La libertad responsable y el estado batllista

agosto 10, 2026

Gustavo Gómez Rial

Seguramente todos recordarán ese eslogan potente que hizo responsable a la mayoría de la población de cuidar por su propia salud y la de quienes nos rodeaban. Aunque las cifras finales en términos de personas fallecidas, luego de la pandemia, fueron de mayor entidad de la que hubiésemos esperado, de cualquier modo, la tasa de mortalidad promedio del total de años de pandemia estuvo bastante por debajo de la media global comparada con las cifras de prepandemia. Asimismo, el país pudo recuperar más rápidamente su economía y evitar otros perjuicios enormes para la salud física y mental de su población.

Leído con mucha rapidez, todo parece un éxito de la libertad responsable. Sin embargo, a ese involucramiento de la población promovido desde el Estado, debe sumarse nuestro más que centenario cuidado por la Salud Pública que, mal que le pese a Salle, incluyó amplias campañas de vacunación contra varias de las enfermedades que causaban más decesos (incluso durante gobiernos militares: Ley Nº 15.272). Todo ello, acompañado por un robusto sistema hospitalario y de atención policlínica pública que nadie querría descuidar. Así sumamos un hospital del Cerro como ejemplo de ese compromiso nacional. Ahora, ya mismo esperaríamos el inicio de las obras de un hospital dotado de los mayores recursos para el norte del país como el que ya es ejemplo en Cerro Largo.

Muy poco habría hecho la libertad responsable sin una ciudadanía educada y capaz de sentirse responsable. Deberíamos asegurarnos de seguir en ese mismo rumbo y no permitirnos retroceder. De casi nada nos habría servido sentirnos libres y responsables de nosotros mismos de no haber tenido agua potable, agua limpia con la que higienizarnos. Y electricidad, saneamiento, buenas comunicaciones. O al menos las que se supieron mantener porque fueron construidas en años en los que el Batllismo verdadero guardaba el mejor fruto para sus ciudadanos y promovía el mejor esfuerzo de la población para cuidar aquello que era y es de todos.

En algún punto maldito de nuestra historia lo que debía ser de todos fue de nadie o de unos pocos. Lo que debió ser objeto del mayor cuidado y del esfuerzo honesto se desmonetizó como un billete viejo sin encaje monetario; y el éxito de ser un funcionario público ya no fue el de servir al país sino el de cobrar un sueldo sin otra obligación de resultado. Y, aun así, las viejas estructuras de nuestro Estado batllista aguantaron. Resistieron las obras, las visiones preclaras fueron tan resistentes como los puentes de Lucio Cáceres. Los planes nacionales dieron viviendas y no subsidios. Las obras dieron trabajo y no promesas utópicas. Las inversiones (esas que hoy no llegan) olieron otra solidez y no sólo nuestra libertad responsable. Toda esa confianza construida premió el esfuerzo sobrehumano de Alejandro Atchugarry. No dejemos que todo lo que levantamos en décadas termine de romperse en pocos años.

Vos también eres responsable, libertario. No repitas ese discurso simplista de renegar sistemáticamente y de manera insistente contra la burocracia como si el mal que nos ocurre fuese debido a esa “mala costumbre” de soñar con un Estado de bienestar construido en base a normas comunes, a leyes, en base a nuestra Constitución y a unos derechos que nos hacen iguales ante la ley y que nada tienen que ver con la estupidez legislativa de quienes fragmentaron al país para repetir las mismas normas decenas de veces y encerrarnos en un galimatías o en un laberinto de alcaldías y de cargos de costura para el planetario. No confundamos el cuerpo con el tumor porque es más fácil aún que la libertad devenga en un libertinaje cuando no se tienen normas. Porque hoy los gurúes de la autorregulación reclaman más de eso para sus industrias, mientras señalan con el dedo al Leviatán que ahoga toda iniciativa.

Sí, es justo dejarlos respirar para dejar que crezca la iniciativa privada. Es justo y nos conviene. Pero en esa marea que se viste de coalición hay colorados que lo piden convencidos y algunos que al hacerlo reniegan de la razón batllista mientras sonríen para las cámaras. Como si el quid del asunto estuviese en construir un Estado eficiente para el inversor y con eso “ya vas que te matas” (como dicen en España).

En ese abanico ideológico de los partidos, hay quienes, en vez de pretender reconstruir aquel Estado eficiente, justo e igualitario para todos, querrían tener la libertad del más fuerte en el Far West; mientras otros querrán seguir su lucha justiciera por abrir un comité vecinal que decida para cada manzana en cada barrio.

Porque al final, la mala película de buenos y de malos es la que se vende como Corín Tellado.

Los unos: ¡Hay que colgar en la plaza pública a la Inteligencia Artificial! Nos quita los trabajos.

Los otros: Únicamente hay que dejarle las llaves al ladrón y el tomará sólo lo que necesita. Sé amable para que vuelva a visitarnos.

¿Y si resultase que las verdaderas empresas buscan certezas y normas claras antes que un cajón de saldos de oportunidades?

Y los enormes cambios se aproximan y tendremos que salir a jugar este partido con tres yesos de burocracia inútil y un bastón que no necesitamos. Pero, ojo que nadie ha dicho que salgamos desnudos a enfrentarnos a lo que se viene rechazando un buen paraguas de normas esenciales tan necesarias como un vaso de agua.

Una vez más, parecería que muchos aceptan la fácil de no hacer nada. Se hacen los osos, lo saben. Parece que diese más dividendos dejar que todo ocurra cuando tenga que ocurrir mientras escuchas: “Another Day in Paradise” (Phil Collins)

¡Qué difícil es lograr un equilibrio estable para la República! ¿Cuánto tardaremos en recuperarlo? ¡A despertar, ciudadanos, antes que no queden ni los platos de la balanza!

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