La oposición que se achica El batllismo que falta

octubre 19, 2026

Eduardo Fazzio

Hay una paradoja en la política uruguaya: en nombre de fortalecer a la oposición, ciertos discursos terminan estrechando sus fronteras. Cuanto más se presenta al Frente Amplio como expresión de un socialismo enfrentado a la libertad, menos lugar queda para quienes discrepan con su gobierno sin compartir esa descripción del país, y la confrontación que cohesiona a los convencidos aleja a quienes faltan para construir una mayoría.

La mitad del país no es socialista

La competencia uruguaya se organiza en dos grandes espacios electorales, lo que no significa que existan dos sociedades irreconciliables. Ni la mitad del Uruguay es socialista ni todos los que votan a los partidos tradicionales se reconocen en la derecha; hay frenteamplistas moderados en sus expectativas económicas, y colorados y blancos de convicciones reformistas y sensibilidad social. Cierta retórica convierte el balotaje en una batalla doctrinaria y confunde así una mecánica electoral con una división cultural.

Y cuando se trata a los frenteamplistas como adversarios culturales, se les cierran las puertas que habría que abrirles, y la identidad opositora se vuelve más intensa hacia adentro y menos permeable hacia afuera, en un encierro electoral autoconstruido.

Un partido sustituible

Para el Partido Colorado el riesgo es mayor. Si su identidad se resume en pertenecer al bloque contrario al Frente Amplio, ¿por qué habría de elegirlo un ciudadano en lugar del Partido Nacional, que tiene más peso electoral y el liderazgo de Lacalle Pou? Y si responde acentuando su perfil de derecha, deberá competir también con expresiones nuevas, más radicales y sin la carga de haber gobernado, hasta quedar atrapado entre la gravitación blanca y las derechas emergentes. Que exista una derecha colorada es parte de la pluralidad de un partido republicano y liberal; la dificultad aparece cuando una sola orientación pretende agotar su función y el rechazo al Frente reemplaza las razones propias para merecer el voto.

El centro tibio

Hay otra consecuencia, menos visible. En ciertos ámbitos opositores, reconocer un acierto del gobierno, cuestionar una propuesta conservadora o defender una intervención pública razonable se interpreta como debilidad, y al discrepante se lo despacha como «centro tibio». No hace falta expulsarlo; alcanza con convertir el matiz en sospecha, hasta que ser opositor exige serlo de determinada manera. Así, el espacio no frenteamplista puede terminar silenciando a quienes podrían ampliarlo. Pero el reformismo tampoco puede atribuir su retroceso solo a quienes lo descalifican: tiene que preguntarse por qué perdió organización, dirigentes, energía intelectual y capacidad de representar nuevas aspiraciones, porque la independencia de juicio se sostiene con una alternativa de fuerza propia.

Cuando los instrumentos mandan

Interviene también el aprendizaje coalicional de los partidos tradicionales. Julio María Sanguinetti es una figura mayor de la democracia uruguaya: condujo la transición, fue dos veces presidente y es el gran articulador de acuerdos y de gobernabilidad, y cooperar para gobernar es legítimo y muchas veces indispensable. Sin perjuicio de ello, los instrumentos adquieren vida propia, y los mecanismos que permitieron conservar capacidad de gobierno pueden terminar debilitando las identidades partidarias que hicieron posible aquella representación. En la práctica, Sanguinetti procura conciliar objetivos que no siempre resultan compatibles: reivindica la identidad colorada y rechaza un partido único, mientras promueve mecanismos de coordinación que, a mi juicio, favorecen una integración electoral creciente y pueden terminar desembocando en un fusionismo al menos electoral. Así, el éxito del bloque pesa más que la capacidad de cada partido de representar ciudadanos distintos, y una identidad puede disolverse sin que nadie se lo proponga.

Por eso la autonomía colorada importa más allá del lema común y de una denominación histórica. Sin rechazar los acuerdos con el Partido Nacional, preserva un espacio donde puedan crecer ideas, corrientes y liderazgos con personalidad propia, aunque no coincidan con la mayoría del bloque. La cooperación no exige uniformidad: el sistema uruguayo permite que los partidos compitan por separado en octubre y acuerden en noviembre. La autonomía preserva las condiciones para ampliar mayorías.

Un partido sin función

Pero conservarla deja abierta la cuestión de fondo: ¿qué función política diferencial cumple hoy el Partido Colorado? Hay que reconocer una carencia propia. El partido tiene una tradición formidable, dirigentes, organización y antecedentes programáticos, y en la última elección presentó propuestas propias, pero no logró convertirlas en una identidad diferenciada: dentro de la oferta de la coalición, quedaron eclipsadas por el planteo del Partido Nacional. Le falta una propuesta reconocible y movilizadora que dé una razón específica para elegirlo. Un partido puede tener programas, candidatos y bancas y aun así no poder explicar qué intereses, aspiraciones y proyectos quedarían sin representación si dejara de existir, y ahí reside el riesgo de perder su función diferencial.

Proclamarse batllista, como hace más de un dirigente, sirve de poco sin propuestas novedosas y removedoras, capaces de producir efectos políticos y sociales. Sin ellas, el batllismo queda reducido a una enunciación retórica: decir que se es algo sin demostrarlo. Sería saludable que surgieran varias propuestas movilizadoras, incluso contrapuestas, que disputaran democráticamente la orientación del partido, porque así se renuevan las ideas y los liderazgos. Sin esa vitalidad, la autonomía se vuelve una formalidad y la supervivencia institucional un fin en sí mismo. Evitar la absorción por el Partido Nacional tampoco alcanza si la renovación consiste en parecerse a los moderados del Frente Amplio. Ni copia de los blancos ni espejo del Frente: una personalidad propia, con una idea propia del progreso.

Una idea propia del progreso

El batllismo tiene que recuperar su vocación transformadora en un Uruguay con otros trabajos y con clases medias que ven frustradas sus expectativas de progreso. La tarea es construir una sociedad donde la libertad individual encuentre condiciones reales para convertirse en oportunidades, y eso exige una educación que vuelva a impulsar la movilidad social, una economía abierta capaz de generar empleos de calidad y un Estado que conduzca, evalúe sus resultados y proteja sin sustituir la iniciativa de las personas. La seguridad, el desarrollo del interior y una protección social moderna forman parte de esa idea de progreso. Hay lugar para una tradición liberal en las libertades, solidaria en sus objetivos sociales, reformista en sus instrumentos y moderna en su economía, siempre que responda con resultados a las frustraciones que alimentan a las nuevas derechas: inseguridad, desconfianza en el Estado y temor al estancamiento.

La moderación también puede ser firme. El batllismo histórico cambió el Uruguay porque tuvo audacia para reformar, disputar intereses y ampliar libertades, y esa es la rebeldía que hoy falta: una oposición capaz de pensar por sí misma.

Lo que corresponde preguntarse es qué país queremos construir y para qué necesita el Uruguay un Partido Colorado vigoroso, más que cómo parecer más adversarios del Frente Amplio.

Una oposición que vive del rechazo puede conservar a los convencidos; una fuerza que propone puede ampliar sus fronteras.

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