El arte de ver comunistas en todas partes y fascistas en ninguna

septiembre 13, 2026

Eduardo Irigoyen García

Corría 1980, semanas antes del plebiscito constitucional que la dictadura convocó para legitimar su influencia y legitimar su permanencia en el poder. Un amigo que tenía gente cercana al régimen por esas cosas de la vida me presentó a un férreo defensor del «SÍ» al proyecto de reforma constitucional. Un fanático de la mano dura, un descreído del sistema liberal, un tipo que veía políticos corruptos y comunistas por todos lados.

El hombre hizo un largo monólogo con los clásicos argumentos de defensa del régimen color yerba. Habló pestes de todos los políticos, sin distinción y tratándolos de corruptos. Llegó a decir, con total seriedad, que el Partido Colorado y el Partido Nacional —más que nada el wilsonismo y el batllismo— estaban conducidos por personas influidas por la Unión Soviética. Sí, no exagero: Carlos Julio Pereyra, Dardo Ortiz, Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle eran «idiotas útiles» del Kremlin que, si volvían al gobierno, terminarían instalando un régimen débil que, más tarde o más temprano caería en manos de Rodney Arismendi y sus camaradas.

Haciendo gala de mi mayor torpeza, le pregunté si él se definía como fascista. Y él, muy suelto de cuerpo, me respondió:

«Yo no soy fascista, pero empleo métodos fascistas, que es otra cosa».

La frase quedó flotando en el aire como una bomba de humo. Porque uno piensa: ¿y qué es un fascista, entonces? ¿Alguien que usa métodos fascistas, pero jura que no lo es?

Es como decir: «No soy ladrón, solo uso métodos de ladrón».

“MAL DÍA PARA SER COMUNISTA” Hay algo que nunca terminé de entender: la facilidad con que algunos conservadores señalan comunistas donde no los hay, y la dificultad que tienen para reconocer a un fascista cuando lo tienen delante.

A un socialdemócrata moderado, a un progresista liberal, a cualquiera de centroizquierda que acepta la economía de mercado, pero cuestiona algunos aspectos del capitalismo, se le encaja rápido la etiqueta de «comunista de mierda», «marxista ignorante» o «zurdito empobrecedor». Basta con que alguien mencione «desigualdad» o «redistribución» para que se encienda la alarma roja. Es automático, un reflejo pavloviano.

Pero cuando aparecen expresiones autoritarias, nacionalistas extremas, xenófobas, antidemocráticas o antiliberales, de repente surgen las dudas y los matices. «No es para tanto». «Hay que entender el contexto». «No se puede llamar fascista a cualquiera».

Tienen razón: no se puede llamar fascista a cualquiera. Pero tampoco se puede llamar comunista a cualquiera, y lo hacen sin sonrojarse.

¿Por qué esa asimetría?

LA NUEVA DERECHA DURA El panorama se ha vuelto más complejo. Ya no hablamos solo de nostálgicos que añoran gobiernos de facto. Hoy existe una nueva derecha dura —o ultra, o radical, como quieran llamarla— que rechaza con indignación la etiqueta de «fascista», pero gobierna o pretende gobernar con un manual más iliberal que republicano.

Y eso es lo peligroso: no necesita dar golpes de Estado ni sacar los tanques a la calle. Gana elecciones. Y desde el poder erosiona la democracia desde adentro. No la derriba de un golpe; la vacía de contenido. La convierte en un cascarón: elecciones, parlamento, Constitución, pero con el poder concentrado, los derechos recortados y los «valores tradicionales» por encima de las libertades individuales.

Ahí es donde se la agarran con el feminismo, el aborto, los derechos de las minorías sexuales y hasta la educación sexual. Para esta nueva derecha, el feminismo no es un movimiento legítimo: es «ideología de género». El aborto no es un derecho: es un crimen. Los derechos de las minorías no son conquistas: son «caprichos». La educación sexual no es prevención: es una amenaza para la inocencia de los niños.

Y lo dicen sin que se les caiga la cara de vergüenza, convencidos de que están salvando a Occidente de su decadencia.

NO ES LO MISMO Atención: no toda la derecha dura es igual. Si no, caemos en el mismo error que criticamos.

No son lo mismo un falangista, un franquista, un fascista, un nazi, un nacionalcatólico o un soberanista antiglobalización. Comparten el gusto por el orden, la autoridad, la tradición, la patria. Pero tienen orígenes, tradiciones y proyectos distintos.

Y tampoco es lo mismo la derecha democrática y republicana que esta nueva derecha dura. La primera cree en las instituciones, la separación de poderes, el Estado de derecho, los derechos individuales, el pluralismo. La segunda dice creer en todo eso, pero en la práctica lo relativiza y lo subordina a un proyecto de poder que no tolera disidencias.

La derecha democrática puede discrepar del feminismo o el aborto, pero acepta el debate en el marco de la ley, con respeto por las instituciones y reconocimiento del adversario. La nueva derecha dura no acepta el debate: quiere imponer su visión, aunque tenga que recortar derechos o silenciar voces.

Son otra cosa. Confundirlos sería un error.

TOTALITARISMO DE IZQUIERDA Siempre hay alguien que salta con lo mismo: «¿Y por qué no hablás de los regímenes totalitarios de izquierda? ¿Vas a defender a Cuba y a Corea del Norte?»

No hace falta que me lo pidan. Tengo claro que los regímenes marxistas-leninistas fueron totalitarios, represivos, criminales. Gulags, hambrunas, purgas, persecuciones, exilios, desapariciones. Dictaduras del proletariado que terminaron siendo dictaduras a secas.

¿Hace falta repetirlo? Sí, porque si no me van a tratar de idiota útil defensor del comunismo y parece que hay que dar examen a cada rato.

Critico a los regímenes totalitarios de izquierda cuando corresponde. Pero este artículo habla de otra cosa: de la asimetría, de la facilidad para ver comunistas en todas partes y la dificultad para ver fascistas donde los hay.

Habla de la nueva derecha dura que se disfraza de democrática mientras erosiona la democracia.

Habla, sobre todo, de la trampa. De ese doble estándar que gasta pólvora cazando zurdos imaginarios y se queda mudo cuando hay un potencial peligro, que está sentado en la mesa de al lado.

¿Es que el fascismo solo existe cuando alguien se pone una camisa negra y hace el saludo romano? Porque si esperamos eso, vamos a esperar mucho tiempo.

Mientras tanto, el fascismo se pone traje y corbata, habla de «orden», «patria», «familia», «soberanía» y «seguridad».

Y si te descuidas, hasta podés coincidir con algunos de sus enfoques.

Puede presentarse de maneras modernas, respetables y amables. Te convence de que existen «enemigos internos», «decadencia nacional» o que hace falta «un líder fuerte». Desprecia las instituciones, ataca a la prensa, convierte al adversario en enemigo de la nación y considera que algunos ciudadanos tienen menos derechos que otros.

Eso también debería encender luces de alarma.

El fascismo no siempre llega con tanques y ruido de botas. A veces llega con discursos que suenan razonables y gente que dice «yo no soy fascista, pero…» y después completa la frase con algo que un fascista firmaría sin dudar.

LA PREGUNTA FINAL Por eso la pregunta que les hago a algunos amigos conservadores es sencilla: si tienen tanta facilidad para descubrir comunistas, ¿son capaces de reconocer a un fascista?

Y por favor, no me vengan con el cuentito de que comunismo, socialismo, nazismo y fascismo son todos de izquierda. Eso no es análisis político, es un verso sin ningún fundamento histórico, una propaganda repetida hasta el cansancio por tipos que, con todos los méritos, se ganan el premio al salame del mes.

No les pregunto por los nazis y neonazis, porque ahí hasta podríamos ponernos de acuerdo. Esos son fáciles. El problema son los otros.

Y tengo una mala noticia: existen.

No necesariamente viven en una cueva, llevan el rostro de Mussolini o de Franco tatuado en la frente o marchan uniformados y a paso redoblado detrás de una bandera. Pueden ser un vecino, un compañero de trabajo, un dirigente político, un militar retirado o un amigo de toda la vida. Gente educada, amable, que ama a las mascotas y ayuda a los vecinos. Gente que no grita, que no insulta, que no amenaza. Pero que, cuando abrís la puerta de su pensamiento, encontrás un sótano oscuro con olor a autoritarismo.

Reconocerlo no debería depender de si nos gusta o no políticamente. Debería depender de qué piensa, qué defiende y qué está dispuesto a hacer con la democracia y con quienes piensan diferente.

Porque si usamos «comunista» como garrote verbal para todo lo que está a nuestra izquierda, pero reservamos «fascista» solo para los monstruos más evidentes, no estamos haciendo análisis político.

Umberto Eco la tenía clara: “El fascismo eterno no necesita dictadores. Se alimenta de la indiferencia, el miedo y la complicidad”.

Estamos haciendo trampa.

Y la trampa, a la larga, siempre se descubre.

El problema es que cuando se descubre, a veces ya es demasiado tarde.

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