La eficiencia que atraviesa todas las transiciones

octubre 12, 2026

Fitzgerald Cantero Piali

Los países pueden elegir distintas fuentes, tecnologías y ritmos de transformación. Ninguna estrategia energética será sólida si no aprende a utilizar mejor la energía disponible. Una represa puede fotografiarse; un parque solar o eólico modifica el paisaje. La eficiencia, en cambio, suele permanecer invisible: una central que no fue necesario construir, un combustible que no se importó, una empresa que redujo sus costos o una factura familiar que dejó de crecer.

 

Esa invisibilidad ayuda a explicar por qué ocupa un lugar secundario en las discusiones energéticas, aunque ninguna transición pueda prescindir de ella. La reciente presentación del Libro Blanco de Eficiencia Energética de América Latina y el Caribe de OLACDE invita a preguntarnos cómo atender las necesidades de desarrollo utilizando mejor cada unidad de energía.

El mundo atraviesa una reconfiguración energética. Las tensiones geopolíticas, la volatilidad de los mercados, los compromisos climáticos y la necesidad de asegurar un suministro accesible llevan a los países a revisar sus estrategias. Algunos refuerzan el papel de los combustibles fósiles; otros aceleran las renovables, la electrificación, el almacenamiento y el hidrógeno. Hay quienes amplían sus programas nucleares y muchos combinan alternativas según sus recursos y prioridades.

No existe una única transición. Cada sociedad construirá la suya. Pero hay un componente que debería estar presente en todas: la eficiencia energética.

Es necesaria en sistemas dependientes de combustibles fósiles y en aquellos que incorporan más renovables; en países importadores y exportadores; en industrias y hogares. También será indispensable en un mundo más electrificado, donde la movilidad eléctrica, la climatización, la digitalización y los centros de datos elevarán la demanda.

Responder a ese crecimiento solo con nueva generación no siempre será lo más rápido ni lo más económico. También debemos preguntarnos cuánto podemos obtener mediante mejores equipos, edificios adecuados, procesos industriales eficientes, redes modernas y una gestión más inteligente de la demanda.

Una fuente que no aparece en el paisaje

La eficiencia no produce energía como una represa o una central, pero puede liberar energía y capacidad para otros usos. Una industria puede reducir su consumo sin producir menos; una vivienda bien aislada necesita menos energía para ser confortable; una red con menores pérdidas entrega más electricidad sin aumentar en igual proporción la generación.

Por eso, la eficiencia puede planificarse como un recurso energético. Reduce costos, fortalece la seguridad del abastecimiento, mejora la competitividad, disminuye emisiones y alivia la presión sobre las redes. También puede evitar o postergar inversiones en infraestructura.

No se trata de consumir menos por obligación ni de renunciar al bienestar. Tampoco de limitar el crecimiento de los países que necesitan ampliar el acceso a servicios energéticos de calidad. Se trata de obtener más valor económico y social por cada unidad de energía utilizada.

Una agenda para América Latina y el Caribe

La región cuenta con recursos diversos y una de las matrices eléctricas más renovables del mundo. A la vez, enfrenta desafíos de acceso, calidad, costo y seguridad del suministro, y necesita elevar la productividad y modernizar su infraestructura. La eficiencia puede contribuir a esos objetivos.

En países importadores de combustibles, reduce la vulnerabilidad externa y la salida de divisas. En los exportadores, libera recursos para nuevos usos productivos o para vender al exterior. En empresas y hogares, ayuda a reducir costos; en los sistemas eléctricos, permite gestionar la demanda y aprovechar mejor la infraestructura disponible.

Persisten, sin embargo, brechas regulatorias e institucionales. Muchos países aún carecen de estándares suficientes para motores y electrodomésticos o de códigos energéticos para los edificios. A esto se suman dificultades de financiamiento, información, capacidades técnicas y continuidad. La eficiencia suele abordarse como una suma de proyectos aislados; debe convertirse en una política estructural de desarrollo.

Para diseñarla, primero hay que medir. Los balances energéticos muestran los flujos generales; los balances de energía útil permiten identificar cuánto se pierde en las transformaciones y con qué eficiencia se satisfacen necesidades como iluminación, climatización, movilidad, cocción y producción industrial. Auditorías e indicadores ayudan a reconocer oportunidades y verificar resultados. Con datos, instituciones responsables y seguimiento, el ahorro puede convertirse en política, inversión y resultado comprobable.

Una tarea compartida

Los gobiernos tienen una responsabilidad central: establecer normas, estándares, etiquetado, códigos de construcción e incentivos adecuados; facilitar financiamiento y formación; fijar metas y darles seguimiento. La renovación de edificios, equipos, transporte y procesos industriales supera los ciclos políticos. Por eso, la eficiencia debe sostenerse como política de Estado.

Las empresas también deben incorporarla a sus decisiones de inversión e innovación. Gestionar mejor la energía reduce costos y fortalece la competitividad. Esto es especialmente relevante para las pequeñas y medianas empresas, que suelen tener oportunidades de ahorro sin concretar por falta de diagnósticos, asistencia técnica o financiamiento.

Las familias pueden mejorar sus consumos, pero no corresponde trasladarles toda la responsabilidad. Necesitan información clara, viviendas adecuadas y tecnologías accesibles. La eficiencia es una tarea colectiva que requiere gobiernos que generen condiciones, empresas que inviertan, instituciones financieras que comprendan los proyectos, centros de conocimiento que formen capacidades y ciudadanos informados.

Cada país debe definir el lugar de los combustibles fósiles, las renovables, la energía nuclear, la electrificación y las nuevas tecnologías en su matriz. Esas decisiones serán distintas porque también lo son sus realidades. Pero cualquiera sea el camino elegido, la eficiencia debe formar parte de la planificación, las políticas productivas y las estrategias de desarrollo.

La energía más estratégica no es solamente la que un país puede producir, importar o almacenar. También es la que puede utilizar mejor. Hacer de la eficiencia una prioridad contribuye a economías más competitivas, sociedades más inclusivas y sistemas más seguros y sostenibles. Las transiciones podrán seguir caminos diferentes; la eficiencia deberá atravesarlas a todas.

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