Convertir la geografía en seguridad

septiembre 13, 2026

Fitzgerald Cantero Pia

Dos buques son atacados en un estrecho situado a miles de kilómetros de América Latina. En pocas horas aumenta el precio internacional del petróleo, crece el costo de los seguros marítimos y gobiernos, empresas y consumidores, comienzan a calcular las consecuencias. Pocos acontecimientos muestran con tanta claridad la relación entre geografía, energía y economía.

El pasado 1 de setiembre, dos superpetroleros que transportaban crudo saudí fueron alcanzados por proyectiles mientras atravesaban el estrecho de Ormuz. Ambos transportaban cerca de dos millones de barriles y fueron atacados con pocos minutos de diferencia cerca de Omán, según informó Reuters.

No se trata solamente de un incidente marítimo. Es una nueva señal sobre la fragilidad de un sistema energético internacional en el que una parte sustancial de los suministros debe atravesar estrechos, canales, puertos y corredores expuestos a guerras, bloqueos, accidentes, fenómenos climáticos o decisiones políticas.

Primero hay que mirar el mapa

Tim Marshall sostiene en Prisioneros de la geografía que “la geografía es una parte fundamental tanto del porqué como del qué”. Los países pueden desarrollar tecnologías, diversificar proveedores, construir reservas y establecer alianzas. Sin embargo, el petróleo, el gas, los minerales y los bienes continúan desplazándose por territorios concretos. La tecnología puede reducir algunas distancias, pero todavía no ha eliminado la geografía.

Ormuz es uno de los ejemplos más claros. En su parte más angosta tiene apenas 54 kilómetros y sus canales navegables miden alrededor de 3,7 kilómetros cada uno. Por ese espacio circularon durante 2025 cerca de 20 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, aproximadamente el 25 % del comercio marítimo mundial de petróleo. También transita la mayor parte del gas natural licuado exportado por Catar y Emiratos Árabes Unidos.

La guerra iniciada en Oriente Medio en febrero de 2026 produjo, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía, la mayor interrupción de suministro registrada en la historia del mercado petrolero. El informe de agosto de la Agencia mostraba que la producción petrolera del Golfo todavía se encontraba 8,3 millones de barriles diarios por debajo de los niveles anteriores al conflicto.

La experiencia confirma una distinción esencial: los recursos determinan lo que un país posee; la infraestructura, lo que puede hacer con ellos durante una crisis. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos amortiguaron parte del impacto porque habían construido oleoductos, puertos y almacenamiento capaces de evitar el estrecho.

Esta lógica no se limita al petróleo. Malaca es fundamental para los suministros que llegan a Asia. Suez y Bab el-Mandeb conectan el Mediterráneo con el océano Índico. El canal de Panamá reduce las distancias entre el Atlántico y el Pacífico. Gasoductos, redes eléctricas, terminales portuarias y cables submarinos completan el mapa de los puntos sensibles.

La paradoja latinoamericana

América Latina y el Caribe tampoco están al margen de esos riesgos. La región depende de rutas marítimas, puertos, combustibles importados y cadenas internacionales de suministro. Los países del Caribe son particularmente vulnerables a las variaciones de precios y a las interrupciones logísticas. El canal de Panamá es, al mismo tiempo, una ventaja estratégica y un punto sensible. La generación hidroeléctrica enfrenta, además, una creciente variabilidad climática.

Sin embargo, nuestra región posee petróleo y gas, grandes sistemas hidroeléctricos, recursos solares y eólicos extraordinarios, capacidad para producir biocombustibles y reservas fundamentales de litio y cobre. Las renovables generan casi el 70 % de la electricidad regional, el doble del promedio mundial. América Latina y el Caribe también concentran cerca del 15 % de los recursos mundiales de petróleo y gas y aproximadamente la mitad de las reservas de litio.

Pero la abundancia no garantiza la seguridad energética. Nuestra principal vulnerabilidad no es solamente externa. También es interna: recursos separados por infraestructura insuficiente, mercados fragmentados y regulaciones que dificultan el intercambio entre países vecinos.

Un país puede atravesar una sequía mientras otro dispone de excedentes eléctricos. Una economía puede necesitar gas mientras otra cuenta con recursos que no logra transportar. Algunas zonas tienen un enorme potencial solar o eólico, pero carecen de transmisión, almacenamiento o conexiones internacionales. Mientras otras regiones intentan reducir su dependencia de corredores lejanos, América Latina todavía no termina de conectar sus propios recursos.

En junio de 2026, OLACDE y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños presentaron un Plan Indicativo Regional de Expansión de la Generación y la Transmisión con horizonte 2040. La propuesta identifica 16 proyectos de interconexión eléctrica, una inversión inicial estimada en 3.500 millones de dólares y el objetivo de alcanzar una capacidad óptima de intercambio regional de 5.000 megavatios. Los estudios calculan una relación promedio entre beneficios y costos de diez a uno.

Estos números muestran que la integración no es únicamente una aspiración política. Es una inversión en seguridad, competitividad y resiliencia.

Convertir el mapa en estrategia

América Latina y el Caribe deberían incorporar la geografía de la seguridad energética como una dimensión permanente de su planificación. Eso supone fortalecer las interconexiones eléctricas, ampliar redes de transmisión, desarrollar almacenamiento, diversificar puertos y rutas de suministro, mejorar la capacidad de refinación y construir reservas estratégicas adecuadas a cada país.

También supone agregar valor a los minerales y recursos que produce la región. Exportar litio, cobre o gas sin desarrollar capacidades industriales reproduce el patrón histórico de abundancia sin transformación. La seguridad energética del futuro no dependerá únicamente de poseer recursos, sino de contar con redes, tecnologías, instituciones y acuerdos que permitan utilizarlos colectivamente.

No comparto una interpretación estrictamente determinista de la geografía. Las montañas, los ríos, los mares y las distancias condicionan las decisiones, pero no las sustituyen. La geografía puede limitar, aunque también puede ofrecer oportunidades. La diferencia está en la capacidad política e institucional para aprovecharlas.

América Latina y el Caribe poseen una combinación extraordinaria de recursos energéticos, minerales, territorio y acceso marítimo. No deben seguir funcionando como activos nacionales desconectados. Deben convertirse en una plataforma regional de seguridad, integración y desarrollo.

Porque la geografía puede ofrecer una oportunidad. Solo la integración puede convertirla en poder estratégico.

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