El fantasma de una fusión que no existe

agosto 17, 2026

Daniel Manduré

Hay discusiones políticas que nacen de una legítima y valida diferencia de opiniones. Hay otras que ante la evidente ausencia de argumentos cuestionan una idea o propuesta con terminologías equivocadas. Eso ocurre cuando se pretende llamar “fusión” a una política de acuerdos o coalición. No es simplemente una cuestión semántica. No es un juego de palabras. Mucho menos una sutileza para historiadores. No es por ingenuidad que se utiliza ese término. En Uruguay la palabra fusión tiene una significación política concreta y profundamente arraigada en nuestra historia. Los que la utilizan lo saben muy bien. Pero insisten.

Por ello resulta particularmente llamativo, aunque tal vez no tanto, que algunos dirigentes agiten hoy el fantasma de la “fusión” cuando se habla de acuerdo entre partidos. Porque si hay algo que nuestra propia historia ha demostrado es que una coalición y una fusión son conceptos esencialmente diferentes.

Ya lo dijimos: ni el derecho comparado, la ciencia política, su naturaleza jurídica, las democracias más consolidadas ni nuestra propia historia confunden una política de fusión con una política de acuerdos o coaliciones.

Solo alcanza con mirar hacia atrás, cuando una fusión sí era una fusión.

En momentos de los más duros enfrentamientos en los campos de batalla entre las divisas blancas y coloradas, en esas largas confrontaciones, una parte de la dirigencia comenzó a preguntarse como terminar con ese enfrentamiento. Fue en ese contexto que surgió la llamada política de fusión, con un manifiesto escrito desde Rio de Janeiro por Andrés Lamas criticando con dureza a los blancos y colorados. Con una propuesta radical que proponía la desaparición de ambas divisas como portadoras de todos los males que vivía el país y la creación de una nueva.

No se trataba de que dos partidos conservaran sus identidades y acordaran un programa común, significaba el exterminio de las antiguas identidades partidarias para crear otra nueva. La consecuencia política de aquel movimiento anti caudillista fue la creación de la Unión Liberal en 1855.

La diferencia con una coalición es abismal. Una coalición parte de una premisa completamente distinta que dice: Somos diferentes si, y está bien que así sea, pero podemos coincidir. Mientras que la “fusión” dice: dejemos de ser diferentes y construyamos otra cosa.

No me canso de decirlo, una coalición conserva partidos, identidades, historias, símbolos, dirigentes, estructuras, matices ideológicos.

Por ello me resulta intelectualmente poco serio llamar “fusión” a un acuerdo entre partidos simplemente porque esos partidos decidan comparecer juntos y coordinar políticas, como sucede en buena parte de Europa. Que se han ido adaptando a los nuevos tiempos y han renunciado con inteligencia al estancamiento político.

Una coalición no elimina al Partido Colorado, no borra su identidad ni su estructura partidaria. No impide que el Partido Colorado pueda fortalecerse en lo interno.

Una coalición no elimina al Partido Nacional no borra su identidad ni su estructura.

Una coalición no elimina al Partido Independiente no borra su identidad ni su estructura, ni la de cualquier otra organización que quiera conformarla.

La diversidad no desaparece porque exista un acuerdo.

Allí radica justamente la riqueza de una coalición.

Lo explicábamos en nuestra nota anterior de “Opinar” con ejemplos concretos de coaliciones electorales en varios países de Europa, y de las más diversas tendencias ideológicas, donde nadie perdió su identidad. Unieron fuerzas sin que nadie dejara por el camino su perfil o su rica historia.

Tenemos un ejemplo cercano, el del Frente Amplio. Es históricamente una demostración de como una coalición puede reunir en este caso a más de veinte sectores diferentes y al mismo tiempo conservar identidades, perfiles y diferencias internas. Nadie puede decir que el Partido Comunista es lo mismo que el MLN tupamaros o que el Partido Socialista es lo mismo a la antigua Asamblea Uruguay. Cada una con autoridades en común, pero también con estructuras y perfiles propios.

Volviendo al pasado, en el siglo XIX existieron dos caminos para buscar la pacificación del país. Por un lado, el equivocado camino de la fusión Por otro la política de pactos o acuerdos. La primera pretendía superar los partidos. La segunda pretendía el entendimiento entre ellas. Mientras Lamas buscaba a través de su manifiesto romper las divisas, la política de pactos buscaba el acuerdo entre partidos sin renunciar a las identidades.

Porque gobernar juntos no significa dejar de ser quienes somos. Poca fe y confianza nos tendríamos si pensáramos así.

Sorprende el tener que explicarlo.

El camino nunca puede ser el de agitar cucos o fantasmas, buscando asustar al electorado con denominaciones falsas.

Se invocan palabras cargadas de historia procurando despertar el temor, intentando dejar latente que el acuerdo buscado parecería ser una maniobra destinada a hacer desaparecer a los partidos.

Una discusión democrática debería ser mucho más seria que eso.

Se està en todo derecho de pensar que una coalición es inconveniente, pero que se diga porque, con argumentos y no con etiquetas. Con un estilo que no es el de nuestra colectividad. Parece más una estrategia frenteamplista que colorada.

Queremos argumentos concretos. No alcanza con buscar el susto a través de un eslogan.

Ya lo dijimos y optamos por reiterarlo, hay muchos casos de dirigentes o sectores políticos que se han desdibujado totalmente, han abandonado principios, han dejado por el camino su identidad y nunca integraron una coalición.

Una identidad política no se demuestra por la incapacidad o negación a acordar. Se demuestra por la fuerza y lealtad a nuestras más altas convicciones. A defender principios fuera o dentro de una coalición.

Esa es la clave, saber construir mayorías manteniendo firmes nuestras convicciones.

Y si alguien pretende acordar dejando por el camino nuestros principios y valores seremos los primeros en oponernos.

Es estos nuevos tiempos, una democracia sin acuerdos sería apenas una suma de monólogos.

Nuestra república tiene una historia política muy rica para que se vea manipulada mediante terminologías equivocadas.

Ese fantasma de una fusión que no existe.

La política uruguaya y nuestra rica historia merece una discusión más seria y con argumentos.

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