.

La izquierda entendió la lección.

Ahí está la clave que muchas veces la derecha no logra ver: las ideas no se imponen solo con argumentos, sino con sensibilidad. Primero aparecen como extrañas, luego discutibles, después razonables y finalmente evidentes. Ese recorrido no lo hacen los programas de gobierno, lo hacen el lenguaje, el arte, la educación, las narrativas.

La izquierda ha tenido ventaja en ese plano, y no necesariamente por tener mejores ideas, sino por entender mejor el factor emocional. Sabe construir relatos, símbolos, identidades. Sabe hablarle a las aspiraciones, a los miedos, a los deseos. A veces lo hace con lenguaje lírico y hasta con humor.

La derecha, en cambio, tiende a refugiarse en lo técnico, en lo cuantificable, en la gestión, pero también en la rabia y un lenguaje combativo y áspero.

Como si la sociedad pudiera administrarse únicamente con la lógica de planilla Excel.

Ese es un error estratégico. No se gobierna solo con números. Se gobierna también con sentido.

Porque sin relato, sin imaginación, sin una idea atractiva de futuro, cualquier proyecto político queda incompleto.

Cuando la derecha intenta reaccionar, muchas veces lo hace mal. En lugar de crear, combate. En lugar de proponer, rechaza.

En lugar de disputar sentidos, declara una guerra cultural, cuya intención y objetivos compartimos, pero que nace perdida, porque parte de una premisa equivocada: creer que la cultura es algo que se enfrenta, cuando en realidad es algo que se produce.

El resultado es previsible. Mientras un campo genera lenguaje, símbolos y marcos interpretativos, el otro responde con críticas, advertencias o nostalgias.

En ese intercambio desigual, la cultura avanza por un lado, mientras la política intenta alcanzarla por otro.

El batllismo, en su mejor versión, entendió algo distinto.

Supo ser institucional —defensor de la república, de la ley, de la democracia— y al mismo tiempo culturalmente innovador y reformista.

Esa combinación, que hoy puede parecer contradictoria, fue su mayor fortaleza.

Tal vez ahí haya una lección para el presente. No se trata de copiar a la izquierda (¡ellos nos copiaron a nosotros!) ni de negar la tradición. Se trata de volver a producir ideas, de animarse a pensar el tiempo propio, de entender que la cultura no es un lujo ni un gasto superfluo, sino el terreno donde se define el futuro.

Porque al final, la disputa decisiva no es por el poder visible. Es por algo más profundo: qué cosa se vuelve normal y qué se considera lo correcto.

Quien define eso, gana sin necesidad de imponer.

Porque al final, la disputa no es por quién grita más fuerte ni por quién ocupa más espacios. Es por algo más simple y profundo: qué ideas se vuelven normales y cuáles quedan fuera de época.

Ahí es donde la derecha suele equivocarse. Cree que defender valores es resistir todo cambio, cuando en realidad es saber cuándo acompañarlo, cuándo mejorarlo y cuándo poner límites. Negar avances sociales ya consolidados —como la despenalización del aborto, los derechos de las minorías sexuales o la eutanasia— no es dar una batalla cultural: es llegar tarde a una discusión que la sociedad ya procesó.

El batllismo, en cambio, tiene otra tradición. No la de frenar por reflejo, sino la de interpretar el cambio y conducirlo dentro de la ley, la libertad y la república.

Ser motor cuando la sociedad avanza y freno cuando se desborda.

Esa es la batalla que sí se puede dar y ganar: no la de imponer una cultura ni de negar la existente, sino la de asegurar que los cambios se den con reglas, con garantías y con sentido común.

Porque la cultura no se decreta ni se combate. Se entiende. Y quien la entiende, no necesita imponer: acompaña, orienta y termina influyendo de verdad.

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