La derechización tardía

noviembre 1, 2026

Eduardo Fazzio

Se habla, aquí y en la región, de una nueva derecha que crece con discursos de orden, desconfianza hacia la política tradicional y una hostilidad hacia la izquierda que parecía cosa de otra época. Con perspectiva histórica, se parece más a un regreso: una reacción que el país ya conoció, que vuelve medio siglo después con otro vestuario y que, por llegar tarde, apunta contra un adversario que ya no existe como lo imagina. Es una reacción ideológicamente anacrónica y socialmente contemporánea: usa un lenguaje viejo para expresar malestares nuevos. Bajo ese nombre conviven partidos emergentes, votantes desencantados y discursos endurecidos en partidos tradicionales; aquí interesa lo que tienen en común.

El péndulo de los setenta

En los sesenta y setenta, el Uruguay vivió el desafío de una izquierda en la que una parte había optado por la vía armada, mientras otra, desde 1971, disputaba el poder en las urnas con el Frente Amplio, en medio de una larga crisis económica y social. La respuesta fue de orden, y la dieron gobiernos de mi propio partido. El gobierno de Pacheco hizo de las Medidas Prontas de Seguridad una forma habitual de gobernar, y el de Bordaberry profundizó ese camino hasta la ruptura institucional de 1973.

Aquel péndulo dejó una enseñanza sobre lo que ocurre cuando una sociedad responde a sus frustraciones solo con orden, sin respuestas políticas a los problemas que las generan: el orden se vuelve un fin en sí mismo, la política se achica y el desenlace lo terminan escribiendo otros. Hoy se repiten ciertos rasgos, como la desconfianza hacia la deliberación o la presentación del adversario como enemigo; reclamar más seguridad, en cambio, es una demanda legítima que nada tiene de autoritaria.

Una reacción tardía

La derecha que emerge hoy repite varios de aquellos moldes: el orden como respuesta central, la sospecha hacia los matices y la demonización de la izquierda. Llega tarde, y contra un adversario distinto. La izquierda uruguaya de este siglo llegó al gobierno por las urnas, gobernó quince años con un perfil más socialdemócrata que revolucionario, lo entregó sin sobresaltos en 2020 y volvió en 2024. Se le pueden criticar muchas cosas, pero no es la izquierda de los setenta.

Esa nueva derecha culpa ante todo al Frente Amplio por sus quince años de gobierno, pero además les cobra a los gobiernos batllistas de fin de siglo haber visto crecer al Frente sin resolver problemas básicos, y lo mismo a la coalición de 2020-2025, que logró avances en algunos frentes pero no alcanzó a cambiar el fondo. Por eso tiene un rasgo antisistema que la distingue de la derecha tradicional: desconfía de todos los que gobernaron, incluidos los que hoy le piden el voto en nombre de la unidad opositora.

Lo que la alimenta

Detrás hay frustraciones reales.

La primera es la inseguridad, convertida en experiencia cotidiana de barrios enteros. La segunda es el narcotráfico, que le dio al delito otra escala y una capacidad de disputarle territorio al Estado que el país no conocía.

La tercera son los nuevos emergentes sociales: miles de personas que quedaron por fuera del trabajo formal, de la educación y de cualquier forma de representación. La cuarta es el agotamiento de los modelos industriales que durante décadas dieron empleo masivo, sin que aparezca algo que los reemplace. A eso se suma algo menos visible: la pérdida de expectativas de progreso en sectores medios, trabajadores formales y jóvenes que cumplen las reglas y sienten que su esfuerzo ya no les garantiza mejorar.

Sobre ese malestar se monta un marco regional importado con más emoción que conocimiento, del Foro de San Pablo a Milei, que reduce la política a una dicotomía entre socialismo y libertad y presenta la derechización como única respuesta posible.

Ese marco tiene amplificadores locales. Intervenir en el debate sin pertenecer a un partido es legítimo; lo que se discute es una práctica. Exdirigentes de los partidos tradicionales que operan desde afuera, sin responsabilidad orgánica, y periodistas convertidos en militantes sin partido se presentan como de centro mientras tremendizan, atacan genéricamente a la izquierda o promueven candidatos a la medida de su prédica. Muchos lo hacen por convicción; en otra pesa también la búsqueda de una identidad y una vidriera. Pero más que las motivaciones, importa el efecto. Su tesis implícita es que los partidos ya cumplieron su ciclo y que las oposiciones se definen en la opinión pública. Tienen la influencia sin las cargas: agitan sin tener que gobernar después lo que agitaron, y enturbian un debate que los partidos, con todos sus defectos, todavía procesan con responsabilidad.

Por qué copiarla no alcanza

Lo planteo desde la oposición y pensando en que vuelva a gobernar. Parte de la oposición tradicional eligió el camino más corto: correrse hacia la derecha y adoptar su lenguaje para retener a ese votante. El cálculo tiene tres fallas.

La primera es que los partidos que se corren hacia ese votante persiguen a alguien que ya los ve como parte del problema, y en esa competencia la copia suele perder frente al original, que habla más fuerte y promete más simple. Es cierto que en 2024 el Partido Colorado creció con una oferta más volcada a la derecha, y ese mérito es de quienes la construyeron. Pero buena parte de ese crecimiento vino de la caída de Cabildo Abierto, y hacia 2029 ese mismo electorado estará disputado por ofertas que prometerán todavía más.

La segunda es que la dicotomía entre socialismo y libertad tiene un costo del otro lado. Buena parte de los uruguayos que votaron al Frente Amplio son votantes moderados, que eligieron por confianza en un candidato o por expectativas de gestión y que podrían elegir otra cosa si se les ofreciera, y presentarlos como enemigos de la libertad desconoce esa realidad. Así, la estrategia pensada para derrotar al Frente encierra a la oposición en un mismo espacio, mientras el centro sigue sin otra casa.

La tercera ocurre dentro de la propia oposición. Cuando el antifrenteamplismo se vuelve prueba de pertenencia, quien reconoce un acierto del gobierno o reclama acuerdos pasa a ser el «centro tibio», los moderados dejan de hablar y el espacio se queda sin las ideas y los liderazgos que necesitaría para crecer.

Llegar a tiempo

Si la reacción se alimenta de problemas reales, la manera de disputarle terreno es ocuparse de ellos antes que de su emoción. Eso exige una seguridad pensada desde la gestión, con policías mejor conducidas, inteligencia contra el lavado y una mirada realista del narcotráfico que recupere y pacifique los barrios, con firmeza y dentro de la ley. Exige una educación que destrabe el bloqueo que deja afuera a tantos jóvenes, políticas que integren a quienes quedaron en los márgenes y una estrategia productiva que genere empleo de calidad, con un Estado que conduzca y mida resultados en lugar de achicarse o crecer.

Eso es, en buena medida, lo que la tradición batllista supo hacer cuando estuvo a la altura de su tiempo: combinar libertad, reforma y justicia social sin pedirle a la sociedad que eligiera entre ellas. El oposicionismo necesita un adversario para existir; una oposición con identidad necesita un proyecto para merecer gobernar, y el país necesita que alguien recupere esa ambición.

A una reacción tardía se le responde llegando a tiempo, con las respuestas que la política le viene debiendo a la gente desde hace demasiados años.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Otras Noticias

Estadísticas y realidades

Marcelo Gioscia Si bien puede argumentarse que las encuestas de

Legislativas de Berlín; respondiendo a Sajonia

Lorenzo Aguirre Tuvieron lugar en Berlín las Elecciones Estatales, donde