El meme

septiembre 28, 2026

Ricardo Acosta

Esta semana hubo varias noticias que pudieron llevarnos a escribir sobre otros asuntos. Sin embargo, elegimos volver a una declaración de hace unos días. En las redes ya hicieron su trabajo: recortaron el video, se rieron y pasaron al siguiente tema. Pero a mí me quedó dando vueltas algo más interesante que el meme. Me quedó dando vueltas la respuesta.

María Fernanda Souza, directora nacional de Cambio Climático del Ministerio de Ambiente, dijo durante la presentación de una encuesta que las mujeres sufren más que los hombres los impactos del cambio climático en su vida cotidiana. Dicho así, el comentario invitaba a la broma. Durante unos días pareció que la lluvia caía distinta según a quién encontrara en la parada del ómnibus. Las redes hicieron lo que suelen hacer cuando una autoridad habla en un idioma que la gente no reconoce: se rieron.

Después llegó la explicación. La encuesta preguntó a 1.500 uruguayos cómo perciben el cambio climático. El 61% respondió que está muy o bastante preocupado. Las mujeres manifestaron mayor preocupación y dijeron sentirse más afectadas en su vida diaria. Son datos que se pueden analizar y que tienen valor. También hay estudios internacionales sobre cómo la pobreza, las tareas de cuidado o el lugar donde se vive hacen que algunas personas tengan menos recursos para enfrentar una inundación o una ola de calor. No veo nada gracioso en eso.

Lo que sí me parece discutible es el salto que se dio entre una encuesta de percepción y una frase presentada como si acabáramos de descubrir una ley universal del clima. Si a la gente se le pregunta cómo se siente afectada, la respuesta informa sobre su experiencia y su percepción. Para afirmar cuánto afecta un fenómeno a cada grupo hacen falta otras preguntas y otros datos. Una directora nacional debería ser la primera en poder explicar esa diferencia sin necesitar que, una semana después, todo el mundo traduzca lo que quiso decir.

Y acá aparece la parte que verdaderamente me interesa. Un diputado colorado, Juan Martín Jorge, pidió explicaciones sobre los criterios técnicos. Souza defendió sus dichos. Hasta ahí, política: una autoridad afirma algo, un legislador pregunta y la autoridad responde. Podemos discutir quién tiene mejores argumentos. Lo llamativo es la facilidad con que una crítica al discurso de una jerarca termina convertida en una agresión a su condición de mujer.

Aclaremos algo para que nadie se distraiga. Los insultos machistas existen. Hay mujeres en política que reciben ataques que sus colegas varones difícilmente recibirían, y eso está mal. Cuando ocurre, hay que señalarlo. Pero tampoco podemos aceptar que cada pregunta incómoda dirigida a una funcionaria sea despachada bajo la misma etiqueta. ¿No se entendió una declaración? Se pregunta. ¿Una encuesta parece utilizarse para sostener una conclusión más amplia que sus resultados? Se discute. ¿Un cargo público genera dudas sobre cómo fue cubierto? Se piden explicaciones. Nada de eso cambia porque quien ocupa el cargo sea mujer.

El Frente Amplio viene mostrando una rapidez admirable para detectar machismo cuando la mujer cuestionada pertenece a sus filas. Su Mesa Política salió en defensa de Blanca Rodríguez frente a ataques que consideró violencia política basada en género. Fernando Pereira también incluyó entre los hechos que juzga inadmisibles las críticas dirigidas a Blanca y a su hija. No pretendo decidir desde acá cuáles comentarios en las redes fueron agresivos. Pero el Frente Amplio tampoco debería tratar toda crítica a Blanca Rodríguez o a Fernanda Souza como si fuera un ataque machista. Una cosa es insultar a una mujer; otra, pedirle explicaciones a una dirigente política o a una autoridad.

Esa distinción es importante porque mezclar ambas cosas resulta muy conveniente. Se contesta al insulto, que es fácil de condenar, y se deja flotando la pregunta, que puede ser más difícil de responder. Al final, quien pidió explicaciones queda bajo sospecha y la explicación pasa a segundo plano.

Tampoco ayuda fingir que el apellido no existe. Souza es hija de Blanca Rodríguez, una figura conocida durante décadas por su trabajo en televisión y hoy senadora del Frente Amplio. Souza es socióloga, estudió política ambiental y tiene antecedentes de trabajo en el tema. Es justo decirlo. Como también es justo recordar que en Uruguay hay otras personas preparadas que jamás serán llamadas para dirigir una repartición del Estado. Tener formación para un cargo y haber contado con una ventaja para llegar a él son posibilidades que no se excluyen entre sí.

La propia Souza habló de eso con una franqueza que le reconozco. Dijo que sería ingenuo pensar que ser hija de Blanca no le abre posibilidades y lo llamó «capital social». Bien. Entonces no tratemos como una ofensa que alguien quiera saber cómo se eligió a la directora. ¿Qué otros nombres se consideraron? ¿Qué pesó en la decisión? ¿Qué objetivos se le fijaron? ¿Cómo se evalúa lo que hizo desde que asumió? Son preguntas bastante normales para un cargo público. La cercanía con una figura poderosa no prueba que haya habido un favor; sí hace razonable pedir que el proceso y la gestión puedan explicarse con claridad.

Y si vamos a hablar de respeto hacia las mujeres en política, la regla tiene que durar más que una discusión en redes. Laura Raffo, por ejemplo, también ha visto cómo se usaba el género para cuestionarla políticamente. Cuando reclamó un debate durante su campaña a la Intendencia, una dirigente frenteamplista prefirió señalar en una foto cuántos hombres la acompañaban y poner en duda que pudiera hablar de igualdad de género. No recuerdo que entonces se considerara impropio correr la conversación desde lo que una candidata decía hacia la persona y el entorno que la rodeaban. Quizás las reglas se aplican con distinto entusiasmo según el lado donde esté la pelota.

A esta altura, además, el clima casi desapareció de la conversación. Y eso también es responsabilidad de quienes comunican desde el gobierno. Si una investigación merece tiempo, recursos y una conferencia pública, sus conclusiones tienen que poder explicarse en palabras comprensibles. La directora pudo decir qué preguntó la encuesta, qué diferencias encontró y para qué decisiones concretas servirán esos datos. En cambio, nos quedamos hablando de un video, de su respuesta y de si reírse estaba permitido. Una buena política pública no debería necesitar que sus defensores acusen a medio país de no haberla entendido.

No escribo esto para sostener que el cambio climático sea un invento, ni para decir que la desigualdad entre mujeres y hombres no existe. Escribo porque me preocupa que una causa importante se vuelva un recurso de defensa partidaria. Cuando todo cuestionamiento es machismo, el machismo real pierde precisión. Y cuando toda pregunta sobre un nombramiento se toma como un ataque personal, la transparencia empieza a parecer una concesión que el gobierno hace solo si está de buen humor.

El meme de Fernanda Souza se va a olvidar. Los memes duran poco. Lo que puede durar mucho más es este modo de responder: primero interpretar la crítica como una agresión, después discutir las intenciones del que pregunta y, si queda tiempo, hablar de los hechos. Yo preferiría el orden inverso. Que nos expliquen bien qué mostró la encuesta. Que nos digan qué están haciendo con esa información. Y que acepten que, en democracia, ni un título académico, ni una buena causa, ni un apellido conocido eximen a una autoridad de contestar.

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