Brasil: lula o Bolsonaro, dos barcos que no quiero abordar

noviembre 1, 2026

Daniel Manduré

Ni Lula ni Bolsonaro. No me obliguen a elegir. No son santos de mi devoción.

Hay que permitirse estudiar lo que sucede en Brasil sin caer en la trampa de tener que elegir a uno.

Parece estar de moda eso de llevarte casi a los empujones a tener que subirte a uno de esos dos barcos. Antes de navegar con uno o con el otro prefiero quedarme en tierra. Vivimos entre las pasiones y la presión social que ahogan y obligan a elegir. Estás con uno o estás con el otro. Una simplificación peligrosa que nos resistimos a acompañar.

En un clima raro, extraño, por todo lo que lo rodea, ganó Lula.  Eso es indiscutible. A pesar de Bolsonaro.

Por supuesto que no nos resulta indiferente lo que sucede en Brasil ni consideramos equivalentes ambas conductas. Pero ninguno de los dos representa nuestros valores políticos, ideológicos, institucionales ni filosóficos.

Bolsonaro y Lula son dos expresiones diferentes, pero los dos están alejados de mis valores republicanos, liberales, laicos y de tolerancia.

Loa brasileños no merecen tener que elegir al menos malo.

No somos los que creen que para cuestionar a la extrema derecha me debo subir al barco del populismo demagógico de la denominada izquierda. O que para denunciar los excesos irresponsables del populismo de la izquierda debo treparme al barco de la derecha radical.

Esa lógica de adhesiones incondicionales es precisamente una de las enfermedades de la política contemporánea.

Desde ese lugar creo necesario explicar porque no me subo a ninguno de esos barcos.

Uno transformando la política en un gran clan familiar donde el padre con su liderazgo personalista desde la cárcel nombra a su hijo como heredero de su candidatura a la presidencia. Mientras varios familiares, incluyendo a la esposa de Jair, electa senadora, en otros cargos electivos. Una gran empresa familiar en el poder. Con fuertes indicios de decisiones autoritarias y antidemocráticas.

Por el otro lado un liderazgo también con perfil personalista y populista. Con contradicciones profundas. Respetando la alternancia en el poder y la convivencia con las reglas democráticas en la interna de Brasil pero que no ha trasladado a su política exterior. Apoyando hasta último momento a varias dictaduras de la región. Con antecedentes de corrupción tanto en lo personal como de su entorno más cercano. Con una gestión económica con serios desafíos fiscales.

Bolsonaro: autoritarismo de una derecha radical

No es de demócratas ni de republicanos no reconocer una clara derrota electoral. Parece transformarse en una costumbre eso de ver fraudes cada vez que se pierde. El de no aceptar el triunfo del adversario. Un demócrata puede cuestionar decisiones, discutir datos y recurrir a mecanismos legales de los que dispone en caso de tener dudas. Lo que no puede hacer es erosionar deliberadamente la confianza en las instituciones porque el resultado no le es favorable. Jair Bolsonaro nunca asumió con responsabilidad democrática su derrota electoral en 2022. Hoy su hijo, sigue el mismo camino.

Jair no participó de la ceremonia de transmisión del mando, rompiendo con la tradición republicana. Luego fue condenado a 27 años de prisión por su participación golpista destinada a impedir la continuidad institucional. Hoy su hijo tampoco reconoce la derrota, huye del país, denuncia persecución y es acusado de lavado y peculado. A diferencia de los principales dirigentes de su partido que reconocieron el triunfo en las urnas de su adversario Lula.

Hay también otros integrantes de ese gran clan familiar investigados por la justicia por hechos de apariencia delictiva.

Jair como su hijo construyeron parte de su campaña y de su identidad publica alrededor de su concepción religiosa, influenciada por los sectores evangélicos conservadores, alejada de nuestra visión de república laica. Tratando de convertir con sus manifestaciones, a sus creencias religiosas personales como parte de la identidad política del propio Estado.

Quien pretende gobernar un país debe mostrarse a la altura con argumentos y no con descalificaciones de carácter personal. La mención de los 9 dedos que hizo en el debate Flavio Bolosnaro a Lula por un accidente laboral en su juventud y la perdida de unos de sus dedos fue de una bajeza imperdonable. Impropia para quien aspira a ser jefe de Estado.

Lula: populismo, contradicciones y el fantasma de la corrupción

Lula, es una figura de enorme trayectoria política. Más allá de las diferencias ideológicas que me separan de él, hay que reconocerlo. No es para cualquiera acceder a ser presidente por cuarta vez. Sindicalista y fundador del PT, Partido de los Trabajadores. Su historia política está unida a importantes conquistas sociales sobre todo en sus dos primeros gobiernos. Pero reconocer estos méritos no obliga a ignorar sus profundas contradicciones. Ni sus propias responsabilidades políticas de la grave situación fiscal y económica en la que se encuentra Brasil. Situación económica que llevará al país norteño a tener que realizar un ajuste fiscal importante debido a esa carga financiera. Su liderazgo personalista no le ha permitido a su partido lograr la necesaria renovación. A los cuestionamientos y a las comprobables acusaciones que terminaron procesándolo a él y a buena parte de sus colaboradores más cercanos. Ha sido evidente su vínculo y apoyo a gobiernos que terminaron restringiendo libertades, violando los derechos humanos y debilitando las instituciones. Fundador del antidemocrático Foro de San Pablo que apoya las dictaduras de la región, afines ideológicamente. Para maquillar la deteriorada imagen del Foro de San Pablo crean el Grupo de Puebla. El mismo perro con diferente collar. Integrado por varios exmandatarios envueltos en casos de corrupción como Rafael Correa, Evo Morales, Alberto Fernández como del integrante del muy deteriorado Partido Socialista Español, Rodríguez Zapatero, hoy también vinculado a casos de corrupción.

Lula fue condenado y estuvo preso 580 días en el marco de la operación Lava Jato. Condenas que luego fueron anuladas, no por eximirlo de culpabilidad, porque las pruebas fueron contundentes, sino porque la Justicia de Curitiba carecía de competencia para juzgar esos casos, como así también por la parcialidad del entonces juez Moro. La anulación nunca fue una absolución sobre el fondo de las acusaciones. El menselao, la trama de Petrobras y Odebrecht involucraron a dirigentes, operadores y funcionarios del más alto nivel que rodeaban su entorno cercano. Difícil creer que un político “bicho” y con gran experiencia política como Lula desconociera lo que sucedía a su alrededor.

Las promesas de ampliar beneficios, prestaciones y programas sociales sin la certeza de contar con los recursos necesarios ha sido de una gran irresponsabilidad. Un criterio populista y demagógico que complicará su propia novel gestión.

Esa extraña decisión de sacarle el pasaporte a Bolsonaro al otro día de la elección deja legitimas dudas, una vez más, sobre la imparcialidad de la justicia en Brasil.

Dos ideologías enfrentadas con un mismo gran error. El abuso de poder por encima de la ley.

Por un lado nos encontramos con una derecha radical que exhibe tendencias autoritarias y hasta fascistoides, con una concepción religiosa de la identidad política, con acusaciones de corrupción, con escaso acatamiento a las decisiones democráticas de un pueblo.

Por el otro una izquierda populista con contradicciones profundas, con antecedentes de corrupción personal y de su entorno y una gestión económica con muy serios problemas.

Imposible ignorar o no recordar todos estos antecedentes, por eso veo hasta con cierta sorpresa como republicano, liberal y batllista quienes han inclinado, aunque en algunos casos con reparos, la balanza hacia un lado o hacia el otro.

La doble vara del frente amplio

Hace unos días escuchábamos al inefable presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira decir sobre la huida del país de Flavio Bolsonaro: “Solo se fuga alguien que tiene algo para esconder”

Sin embargo, unos meses antes recibió al expresidente Rafael Correa quien fue condenado en Ecuador a ocho años de prisión por el caso sobornos y huyó a Bélgica.

Habría que preguntarle a “Fernandito” si la Justicia es un principio universal que abarca a todos o depende de quién sea el acusado. No asombra, ha sido ese el hilo conductor del Frente Amplio. Las contradicciones, el cinismo y la doble vara.

No creemos en los lideres providenciales. Los que se autodefinen como los salvadores de la patria. No podemos avalar a nadie que por más votos que tenga estén por encima de las instituciones. Tampoco creemos en que la legitimidad electoral otorgue un cheque en blanco para gobernar sin límites.

El republicanismo no consiste solamente en votar. Consiste en que el poder tiene límites. Que los gobernantes deben rendir cuentas. Que la justicia debe actuar con independencia y que las minorías conservan sus derechos.

No estamos ni con Lula ni con Bolsonaro.  Porque defendemos la libertad, la tolerancia, la separación de poderes, la independencia de la justicia, a pensar con libertad. Creemos en un Estado laico, donde se respete la libertad religiosa de los ciudadanos, pero donde ninguna doctrina religiosa se apropie del Estado.

Con estas convicciones no podemos encontrar razones para convertirnos en defensores de Bolsonaro ni justificadores de Lula.

Ese es el problema de nuestro tiempo. Se relativiza la corrupción de un lado y se ataca la del bando opositor. Se perdonan los atropellos institucionales por afinidad ideológica y somos implacables con las desviaciones del bando contrario.

Esa lógica equivocada de las tribus políticas: No importa lo que se hace sino quien lo hace.

Nosotros no nos subimos a esos barcos. Preferimos cuestionar con libertad los errores de todos, empezando por reconocer los nuestros. Como de señalar aciertos que favorezcan a la sociedad sin importar el bando que los tenga.

No queremos políticas de extremos ni de fanatismos. De aquellos que como Fernando Pereira y compañía que se espantan porque Bolsonaro huyó del Brasil pero que recibieron con alfombra roja al condenado por corrupción de Rafael Correa, que se rajó de Ecuador para no ir en cana.

Esperemos que baje la espuma y que el tiempo permita evaluar con serenidad todo lo sucedido en Brasil.

No todo es Lula o Bolsonaro. Hay cuestiones que están por encima de hombres y nombres. Por encima de caudillos y de conveniencias personales.

No subirse a ningún de los dos barcos no es no tener rumbo. Todo lo contrario.

Es negarse a aceptar las presiones sociales. Es negarse a inclinar la balanza por el menos malo. Es negarse por sobre todas las cosas a navegar en una dirección contraria a nuestros principios. Porque eso, al final del camino, es lo único innegociable.

 

 

 

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