El problema del estado uruguayo (7)

agosto 3, 2026

Jorge Nelson Chagas

A partir del año 1945 – durante la presidencia de Juan José de Amezaga – el Producto Bruto Interno (PBI) comenzó a crecer hasta el año 1954. En el año 1946 se registró la mayor alza (9,9%). Ciertamente Uruguay se benefició con la crisis de Europa- prácticamente estaba en ruinas – de los primeros años de la posguerra. Las exportaciones de carne, lana y cueros posibilitaron aquella bonanza económica.

Un detalle importante: la prosperidad de esos años 1945-1954 fue posible por una coyuntura internacional favorable, pero el Estado, heredado del terrismo, no sólo se mantuvo incólume, sino que continuó ampliando sus funciones. Las nacionalizaciones de los tranvías (29 de diciembre de 1947 que marcó el nacimiento de AMDET), los ferrocarriles (19 de setiembre de 1952, cuando nació AFE) y Aguas Corrientes (19 de diciembre de 1952 que dio lugar a la creación de OSE), a lo que se debe agregar la creación, como servicio descentralizado, del Servicio Oceanográfico y de Pesca (SOYP) el 21 de setiembre de 1945, muestran a un Estado que no cesó de expandirse,

Una mirada histórica a llamados “años dorados” del Uruguay, que intente ser lo más objetiva posible, revela que la cuantiosa entrada de divisas por la exportación de materias primas generadas por el agro (un agro que no se modernizaba) era empleada en gran parte para sostener la industria mediante subsidios y férreo proteccionismo. Todo a través de estrictos controles de cambios y cuotas para proteger las reservas y fomentar la industria nacional (sustitución de importaciones), gestionado por el Contralor de Exportaciones e Importaciones.

No deja de ser interesante observar que en esos años el campo continuó expulsando gente hacia la capital (en 1950 se forma el primer “cantegril”), un indicio de las fallas del modelo económico. Pero había algo más profundo. Al empresariado formado en los años ’30, al amparo del proteccionismo estatal, no le resultaba rentable invertir en modernizar las maquinarias, tecnología y/o capacitación del personal por la simple razón que no tenía competencia externa. Los artículos importados a los que podía acceder el consumidor uruguayo eran escasos. Con un mercado capturado los empresarios lo que procuraron es tener los debidos contactos con los políticos que controlaban el omnipotente Estado. De ahí que cuando Europa se recuperó y ya no necesitó más nuestras materias primas y EE. UU. se negó a abrir su mercado (este fue uno de los mayores dramas que enfrentó Luis Batlle en 1955), Uruguay poseía una industria cada vez más obsoleta. La paradoja es que el país, a diferencia de lo ocurrido en 1929, entró en crisis cuando el capitalismo iniciaba una edad de oro a nivel mundial. Perdimos el tren porque el modelo de sustitución de importaciones se había vuelto inviable.

La derrota del Partido Colorado en 1958 se debió en gran medida a esta realidad. La prédica de Benito Nardone apuntó a la vieja dicotomía ciudad-campo. (En realidad el “monje gris” del movimiento ruralista fue el abogado, empresario rural y periodístico Domingo Bordaberry) El fundamento fue simple: la auténtica riqueza producida por el campo es absorbida por las industrias artificiales de la capital y el batllismo es el responsable. Y si bien, en un principio, el gobierno blanco-ruralista liberalizó la economía, no tardó en retornar a las prácticas intervencionistas y proteccionistas.

En un interesante trabajo del sociólogo Cesar Aguiar, “¿Estado asilado, sociedad inmóvil?” (1980), sostiene – apoyado en estadísticas- que, durante los años electorales 1958, 1961, 1966 hubo un crecimiento desproporcionado de los empleados públicos por las prácticas clientelìsticas. Esto aumentaba la burocratización y consiguientemente la indefensión del ciudadano ante un andamiaje jurídico-administrativo que, por momentos, parecía inescrutable. Mario Benedetti en su famoso ensayo “El País de la Cola de Paja” calificó, con sarcasmo, a Uruguay como una gigantesca oficina pública, pero he aquí otra paradoja: Benedetti fue funcionario del Estado y uso los prestamos especiales que el BROU otorgaba a los empleados públicos para financiar sus libros, donde criticaba al modelo.

Hay otra paradoja más: en el Uruguay de los años ’60 cuando campeaba la inflación, el deterioro social y un Estado ineficiente, los trabajadores que hacían paros y huelgas, a la hora de votar se inclinaban por el sobre todo y el poncho. La clase política que era responsable, en gran medida, de la situación del país continuó contando con el apoyo de la ciudadanía.

Pese a todo, el modelo de sustitución de importaciones tuvo su canto del cisne.

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