Eduardo Fazzio
Siendo todavía un niño, un día a principios de los años setenta crucé la calle Chaná a la altura de Arenal Grande y ahí estaba José Luis, el hijo de Don Aureliano, el almacenero de la esquina, con una novedad de ruedas chicas que nos desconcertó a todos: la bicicleta Graziella. Traía contra pedal. Ninguno entendía el mecanismo al principio — había que pedalear para atrás para que la bicicleta frenara. La probamos por turnos, desconfiados, esperando el trompazo, hasta entender que no era una falla de fábrica: era el diseño. El freno no estaba en otra parte de la bicicleta. Era el mismo pedaleo, pero al revés.
Medio siglo después, viendo al Frente Amplio tratar de explicarse por qué perdió apoyo, uno vuelve a sentir aquel mismo desconcierto de vereda. El gobierno dice que va para adelante. Y en algún punto del camino, sin cambiar de mecanismo, empieza a pedalear para atrás.
El título que le puse a esto le debe una reverencia a Carlos Real de Azúa, que en 1964 publicó «El impulso y su freno», su ensayo sobre las tres décadas de batllismo y las razones por las que a su entender aquel impulso reformista terminó frenado. La tesis de Real de Azúa tiene una precisión: según él el freno no le vino al batllismo de afuera. Le vino de adentro, de la misma autocomplacencia, del centralismo montevideano que había alimentado el impulso. A su modo de ver el freno no era un accidente posterior. Era el contra pedal de origen, incorporado en la fábrica. El gobierno del FA parece estar estrenando su propio mecanismo de auto frenado.
Porque el riesgo, ahí, no es solo de rumbo: es de diagnóstico. Un gobierno puede equivocarse en sus políticas, pero también puede equivocarse al interpretar por qué está perdiendo apoyo. Y cuando confunde un problema con el otro, corre el riesgo de aplicar el remedio equivocado — pedalear para atrás creyendo que así mejora su gestión.
El 18 de mayo de 2026, con una encuesta de Equipos Consultores mostrando que la desaprobación de Yamandú Orsi subía del 40 al
48 por ciento, el secretario de la Presidencia salió a hablar. Alejandro Sánchez no dijo que había que revisar el rumbo. Dijo que había que «poner el pie en el acelerador» para que las transformaciones «se asienten más fuertemente». El rumbo, según él, era bueno. Lo que faltaba era profundizarlo. El resto del gobierno, mientras tanto, seguía montado en la bicicleta de siempre — la del contra pedal — sin que nadie notara que ni entre ellos mismos coincidían en cómo venía su marcha.
Ese desacople interno no es un detalle. Es la primera pista de que el diagnóstico oficial —vamos bien, hay que insistir— convive con una práctica de gobierno que, medida a medida, pedalea para atrás.
Nadie duda que existen tensiones internas en el Frente Amplio, y no haría falta una columna para evidenciarlo. ¿Pero por qué esas tensiones se activan justo cuando cae la popularidad, y no antes, cuando las mismas contradicciones ya estaban ahí? La respuesta empieza a asomar en las cenas reservadas que Alejandro Sánchez viene organizando desde fines de marzo con referentes académicos, y en la Mesa de la Agrupación Nacional de Gobierno que la semana pasada terminó reconociendo, en rueda de prensa, que el problema era de comunicación —que los avances «no llegan» a la sociedad. Esas dos escenas comparten una misma pregunta implícita: ¿el gobierno consulta para saber si gobernó mal, o consulta para saber cómo volver a gustar? No es la misma pregunta, y la respuesta que se elija determina si lo que sigue es una corrección de rumbo o un ajuste de imagen.
El propio PIT-CNT metió el dedo en la llaga en esa distinción sin proponérselo. En julio, tras un diálogo de sesenta días sobre las inversiones de las AFAP en el exterior que terminó sin satisfacer su reclamo, su presidente, Marcelo Abdala, exigió que fuera el ministro de Economía quien «explicara públicamente los fundamentos» de una decisión que la central consideraba insuficiente — no pidió otra política, pidió otra explicación. Y en el acto del Día de los Trabajadores, el secretario general de la central, Joselo López, había resumido el humor sindical con una frase: las expectativas sobre la gestión «no están siendo colmadas». Ese reclamo, leído con cuidado, no es sobre si el rumbo económico es correcto. La central pide gobernar mejor, o al menos parecer que se gobierna con más convicción, mientras el Poder Ejecutivo, ante la misma presión, tiende a resolver el malestar en la superficie antes que en el fondo.
Gobernar, en el sentido de resolver los problemas concretos que un país tiene delante, es solo una de las tres bicicletas que este gobierno pedalea al mismo tiempo. Las otras dos —sostener el equilibrio entre sectores y cuidar la propia imagen ante la opinión pública— no son ilegítimas ni evitables: son parte del oficio de cualquier coalición. El descontrol aparece cuando esas dos últimas se pedalean con ansiedad, mirando por el hombro la próxima encuesta o interna, porque ahí empiezan a consumir el mismo esfuerzo, que debería estar puesto en la primera. No es que el Frente Amplio no sepa gobernar. Es que buena parte de su energía se le va en no perder el equilibrio arriba de una bicicleta que, además, tiene contra pedal — y que cuando se inclina demasiado hacia mantener el equilibrio interno, empieza, sin darse cuenta, a pedalear para atrás.
Medio siglo después de aquella tarde en Chaná y Arenal Grande, uno vuelve a mirar al Frente Amplio con la misma cara de desconcierto que le poníamos a José Luis cuando nos explicaba el mecanismo de su Graziella. Un gobierno que en rueda de prensa asegura tener el pie en el acelerador, que jura que el rumbo es el correcto y que solo falta profundizarlo, y que, sin embargo, medida a medida, va frenando con el mismo gesto que debería llevarlo para adelante. Es el contra pedal de fábrica, el que la coalición trae incorporado, activándose cada vez que alguna corriente interna teme avanzar y sugiere que ya es momento de ir más despacio.
La Graziella, al menos, avisaba: el contra pedal se sentía en las piernas apenas uno empezaba a pedalear hacia atrás. El Frente Amplio deberá lidiar con una bicicleta que todos aseguran conducir hacia adelante, pero que se empeña cada tanto en frenar, con la misma energía que debería avanzar.