Julio María Sanguinetti
En el hoy lejanísimo 1993, Samuel Huntington publicó en Foreign Affairs su célebre artículo sobre el “choque de civilizaciones”, en el que sostenía que, aun manteniéndose los Estados como actores principales, los grandes conflictos mundiales del futuro “ocurrirán entre naciones o grupos de naciones pertenecientes a diferentes civilizaciones. El choque de civilizaciones dominará la política global”. En esa perspectiva distinguía siete u ocho grandes civilizaciones, entre ellas la occidental, la ortodoxa y la islámica.
Se desató entonces una fuerte polémica, en que se le acusaba de belicista, de sobrevaluar el factor religioso y soslayar la importancia de la economía y la ideología política. El hecho es que después del 11-S de 2001 y del 7 de octubre de 2023, nadie puede negar que el veterano profesor de Harvard y Columbia estaba muy cerca de la verdad.
Señalamos particularmente el 7 de octubre porque si en las Torres Gemelas de Nueva York hubo casi 3.000 mil muertos -2.977 para ser precisos-, en mirada proporcional, no son más que los 1.200 que Hamas masacró en la frontera de Israel con Gaza, donde se cobró además 251 rehenes, que obligó a una penosa guerrilla para liberarlos o recoger sus cadáveres.
Curiosamente, la gran mayoría de los análisis publicados estos días sobre el 11-S no hacen ese paralelismo, cuando el segundo es una continuidad indisoluble del primero. Osama bin Laden fue perseguido y ultimado y Al Qaeda está muy debilitada. Hamas no: luego del 7 de octubre sigue dueño de la situación en una Gaza en escombros, apoyado por un Irán que se proclama victorioso ante la guerra que desataron los EE. UU. junto con Israel (aunque Washington tenga también su propia agenda). En una palabra, Hamas en Gaza, Hezbolah en El Libano y la Yihad Islámica coinciden en el enfrentamiento a los valores del “decadente” Occidente, simbolizado en el liderazgo de los EE.UU., la desaparición de Israel y la instauración de un mundo teocrático.
A partir de las Torres Gemelas hubo una reacción estadounidense que careció de una mirada estratégica. Se dejó atrás la política de “contención” para retornar a una visión bélica del mundo y se avanzó sobre Afganistán. Veinte años después, todo quedó peor que antes. No resultó mejor lo de Irak, en que se liquidó a Saddam Hussein y se dio vuelta el país buscando las mentadas “armas de destrucción masiva”, sin que apareciera nada.
De estos fracasos y del ominoso empantanamiento en el conflicto con Irán, muchos análisis infieren que los EE. UU. se están hundiendo en un proceso de decadencia. Si le añadimos la soberbia de Putin al agredir a un país soberano en Europa, el delirio nuclear de Kim Jong-un y, por supuesto, el ascenso chino, podría arribarse superficialmente a esa conclusión que agitan con sonrisa complaciente los confusos pensadores del progresismo académico estadounidense y los clásicos intelectuales de la rive gauche parisina.
Es inocultable la cadena de errores estratégicos de los EE.UU. No queda nada de la visión formidable de sus generales de la Segunda Guerra Mundial, con Eisenhower documentando el Holocausto, MacArthur presidiendo la occidentalización de Japón o Marshall impulsando la reconstrucción europea. También se ha disuelto en una maraña de contradicciones la proclama de la finalización de las “guerras interminables” que anunciaba Trump. La OTAN aparece debilitada por el propio EE.UU., que se ha alejado de Europa y hasta vive una paradójica pulseada comercial con Canadá. La equivocada incorporación de la caída del régimen iraní a la retórica sobre los objetivos de la guerra ha llevado a que el régimen se proclame vencedor, aunque sea al enorme costo sufrido.
Todos estos fracasos, sin embargo, no pueden ocultar que Estados Unidos sigue siendo la mayor economía del mundo y que continúa creciendo pese a todos los pesares. Que nadie tiene mayor capacidad de investigación, especialmente en inteligencia artificial. Que su superioridad militar es incontestable, no obstante los desaciertos de su conducción política. Que, además, continúa siendo una democracia, porque -como dice Popper- es el único régimen que permite sacudirse pacíficamente un gobierno que no nos gusta. Y esto puede comenzar, de pronto, ya en este cercano 3 de noviembre, en la elección parlamentaria.
Por supuesto, está China. Ha sido el gran cambio de estos 25 años. Su arremetida comercial, comenzada otros 25 años antes, la ha instalado a frente a los EE. UU. como una superpotencia. Es su competidor, pero no necesariamente su enemigo. No es la Unión Soviética queriendo difundir su régimen por el mundo, a través de sus partidos políticos ideológicamente afines. Sus valores de civilización no son los occidentales, pero tampoco son incompatibles con los cristianos. La incompatibilidad está, en cambio, con quienes atentaron el 11-S y el 7 de octubre contra nuestra civilización. Sin olvidar el Bataclan de París, la AMIA de Buenos Aires y tantos otros atentados.
Cuando veo a mujeres uruguayas con banderas palestinas, el símbolo de una civilización que niega sus derechos, no puedo dejar de entristecerme. Como cuando se quiere “cancelar” a Marcos Israel por “sionista” y destituirlo de un cargo que ejerce con legitimidad institucional y moral, siento que, desgraciadamente, esa lucha sigue abierta más allá de los campos de batalla. Y que si nunca debemos abandonar el sueño de la paz, tampoco podemos bajar los brazos en el debate con la intolerancia, el fanatismo, el racismo o el antisemitismo.
Podemos cuestionar todo lo que se quiera de los EE. UU. y de su gobierno. O del de Israel. Pero nadie, nadie que se crea demócrata, puede estar del lado de Hamas, Al Qaeda, los ayatolás o los talibanes.