Daniel Manduré
Vivimos tiempos radicales. La política parece haber sido colonizada por los extremos. Donde es casi que obligatorio elegir un bando y defenderlo sin matices. O estas en un lado o estás en el otro. Si no lo haces sos considerado un “paria político”. La política parece haberse convertido en una competencia permanente para ver quien grita más fuerte, quien descalifica mejor al adversario o quien logra el mayor exabrupto y así obtener la mejor repercusión en las redes sociales. El fanatismo que lo todo. En este clima enrarecido, la moderación suele confundirse con tibieza, la prudencia con ausencia de convicción, el respeto por falta de valentía. Sin embargo, existe otro camino: el de la coherencia, la tolerancia y el respeto a la institucionalidad.
No creo en los extremos. Tampoco en la tentación de dejarse llevar por las oleadas de lo políticamente correcto ni por aquellos discursos que alimentan la confrontación permanente.
Los principios solo tienen valor cuando se miden de la misma forma sin importar la ideología del protagonista.
Desde esa óptica debemos rechazar la decisión del presidente argentino Javier Milei al involucrarse en la campaña electoral de Brasil con agravios al presidente Lula Da Silva y respaldando en forma explícita al candidato Flavio Bolsonaro. Mas allá de las afinidades ideológicas que cada uno pueda tener los pueblos deben decidir su destino sin injerencias externas. La buena convivencia entre los pueblos exige respeto institucional entre las naciones y suma prudencia diplomática. Respeto y prudencia muy difícil de pedirle al presidente Milei. Utilizando siempre su reconocido estilo verborrágico agresivo e insultante.
Pero para quienes tienen la costumbre de ver la política desde los extremos mi afirmación puede significar un apoyo a Lula. Pero no lo es. Es un apoyo a la institucionalidad, a su investidura, a la no injerencia. Porque Lula en su pasado ha cometido en forma reiterada la misma falta. Lula apoyó abiertamente la campaña de Hugo Chávez en 2006 en Venezuela. En 2012 lo volvió a hacer difundiendo un video enviado al Foro de San Pablo donde apoyó la reelección de Chávez y luego, por si fuera poco, terminó apoyando a su sucesor Maduro, diciendo en aquel momento en un acto político: “Maduro presidente, es la Venezuela que Chávez soñó”.
Lula da Siva ha respaldado y colaborado explícitamente con la campaña electoral de otros candidatos afines a su ideología, lo hizo con Sergio Massa en Argentina justamente en contra de Javier Milei en el balotaje. Aconsejó votar por Mujica en las elecciones de nuestro país y por Evo Morales en los momentos claves de definición política en Bolivia.
Con diferentes estilos, pero todas esas intromisiones deben ser rechazadas sin importar la ideología. No puede haber intromisiones buenas y malas dependiendo de quien la haga. Tampoco criticar unas y callar en otras. El principio de no injerencia debe primar, donde ningún Estado debe intervenir en las elecciones soberanas de otro.
Rechazo con énfasis lo de Milei, pero también todas aquellas realizadas por Lula y que parecemos olvidar. Además, por otro lado, la verdad no creo que le haya sumado mucho al candidato Flavio Bolsonaro. Solo ha sumado a la fama provocadora y agresiva de un Milei que con aciertos y errores en su gestión no la tiene fácil en la vecina orilla.
Este tipo de controversias y disputas no colaboran en nada en lo que debe ser la civilizada relación en países integrantes del Mercosur y la imagen y el mensaje que estamos dando como región hacia afuera, cuando acabamos de firmar un gran acuerdo comercial con Europa. Con actitudes de este tipo ahuyentamos inversores, tan necesarios para nuestros países.
Triste episodio. Esta confrontación entre Milei y Lula que viene de larga data y que forma parte de un estilo de hacer política que en algún caso parece transformarse en costumbre. En una muy mala costumbre, por cierto.
La tradición uruguaya nos lleva a rechazar estas actitudes. Esa herencia republicana que trasciende a cualquier gobierno y que vale la pena reivindicar siempre.
La política exterior no puede construirse sobre agravios personales ni sobre simpatías ideológicas, de ningún tipo. Hay una frontera que no debería cruzarse. Pero no todos parecen entenderlo.
En tiempos donde la estridencia política es lo que da redito político la moderación parece transformarse en un gesto de debilidad. Cuando no lo es. Sobre todo, a nivel diplomático. Es una expresión de madurez institucional que hay que defender.
La verdadera fortaleza de una nación no reside en la capacidad de insultar o agraviar al adversario ideológico sino la capacidad de sostener nuestros principios siempre, con solidez en los argumentos, con templanza, firmeza y respeto.
Me niego a elegir entre extremos. La república exige equilibrio. Le he dicho no al hoy encarcelado Bolsonaro, como le sigo diciendo no al fundador del radical Foro de San Pablo Lula da Silva. Le digo no a la errónea y preocupante política de Pedro Sánchez en España que ha contribuido en deteriorar la imagen del hoy irreconocible PSOE, pero le digo no a VOX y esa visión populista de una rancia ultraderecha. Le digo no a Milei cuando intenta defender sus principios a base de improperios e insultos como le dije y le diré siempre no a gobiernos corruptos que lleva a tener encarcelada a una expresidenta.
No me sumo al coro de los fanáticos que te empujan hacia un lado o hacia el otro. Hay siempre otro camino, el del medio, el del centro. Tal vez no sea el más popular. Ese que no genera titulares atractivos ni miles de likes en las redes, pero es el camino que considero sensato. El de la coherencia, el de la responsabilidad. El camino de la defensa a los valores republicanos.
Las virtudes no nacen de los extremos. La virtud del justo medio, de la que nos hablaba Aristóteles. Nacen del difícil arte de mantener el equilibrio cuando todos los demás parecen estar decididos a perderlo.