La historieta de Pepe Mujica

agosto 17, 2026

Hugo Machín Fajardo

Los símbolos no se razonan. Ni se examinan. Emocionan. Son fabricadas para sentir. ¿Sentir qué? Lo que los símbolos condensan: infancia, sueños, ideales, fantasías, deseos de una vida mejor, disfrute.

Uno no se pregunta por qué es hincha del cuadro de sus amores. Los colores de esa camiseta provocan la adhesión emotiva que un día, allá en la infancia, elegimos.

En la política y en la guerra, los símbolos son necesarios para convocar multitudes. Terrenos donde los símbolos han sido definitorios para movilizar a las masas.

En el siglo XIX latinoamericano, una bandera tremolando al galope, era más potente para movilizar muchedumbres que cualquier texto independentista. En la primera mitad del siglo XX, el saludo fascista o la hoz y el martillo decían mucho más que cualquier discurso.

Las consignas, los rituales, los textos aprendidos de memoria —sean oraciones religiosas o canciones convocantes— las indumentarias, inciden al instante. No requieren análisis.

Los símbolos perduran. Por eso los lideres religiosos mantienen vestimentas que, caducadas hace siglos, siguen obrando sobre el inconsciente colectivo de sus fieles.

Un báculo, una tiara papal, una sotana blanca, un trono, un turbante constituyen contraseñas de pertenencia. Siguen siendo utilizados porque hacen visibles valores, memorias, e identidades compartidas.

Configuran la geografía simbólica de una comunidad imaginada.

La historia, en parte, también es historia de símbolos. Hoy individualizamos «izquierda» y «derecha», sin analizar qué significan ambos conceptos nacidos por una casual ubicación de participantes en los asientos de la Asamblea Constituyente de Francia de 1789.

Poco tienen que ver aquellas etiquetas con la realidad mundial y nacional del presente. Pero la irracionalidad del símbolo, la consigna, los cánticos, el no cuestionamiento de lo que se repite machaconamente, también (de) forma a los ciudadanos.

Eso es lo primero que pensé cuando supe que una maestra de escuela de Uruguay había escrito un libro para niños —«Mi amigo Pepe»— en el que propone al expresidente José «Pepe» Mujica (1935-2025) como un «referente» para la infancia uruguaya. Es decir, lo considera un símbolo que puede ser visualizado como ejemplo de vida por quienes están en edad de formarse como ciudadanos responsables.

La autora, presumiblemente nacida luego de la recuperación democrática ocurrida en 1985 en Uruguay, tras 13 años de dictadura cívico-militar, es una agonista del poder que ejercen los símbolos.

Entrevistada sobre los motivos que la llevaron a escribir el libro, evidencia haber internalizado de manera parcializada la simbología del personaje en cuestión, lo que de por sí no constituye otra circunstancia que no sea una limitación personal.

Otro plano es el de la irresponsabilidad de la autora, cuando ofrece a sus lectores niños un retrato distorsionado del protagonista de su cuento:

«A medida que iba creciendo los sueños de Pepe también se fueron agrandando inspirado en la solidaridad de obreros y vecinos del barrio quiso hacer del mundo un lugar mejor. Se convirtió en un joven muy valiente y decidió luchar por sus ideales y unirse a un grupo que trabajaba por la justicia y la igualdad. Sus amigos y compañeros lo admiraban por su valentía y gran corazón».

Quienes conocemos la historia política uruguaya sabemos que no fue así. Mujica era conocido en Simón Martínez, esquina Camino Tomkinson, por su habilidad para robarle flores a los japoneses floricultores de su barrio y mejorar la producción de la quinta de su familia.

También es sabido que tempranamente se dedicó a la actividad político-electoral integrándose a uno de los partidos tradicionales uruguayos —Partido Nacional— donde llegó a ser dirigente juvenil, secretario del entonces ministro herrerista Enrique Erro y simpatizante del dirigente ruralista y conservador Benito Nardone («Chicotazo»).

En la década del 60, decepcionado por su mala votación electoral, y en el contexto regional de la época, formó parte, no directriz, del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) que, mediante la lucha armada, atentó entre 1963 y 1972 contra la democracia en Uruguay.

No se trató de «un grupo que trabajaba por determinados ideales». Fue una guerrilla que se inició cometiendo delitos comunes, por los que Mujica fue preso. Que llevó adelante actos terroristas; asesinatos, incluidos los de integrantes del MLN sometidos a juicio sumario.

Mujica mandó ejecutar a traición a un funcionario policial administrativo, José Villalba, de 31 años, por haber cumplido con su deber: denunciar que en el bar «La Vía» de un barrio montevideano, se encontraba Mujica, por entonces requerido para ser llevado ante la justicia.

El MLN- Tupamaros de mi amigo Pepe, secuestró a civiles indefensos como forma de chantajear al gobierno de entonces, y esos secuestrados fueron mantenidos durante meses en jaulas donde no les llegaba luz solar. Sometidos a la angustia de ser asesinados si la fuerza pública descubría la llamada «cárcel del pueblo».

La «admiración» que habría concitado Mujica entre sus compañeros de guerrilla, también es una fabulación. Por el contrario, testimonios de sus propios excompañeros le adjudican haber entregado militantes tupamaros a la fuerza pública, hecho también protagonizado por otros jefes guerrilleros.

En otro párrafo del cuento, la autora escribe: «Con el tiempo, Pepe pasó por muchos desafíos y dificultades, incluido años de cárcel. Fue preso político durante una época muy oscura de nuestro país».

Lo que ocurrió en realidad es que luego de haber sido procesado por la justicia civil a raíz de delitos de hurtos, Mujica, nuevamente en libertad, es recapturado en 1972, cuando Uruguay aún estaba en democracia. Juzgado por la justicia penal fue condenado a prisión común.

La figura del «preso político» aparecerá en Uruguay luego del golpe de Estado del 27 de junio de 1973, cuando el MLN-Tupamaros ya había sido derrotado por la policía y el ejército uruguayos y sus integrantes encarcelados en 1972, o se encontraban fuera del país.

Parte de los dirigentes tupamaros colaboraron con sus represores, tanto en la detención o fichaje de integrantes de la organización guerrillera, como en supuestamente investigar hechos de corrupción política que nunca se comprobaron.

De hecho, la toma del poder por los militares uruguayos se debe en buena medida al accionar de la guerrilla tupamara de mi amigo Pepe, que atentó durante años contra las instituciones democráticas.

Ese contexto de participación militar en la represión de la guerrilla propició el advenimiento de un régimen que conculcó libertades, torturó, asesinó y obligo al exilio a ciudadanos que tenían una participación legal y constitucional en la vida política uruguaya. Igual que la dictadura chavista apoyada por mi amigo Pepe.

Mi amigo Pepe, y sus amigos de entonces, tuvieron mucho que ver con la larga noche de 13 años vivida en Uruguay en la segunda parte del siglo XX.

Cuando Uruguay vuelve a ser democrático, determinados tupamaros, incluido Mujica, construyeron un falso relato de los años sesenta y setenta, con el que engañaron a parte de las nuevas generaciones. Fueron coadyuvados por el resentimiento social generado por una dictadura que actuó como un ejército de ocupación en su propio país, y, no menos importante, por sectores del Frente Amplio —hoy partido en el gobierno— obsesionados por obtener el triunfo electoral, que dejaron crecer el mito. El fin justificó los medios.

Quiero pensar que la autora, maestra escolar, Carolina Gorga, fue cautivada por esa ficción en que fue estratégicamente transformada la historia uruguaya de los sesenta.

Presumo que Gorga pertenece a una de esas generaciones, cada 10-15 años se renuevan según Ortega y Gasset, a las que le llegó esa fabula mistificadora.

No obstante, el período reciente que la autora de «Mi amigo Pepe» rescata como rico en valores a ser explicitados a la infancia uruguaya, también tiene sus bemoles.

En 1994, mi amigo Pepe codirigió junto a otros ex cabecillas tupamaros amnistiados, una asonada en el Hospital Filtro de Montevideo para evitar la extradición de integrantes de la organización terrorista ETA camuflados en Uruguay con apoyo tupamaro y requeridos por la justicia española.

Esa tarde perdieron la vida dos uruguayos por la represión de la fuerza policial. ¿Qué valor transmite ese hecho, obviamente no recogido por la autora, a los niños uruguayos?

Por esa época, había transcurrido una década de la recuperación democrática, otros amigos de mi amigo Pepe cometían robos, protagonizaban asaltos, y parte de ese dinero habría llegado a la sede central del MLN -Tupamaros. Mujica calificó aquello como obra de «compañeros desviados».

Veamos que la «austeridad» y el «amor por la naturaleza» de mi amigo Pepe también destacados en el libro para niños, puede ser vista desde otra óptica.

En el hogar de Mujica ingresaban 10 mil dólares mensuales — «La mía acá», le dijo su esposa, la senadora Lucía Topolansky, tocándose la cintura, al pagador del Poder Legislativo que iniciaba el trámite del descuento salarial mensual «voluntario» que se les hace a los legisladores del Movimiento de Participación Popular (MPP), de Mujica— por lo que mi amigo Pepe pudo alardear de austeridad.

La naturaleza uruguaya durante la presidencia de mi amigo Pepe, no fue especialmente considerada. Casi el 40% de la tierra del país pasó a manos de sociedades anónimas. En tres gobiernos consecutivos del partido de Mujica —desde 2007 hasta 2019—se autorizó la titularidad de inmuebles rurales y explotaciones agropecuarias a sociedades anónimas por cerca de 7 millones de hectáreas.

El proyecto extractivo de mina a cielo abierto Aratirí, impulsado por la administración Mujica (2010-2015) era «inaceptable, en su forma actual», en opinión del Dr. Oscar N. Ventura. Profesor Catedrático G5, de la Facultad de Química, Udelar, Montevideo, Uruguay. Investigador Principal G5, integrante del Pedeciba, consultor de Unesco y PNUD.

Un derecho fundamental en la Convención de los derechos del niño (1989) es el de la libertad de expresión de niños, niñas y adolescentes, consagrado en el Artículo 12. Pues, mi amigo Pepe, aunque había dicho que la mejor ley sobre medios de difusión era la que no existía, quiso reglamentar por ley el contenido de los medios periodísticos uruguayos. Felizmente, el rechazo que generó, incluido el de su vicepresidente Danilo Astori, hizo naufragar la amenaza de censura.

Mujica parece ser que llegó a leer una primera versión del libro de Gorga con destino a la infancia. El visto bueno definitivo para la publicación, ha dicho la autora, provino de Lucia Topolansky. Ella fue quien durante el gobierno de mi amigo Pepe quiso desconocer el orden jurídico uruguayo. Propuso la creación de una corte de mayor jerarquía que la Suprema Corte de Justicia, que pudiera enjuiciar políticamente a los miembros del Poder Judicial. Lo político por encima de lo jurídico no es solo una antidemocrática convicción de Mujica. Y, de cosecha propia, Topolansky también quería que las fuerzas armadas fueran mayoritariamente de su partido político.

Mi amigo Pepe varias veces dijo en el exterior de su país que a los uruguayos «no les gusta trabajar», pero elogiaba a la tribu de los kung sang, una indolente tribu africana que trabaja dos horas diarias.

Cuando en 2011 quiso votar en las elecciones del Banco de Previsión Social (BPS) para elegir una nueva dirección tripartita, no pudo hacerlo…no existía como trabajador registrado en el Estado uruguayo.

En realidad, nunca entendió el mundo del trabajo. Siendo presidente del Uruguay les dijo a los maestros —el gremio al que pertenece la autora— que, si querían ganar más, se consiguieran otro empleo para «su tiempo libre».

En 2013, permitió el despido del periodista Martín Duarte porque minutos antes de comenzar la audición de mi amigo Pepe, el colega había adelantado en la cuenta Twitter de la emisora FM24 de Mujica, lo que el propio Mujica iba a decir a continuación.

Otros valores de un personaje destacado en la historia, a ser compartidos con la infancia son, por ejemplo, los de la voluntad y la persistencia. Tampoco ahí mi amigo Pepe funciona como ejemplo.

Fracasó en su propuesta de «Educación, educación, educación», como él mismo reconoció. En su gobierno, Uruguay obtuvo en el examen PISA la posición 53 de los 63 evaluados. Tuvo una tasa de deserción en primaria del 5% y las tasas de repetición y fracasos en primaria y secundaria fueron del 32%. Fracasó también en su propuesta de refundar la Universidad del Trabajo del Uruguay.

En realidad, mi amigo Pepe en 2014 le reconoció al periodista catalán Jordi Évole que había «fracasado a la hora de cumplir con el programa de gobierno».

La autora argumenta, y es correcto, que la no inclusión en sus páginas de lo aquí reseñado obedece a sus «elecciones literarias», a la «libertad literaria». Es de recibo cuando de una obra de ficción para adultos se trate. No se debe exigirle a un texto, una película, u otra expresión artística de ficción, que tenga lo que no tiene. Simplemente gusta o no gusta y punto.

Diferente asunto es la obra infantil con intención de trasladar «valores universales» como ha dicho que aspira a lograr Gorga con su libro, que, además, comprende un período histórico del Uruguay. Ello conlleva una propuesta didáctica. Exige ser muy riguroso en el traslado de los hechos para evitar el desbalance.

En principio, no se debe narrar solamente la mitad de la verdad.

Quizás la autora del libro podría haberse inspirado en las declaraciones que dio Mujica al programa televisivo de publicidad chavista emitido por Venezolana de Televisión (VTV) «La Jornada» de Caracas en febrero de 2015: «Yo no tengo historia, tengo historieta»

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Otras Noticias

. Movilidad sostenible 2.0: mucho más que cambiar el motor

Fitzgerald Cantero Piali Experto en Geopolítica Durante algunos años se

Calidad educativa por la supervivencia humana es una tarea de todos

David Auris Villegas Vivimos distraídos, ensimismados en nuestro individualismo y