Pablo Caffarelli
Hay algo que empieza a preocupar más que los episodios de violencia que vemos casi diariamente: la naturalidad con la que empezamos a incorporarlos a nuestra vida. En el último clásico uruguayo hubo incidentes, aunque esta vez se dio una paradoja de no haber simpatizantes del equipo rival. Es decir, habíamos conseguido algo que parecía imposible en el fútbol —eliminar a las dos hinchadas— y, sin embargo, la violencia apareció igual. Para completar el absurdo, dentro del estadio se había preparado una especie de habitación ciega donde se ocultaba material prohibido para sacarlo durante el espectáculo. La imaginación puesta al servicio de la inconducta. Uno empieza a sospechar que el problema ya no es solamente que haya gente que vaya a buscar pelea, sino que estamos desarrollando una preocupante capacidad para fabricar las condiciones necesarias para encontrarla.
Mientras tanto, una estudiante de Medicina fue agredida sin una razón comprensible, en un episodio que deja esa sensación fatigosa de estar frente a algo que no sabemos explicar. También vimos a hinchas de Danubio enfrentarse con sus propios jugadores después de otra derrota, como si la frustración deportiva hubiera convertido al compañero de camiseta en enemigo. Y, en una escala mucho más grave, el asalto a mano armada al BROU de Pando nos ofreció una escena que parecía salida de una película del Lejano Oriente. Son hechos completamente diferentes, con protagonistas, responsabilidades y consecuencias distintas, y sería irresponsable meterlos a todos en la misma bolsa. Pero quizá tengan algo en común, interno a nosotros, como la creciente dificultad que estamos mostrando para administrar nuestras propias emociones y para aceptar que entre lo que sentimos y lo que hacemos debería existir, aunque más no fuera, un pequeño espacio de reflexión.
Vivimos hiperconectados y, al mismo tiempo, cada vez más solos. Tenemos cientos de contactos, grupos, seguidores y conversaciones abiertas, pero eso no necesariamente significa que tengamos a quién recurrir cuando la vida se pone difícil. Estamos permanentemente estimulados por pantallas diseñadas para evitar cualquier segundo de aburrimiento, recibiendo noticias, opiniones, imágenes, recompensas y pequeñas dosis de satisfacción inmediata. No hace falta convertir esto en un diagnóstico médico para advertir que nos estamos acostumbrando a la velocidad, a la respuesta instantánea y a la gratificación permanente. Quizá por eso una derrota deportiva, una discusión, una frustración o una mirada equivocada comienzan a parecernos intolerables. Nos cuesta esperar, nos cuesta escuchar y, sobre todo, nos cuesta ese ejercicio antiguo y poco espectacular de pensar antes de actuar.
Durante siglos, además, tuvimos instituciones que ayudaban a contener esas pulsiones: la familia, la escuela, el club, el barrio, el trabajo, las comunidades religiosas. No eran perfectas —algunas tenían sus propios problemas, y vaya si los tenían—, pero funcionaban como espacios donde aprendíamos que vivir con otros implicaba aceptar límites, soportar frustraciones y entender que no todo lo que uno siente tiene derecho a convertirse inmediatamente en conducta. Hoy muchas de esas estructuras se han debilitado y el individuo quedó más expuesto a sus propias emociones, muchas veces sin herramientas para administrarlas. El resultado es una sociedad donde todos parecen tener voz, pero cada vez cuesta más encontrar interlocutores dispuestos a escuchar.
Quizá por eso la salida no esté en eliminar el conflicto, porque el conflicto forma parte inevitable de la condición humana, sino en aprender nuevamente a atravesarlo sin convertir al otro en un obstáculo que debe ser destruido. Hay que recuperar la curiosidad por saber qué le pasa al que tenemos enfrente, aun cuando nos resulte insoportable, porque detrás de muchas conductas que condenamos hay personas atravesadas por miedos, frustraciones, soledades y miserias que no justifican sus actos, pero que quizás ayuden a comprenderlos. La fraternidad, la solidaridad y la lucha contra la violencia pueden sonar hoy a palabras antiguas, casi ingenuas, pero probablemente sean más modernas y necesarias que nunca.
El gran problema quizás se resuelva con un pequeño truco: Cuando la rabia nos pida actuar, que podamos -todavía- regalarnos unos segundos para pensar qué vamos a hacer con ella. En ese pequeño intervalo, casi insignificante, puede estar la diferencia entre una sociedad que convive y una sociedad que simplemente aprende a sobrevivir.