Tabaré Viera
El anuncio presidencial de una inversión de USD 5.700 millones merece ser bienvenido, pero también explicado. Con la poca información disponible, las dudas son más que las certezas.
Pocos anuncios ocuparon tantos titulares en las últimas semanas como el que hizo el presidente de la República: una inversión de cinco mil setecientos millones de dólares en centros de datos. Para el lector que no está familiarizado con el término, un centro de datos es, en esencia, un enorme galpón lleno de computadoras que trabajan día y noche al servicio de internet y de la inteligencia artificial. Y que consumen cantidades enormes de electricidad.
Conviene decirlo desde el principio, para que no haya malentendidos: no soy pesimistas ni pretendo ponerle palos en la rueda a nadie. Si llega una inversión de esta magnitud, que genere trabajo para nuestra gente, será bienvenida. Ojalá se concrete tal como fue anunciada. Seré el primero en reconocerlo.
Pero quienes tenemos la responsabilidad de representar a los ciudadanos estamos obligados a algo más que aplaudir. Estamos obligados a la seriedad. Y la seriedad exige hacer preguntas, sobre todo cuando la información que brindó el propio presidente es tan escasa.
Lo firme y lo incierto
Vayamos a los hechos. De los USD 5.700 millones anunciados, hay una parte concreta: unos USD 200 millones destinados a un parque de energía solar en Florida, en terrenos de UTE. A cambio, UTE se compromete a comprar esa energía durante un plazo de hasta cuarenta años.
El resto, los USD 5.500 millones de los centros de datos propiamente dichos, no tiene hoy un cliente conocido, ni un operador identificado, ni se sabe quién aportará el dinero. Dicho en criollo: lo que pone el Estado es firme; lo que trae la empresa es, por ahora, una expectativa. A eso se suma que el acuerdo es confidencial. Los uruguayos no conocemos su contenido.
El sol no sale de noche
La segunda duda es de sentido común. Un centro de datos funciona las veinticuatro horas del día, todos los días del año. El sol, en cambio, no brilla de noche. Se afirmó que la energía generada por el propio proyecto sería suficiente. Los números indican otra cosa: la producción solar cubriría apenas una parte menor del consumo total. El resto debería aportarlo UTE, es decir, la energía de todos los uruguayos.
Una red al límite
La tercera duda tiene que ver con la infraestructura. Las líneas que transportan la electricidad hacia el sur del país ya operan cerca de su capacidad máxima. La propia UTE reconoce que necesita una obra nueva de más de USD 270 millones, que recién estaría terminada en 2033. Sin embargo, se dijo públicamente que el proyecto no requería obras del Estado. Algo no cierra.
También se prometió al proyecto una tarifa eléctrica “altamente competitiva”. Es razonable para atraer inversiones, pero no se sabe cuál será ni quién cubrirá la diferencia si queda por debajo de lo que le cuesta a UTE producir esa energía. En un país donde las familias y las pequeñas empresas pagan una de las tarifas más caras de la región, la pregunta es inevitable.
Una experiencia que no debemos olvidar
Lo que más nos preocupa es que los uruguayos ya transitamos un camino parecido. Con los contratos de energía eólica, el Estado se comprometió a comprar energía durante veinte años, se usará o no. El resultado: se pagaron USD 142 millones por energía que nadie utilizó. Ese costo no lo absorbió nadie en abstracto; lo pagó cada familia en su factura de UTE, mes a mes. Ahora se habla de un contrato de cuarenta años. El doble.
Hay además un antecedente cercano. Google anunció un gran centro de datos en Canelones y terminó construyendo menos de la mitad de lo previsto. El proyecto actual sería unas ocho veces más grande que lo que finalmente se concretó.
Bien dice el refrán que el que se quema con leche, ve una vaca y llora. No se trata de llorar. Se trata de preguntar.
Lo que pedimos
Mis preguntas son sencillas. Quiero saber quién es el cliente y quién pone el dinero. A qué precio comprará UTE esa energía. Si UTE deberá pagar aunque los centros de datos nunca se construyan. Quién financiará la energía nocturna y las obras de la red. Y, sobre todo, pido que el acuerdo se haga público. Si es un buen acuerdo, no hay nada que esconder.
Para obtener esas respuestas voy a recurrir al Parlamento, como me corresponde como Senador de la República: con respeto y por los caminos institucionales.
Porque lo peor que le puede pasar a la gente no es una inversión que no llega. Lo peor es una promesa anunciada con bombos y platillos, que despierta ilusiones y termina en decepción. Y en una cuenta que pagamos entre todos.
Prefiero decir la verdad, aunque no sea la más agradable de escuchar. Prefiero la seriedad a los titulares. Quiero que esta inversión llegue, que funcione y que sea buena para el Uruguay. Precisamente por eso, pregunto.