De Carpintería a la Coalición Republicana.

septiembre 28, 2026

Daniel Manduré

Cuando la razón se encuentra con la historia. Sin subirme al pedestal del iluminado que todo los sabe. De aquellos que pretenden ser los dueños de una verdad única. Con tolerancia, respeto y sin adjetivos que lleven a descalificar al que piensa diferente, intento insistir sobre mi postura en torno al futuro camino del Partido Colorado y de la Coalición Republicana.

Aportando una mirada que, compartida o discutida, aceptada o rechazada nace de una convicción profunda, pero consciente de que nadie tiene el monopolio de la verdad.

Hay momentos en que la historia deja de ser simplemente historia.

Se vuelve emoción.

Se nos eriza la piel cuando imaginamos aquellos campos de batalla. Familias enteras divididas. Hombres que se enfrentaban con sable en mano y fusil al hombro. Defendiendo ideas y principios. Familias que muchas veces tenían el mismo origen, hablaban el mismo idioma, amaban la misma tierra pero que terminaban enfrentados.

Los colorados tenemos raíces anteriores a 1836. Nos fuimos construyendo en torno a una concepción de la República, de las libertades, Con Rivera y su lucha en la etapa artiguista y de la revolución de 1825. Con nuestro fundador y su papel decisivo en la recuperación de las Misiones Orientales y en la campaña independentista. Para luego convertirse en el primer presidente constitucional.

Con Carpintería adquirimos una identidad visual, con el nacimiento de las divisas que terminaría atravesando casi dos siglos de vida política nacional. Podemos recordar Carpintería en la derrota. Lo hacemos sin complejos porque después vendrían las victorias y las páginas de gloria.

Carpintería es una de esas páginas que todavía conmueve, aun en la derrota colorada. Pero después llegaban Cagancha o Palmar entre otras.

Los blancos por su lado tendrán su propia memoria, sus propias glorias, sus propios héroes. Y hasta su propio relato.

Y està bien.

La historia de la familia Saravia nos muestra con claridad los capítulos más descarnados de esas guerras civiles. Aunque el apellido Saravia esté relacionado históricamente a los blancos al mando del caudillo Aparicio, pero también de Gumersindo y de Chiquito Saravia todos ellos luchadores por la causa blanca. Pero por otro lado estaba la excepción colorada: Basilicio Saravia, el hermano que eligió un destino político opuesto a la de sus hermanos. Se alineó con firmeza a la causa colorada de la defensa de Montevideo. Lucho en 1897 y 1904  en forma directa contra las fuerzas revolucionarias comandadas por su propio hermano Aparicio.

A pesar de esos momentos de guerra, el vínculo entre Aparicio y Basilicio se movía entre la lucha por las ideas y el profundo respeto familiar. Reflejado claramente en los momentos de tregua, paz y acuerdos. Eso ocurría en esa época. Hermanos de sangre enfrentados en el campo de batalla. Cada uno luchando con convicción por lo que consideraba justo.

Aquellos dos colores, el colorado y el blanco, que comenzaron a identificar adversarios, terminaron formando parte inseparable de la historia del país

La historia está allí con sus luces y sombras. Hay que recordarla y reivindicarla. Con nostalgia y emoción. Una república que olvida o reniega de su historia se queda sin raíces, se queda sin nada. Pero también, una república que queda sumergida y prisionera de su historia, que solo vive de sus recuerdos, más tarde o más temprano se queda sin futuro.

¿Podemos en el fútbol recordar y reivindicar Ámsterdam, Colombes, el mundial de 1930 y la gloria de maracaná? Si, claro que podemos. Pero no alcanza con eso. El futbol cambió, la realidad es otra.

Aquí está quizás la gran discusión de nuestro tiempo. Tener la capacidad de continuar emocionándonos con el recuerdo. Pero que esa emoción no logre gobernarnos a tal punto de que no nos permita avanzar. Sin dejar un lugar a la emoción. Es tiempo de la razón.

El Uruguay cambió en casi 200 años. El mundo es otro. La sociedad cambió. La política cambió. La forma de militancia cambió. Las nuevas generaciones vienen con otra mirada del quehacer político En tiempos de tecnología y de inteligencia artificial.

La semana pasada desde Carpintería recordando esos momentos hubo emoción, honramos héroes, reivindicamos divisas, reafirmamos identidades. Y lo seguiremos haciendo.

Pero debemos tener la apertura suficiente para entender que las circunstancias históricas cambian y que la utilización de los instrumentos políticos a utilizar debe estar a la altura de esos cambios.

No se trata de dejar de ser colorados. Tampoco de que los blancos dejen de ser blancos. Debemos tener la capacidad de entender que podemos seguir siendo quienes fuimos y quienes somos. Pero también de entender que son tiempos de entendimiento nacional, donde las diferencias no desaparezcan, pero que dejen de ser un obstáculo para alcanzar objetivos superiores.

Donde los partidos preserven sus tradiciones, sus héroes, reivindiquen su propia gloria, sus victorias y derrotas, sus valores, sus símbolos, pero que al mismo tiempo comprendan que el interés nacional debe colocarse por encima del interés partidario.

Si aquellos hombres en determinados momentos de batallas encarnizadas entendían que después de la lucha era necesario llegar a acuerdos, casi dos siglos después nosotros deberíamos tener muchas más razones para entenderlo.

Construir una Coalición Republicana no significa pedirle a los hombres y mujeres del Partido Colorado que dejen de ser colorados ni a los blancos dejar de ser blancos o a los independientes que abandonen su perfil. Mucho menos que renuncien a sus tradiciones. Significa  comprender que la identidad hoy no se demuestra aislándose, sino teniendo la fortaleza suficiente de llevarla consigo, allí donde las circunstancias históricas exijan estar.

Ya hemos mencionado como ejemplo de que con la creación de una coalición no se pierde la identidad al referirnos al Frente Amplio y a la veintena de agrupaciones diferentes que lo integran. Y de como esas agrupaciones en diferentes elecciones se han alternado internamente en ser mayoría. Nadie absorbió al otro.

Queremos poner otro ejemplo, de cómo la evolución política de los sectores puede variar, pero preservando siempre su identidad. Más allá de donde se ubiquen.

Porque quien tiene claro quién es, no necesita dejar de serlo para sentarse a construir el futuro con otros.

La querida e histórica lista 99 tomó en determinado momento una decisión que para algunos fue comprendida y para otros no. Decidieron incorporarse a la coalición Frente Amplio. Logrando incluso dentro de esa coalición ser el sector más votado.  Alcanzando aproximadamente el 40 % de los votos totales del Frente Amplio en 1984. Un tiempo después decidieron abandonar esa coalición y continuar un camino independiente. Para más tarde, encabezada por un gran hombre, con una gran dimensión política como Hugo Batalla tomar la decisión trascendente de volver a casa. Volver a sus raíces.

Ahora bien: ¿alguien puede sostener con el mínimo de seriedad posible que en algún momento la 99 perdió su identidad? ¿Sus hombres dejaron de ser batllistas? ¿Alguien puede sostener que en algún momento la “99” abandonó sus principios o sus más preciados valores?

Yo creo firmemente que no.

Sin embargo, por otro lado, podríamos mencionar casos de dirigentes que manteniéndose siempre dentro de un mismo partido, muchas veces han dejado por el camino valores y principios, con una identidad verdaderamente muy desdibujada, que le ha hecho mal al partido que decían defender.

Allí debería estar la enseñanza.

La identidad es mucho más fuerte que el lugar circunstancial desde donde se haga política

Entonces ¿que estamos discutiendo hoy?

Estamos discutiendo si los partidos históricos del Uruguay pueden construir juntos un proyecto político sin dejar de ser ellos mismos.

La respuesta, a mi modesto entender, me parece evidente.

¡Claro que pueden!

Una cosa es preservar la identidad y otra convertirla en una prisión. Los partidos no existen para vivir mirándose al espejo. Fueron creados para gobernar. Adaptándose a la realidad de su tiempo.

Una coalición no es una fusión. Es el encuentro de identidades diferentes que comprenden que existen objetivos supriores que justifican caminar juntos.

La forma en que se construya va a ser determinante, su arquitectura, su estrategia, sus reglas de juego.

Carpintería nos va s seguir emocionando. Pero ya no estamos en Carpintería. No estamos en el Uruguay de las divisas enfrentadas en el campo de batalla.

Estamos en el Uruguay del siglo XXI

Otros son los desafíos.

Hay que reivindicar la emoción. Honrar nuestras divisas. Recordar nuestros muertos. respetar con orgullo a quienes construyeron nuestras identidades.

Pero sobre todo debemos aprender de ellos.

Quizás este aniversario de Carpintería es una buena oportunidad para mirar hacia adelante. Para colocar los intereses de la república por encima de los intereses partidarios.

Eso no debilita a los partidos. Los hace más grandes.

El partido de las grandes transformaciones sociales, políticas y culturales no puede convertirse en el partido de resistencia a los cambios. Una tradición transformadora en un mundo cambiante.

Hace 190 años se necesitó de hombres dispuestos a pelear por sus convicciones.

Hoy necesita de hombres dispuestos a defender sus ideas con capacidad de acuerdo. Ayer el sable y el fusil. Hoy la razón, la palabra y el entendimiento.

Tal vez la lección de Carpintería 190 años después sea la de no olvidar de dónde venimos, no renunciar a quienes somos, y la capacidad de comprender hacia donde debemos ir.

La historia nos dio las divisas.

La democracia nos dio instituciones fuertes.

El futuro nos exige la madurez política de aprender a caminar juntos.

Sabiendo que tenemos muchas cosas en común pero que a su vez somos diferentes y que lo seguiremos siendo.

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