LUIS MARCELO PÉREZ / OSCAR LARROCA FRANCISCO FAIG
La Biblioteca Nacional atraviesa una etapa decisiva. Las obras anunciadas y los diagnósticos realizados son necesarios, pero no suficientes. Uruguay necesita saber qué institución quiere construir, cómo volverá a vincularla con la ciudadanía y qué política de lectura, patrimonio y cultura sostendrá ese proyecto. El desafío no es solamente recuperar un edificio, sino devolverle a la Biblioteca un lugar central en la vida republicana.
Hay instituciones que pueden permanecer cerradas durante un tiempo y hay otras que, cuando se cierran, dejan un vacío que afecta mucho más que a quienes habitualmente las utilizan. La Biblioteca Nacional pertenece a esta segunda categoría. No es solamente un edificio, tampoco es únicamente un depósito de libros ni una sala destinada a investigadores; es un organismo público que tiene entre sus responsabilidades preservar una parte fundamental de la memoria escrita del Uruguay y, al mismo tiempo, ponerla al alcance de la sociedad.
Por eso cuesta aceptar la forma en que se llegó a su cierre parcial en mayo de 2025. La decisión fue presentada como una respuesta necesaria ante una situación crítica que involucraba problemas de infraestructura, seguridad, conservación, personal y funcionamiento. La propia institución reconoció entonces cinco crisis y anunció una etapa de diagnóstico, reorganización y planificación estratégica. Se dijo que no se trataba de una retirada, sino del comienzo de un nuevo ciclo.
Ha pasado aproximadamente un año y medio desde aquella decisión. Hubo anuncios, diagnósticos, conferencias de prensa, instancias de participación, reaperturas progresivas y nuevos proyectos. En enero de 2026 comenzó un plan para restablecer servicios y en mayo se presentó un programa de obras -en contramarcha a la Oficina de Planeamiento y Presupuesto que salió de inmediato a impugnar lo expresado por el ministro Mahia- que contempla tres etapas y una inversión anunciada de 20 millones de dólares.
También se desarrolló un proceso participativo impulsado por su dirección, el Ministerio de Educación y Cultura y la Oficina de Planeamiento y Presupuesto. Todo eso merece ser reconocido, pero no alcanza. El patrimonio documental necesita condiciones adecuadas de conservación y el personal necesita trabajar en un ambiente seguro.
Ahora, bien, ¿para qué queremos una Biblioteca Nacional? La pregunta parece elemental y, sin embargo, es la que debería estar en el centro de cualquier proyecto ejecutivo o estratégico.
Porque una biblioteca no se vuelve necesaria solamente porque conserva documentación impresa y archivos, sino cuando consigue que una sociedad los necesite. Durante demasiado tiempo hemos aceptado como una fatalidad que los uruguayos lean poco, que los jóvenes se alejen de los libros o que las bibliotecas tengan dificultades para atraer público. Después utilizamos esas dificultades como argumento para explicar el desuso de las instituciones culturales. El razonamiento debería ser exactamente inverso. Si la gente no llega a una biblioteca pública, el Estado tiene que preguntarse qué está haciendo para resolver ese tema. Si no se lee, hace falta una política de lectura. No alcanza con esperar que los ciudadanos descubran una institución que durante años perdió presencia en la vida cotidiana.
No alcanza con disponer de un extraordinario acervo detrás de las puertas. Hay que trabajar con escuelas, liceos, universidades, familias, escritores, editoriales, bibliotecas públicas, organizaciones culturales y barrios. Hay que construir mediadores de lectura y generar experiencias capaces de acercar a quienes todavía no encontraron en un libro una posibilidad de descubrimiento.
Y allí aparece una de las grandes discusiones que el actual proceso de transformación todavía debe resolver, más allá de que los accesos y depósitos puedan ampliarse y las condiciones de conservación puedan modernizarse. Incluso puede pensarse en una nueva relación física entre la institución y su entorno urbano. Todo eso puede ser positivo si forma parte de una concepción integral. Una inversión millonaria no sustituye una estrategia de gestión.
El edificio actual, inaugurado en 1964 y declarado Monumento Histórico Nacional en 1996, posee un valor arquitectónico y cultural que debe ser preservado. Pero convertir el carácter patrimonial del inmueble en el centro de la discusión sería otro error. La Biblioteca Nacional es patrimonio porque conserva, organiza y pone en circulación una parte esencial de la cultura escrita del país. El edificio importa, pero la institución importa mucho más. Uruguay necesita una Biblioteca Nacional más viva bajo una política pública sostenida.
El propio diagnóstico presentado en 2025 reconoció problemas de personal y señaló una reducción significativa de la plantilla en relación con 2005, además de dificultades organizacionales y de conservación. Esto demuestra que la situación no apareció de un día para otro; sería demasiado sencillo atribuir todo lo ocurrido a una sola administración. Aunque vale aclarar que en la anterior dirección algunas -no muchas- transformaciones se realizaron. La Biblioteca Nacional fue perdiendo centralidad mientras Uruguay transformaba sus hábitos culturales, educativos y tecnológicos. Cambió la forma de leer, cambió la relación con la información y cambió también la manera en que las nuevas generaciones se vinculan con las instituciones. Frente a esos cambios no alcanza con llamarla Biblioteca del Futuro, pues éste se construye con funcionarios capacitados, tecnología, políticas de lectura, preservación, digitalización, investigación, descentralización y una relación más intensa con la ciudadanía.
Los diagnósticos son exhaustivos. Ahora deben transformarse en decisiones concretas y evaluables. Hay además una cuestión que debería preocuparnos especialmente. Una Biblioteca Nacional no puede convertirse en un lugar para pocos. La propia dirección de la institución reconoció en 2025 que la desconexión con la ciudadanía era una de las crisis que debía enfrentar. Esa afirmación debería ser tomada con absoluta seriedad. Porque una institución cultural pública que conserva millones de páginas, pero no logra establecer una relación cotidiana con sus ciudadanos corre el riesgo de transformarse en una institución admirada desde lejos.
La Biblioteca Nacional debe ser patrimonio, pero también presente. Debe preguntarse qué lugar ocupa en la vida de un adolescente que nunca entró allí, de una familia que busca acercar a sus hijos a los libros, de un investigador que necesita acceder a un archivo y de un ciudadano que simplemente quiere entrar, sentarse y leer. Esa Biblioteca todavía es posible.
Uruguay tiene 210 años de historia bibliotecaria. La primera biblioteca pública del territorio abrió sus puertas el 26 de mayo de 1816, impulsada por la convicción de que una república necesitaba ciudadanos ilustrados. La frase atribuida a Artigas, «Sean los orientales tan ilustrados como valientes», acompañó aquel nacimiento y conserva todavía una fuerza extraordinaria.
Dos siglos después, la sociedad toda necesita una Biblioteca Nacional conectada con las nuevas generaciones. Por eso la discusión no debería terminar en una obra, en una puerta nueva o en una fachada restaurada. El país necesita saber cuál será la política que estará detrás de esas obras, conocer los objetivos y los plazos. Y eso se resuelve con una gestión oficial seria, capaz de comprender que una República que abandona sus bibliotecas termina abandonando una parte de sí misma.