La política frente al espejo

octubre 12, 2026

Daniel Manduré

El Latinobarómetro acaba de dar a conocer los datos sobre la última encuesta relacionada a la confianza del ciudadano sobre las instituciones y el sistema democrático. Ese informe nos enfrenta a una realidad que preocupa y que no podemos desconocer. De acuerdo con esos datos, la credibilidad ciudadana en los partidos políticos y de la propia eficacia del Estado, se encuentra comprometida.

 

Confiamos en la fortaleza de nuestro sistema democrático. Confiamos en la solidez de las instituciones y en la trayectoria de nuestros partidos políticos. Pero ello no debe convertirse en una excusa para la autocomplacencia. Hay síntomas claros que evidencian la existencia de algunos problemas. Si bien no podemos otorgarle el valor de “palabra santa” a los datos de una encuesta, sería un error no tenerlos en cuenta. No podemos relajarnos. No estamos tan bien como creemos. Esa es la realidad.

El Latinobarómetro es una fuente de investigación reconocida y respetada en el ámbito académico, político y periodístico de Latinoamérica. Se realizan alrededor de 20.000 entrevistas en 18 países de la región para medir la opinión y la evolución de la democracia, la confianza en las instituciones y el comportamiento de la sociedad en la región. Es una organización transparente e independiente de la influencia del gobiernos o partidos políticos.

Si bien, en cuanto a la confianza en los partidos políticos estamos por encima del promedio entre los países de la región, hoy en Uruguay los partidos políticos en ese informe están en el último lugar de la lista. Un dato que nos debería llamar a la reflexión.

La desconfianza no nace por generación espontánea.

La credibilidad se desgasta cuando las instituciones pierden capacidad de respuesta. Cuando se promete y no se cumple. Cuando se despilfarra dinero público. Cuando el Estado está “gordo” donde no debe y “flaco” donde se necesita. Cuando al ciudadano le parece percibir que el político gasta más sus energías en disputas internas que en solucionar los problemas de la gente. Cuando el error no se reconoce, se lo minimiza o se trata de encubrir.

No alcanza con tener leyes y normas si no se cumplen o no se controlan. No alcanza con que el Estado prometa soluciones que nunca cumple. Cuando la pesadez burocrática posterga soluciones y la ineficacia se vuelve costumbre.

Cuando todo esto ocurre la frustración ciudadana se convierte en desconfianza política.

Esa desconfianza es peligrosa. No necesariamente porque los ciudadanos dejen de creer en la democracia como ideal, sino porque pueden comenzar a pensar que no resuelve sus problemas.

Los partidos políticos, pilares insustituibles de nuestro sistema republicano, no pueden considerarse ajenos a esta responsabilidad. Su legitimidad es una labor diaria. Nadie tiene el cheque en blanco otorgado por la ciudadanía.

La democracia uruguaya tiene fortalezas indiscutibles. Por eso debemos cuidarla, tenerla entre algodones.

No se trata con esto de alimentar el pesimismo ni sumarnos a esos coros de quienes descreen de todo. Se trata de asumir la realidad con madurez republicana. Defender la democracia también significa corregir errores, reconocer debilidades y exigirles a las instituciones que la sustentan que estén a la altura de las expectativas ciudadanas.

La democracia en esa construcción cotidiana necesita de partidos políticos fuertes y creíbles. De gobiernos confiables, eficaces, responsables y con resultados.

Los datos divulgados por el Latinobarómetro en octubre del 2026 son especialmente significativos.

Solo un 23% confía en los partidos políticos. Un 65% no se siente representado por el parlamento. El 75% que desconfía del mal uso de los impuestos. Un 45% aceptaría un gobierno no democrático si resuelve sus problemas.

Hay un semáforo amarillo encendido al que hay que prestarle atención.

Hay que hacer una distinción fundamental: una cosa es que la ciudadanía desconfíe de un gobierno determinado. Esto puede suceder y es hasta saludable que se lo cuestione.  Pero otra cosa muy diferente y preocupante es que se empiece a desconfiar de la política como instrumento para resolver los problemas colectivos.

Cuando la sociedad deja de creer en la política empieza a buscar respuestas fuera de ella. Allí nace el desencanto, la indiferencia, el oportunismo de la antipolítica y los liderazgos autoritarios y populistas que prometen soluciones mágicas a problemas complejos.

La visión del ciudadano en cuanto a la eficacia del Estado ha disminuido notoriamente, cayó 20 puntos. Del 51% en 2011 pasó al 31% en 2026.

La desconfianza ya no se limita a los partidos ni al parlamento. Alcanza a la capacidad del Estado para responder eficazmente las demandas del ciudadano.

Tal vez el problema comienza cuando los ciudadanos sienten que los partidos en lugar de ser instrumentos al servicio de la sociedad empiezan a funcionar como estructuras preocupadas únicamente por su propia supervivencia. Los partidos políticos tienen una responsabilidad que va mucho más allá de lo puramente electoral. Son instituciones que deben ofrecer ejemplos en conducta, responsabilidad y ética pública.

La ciudadanía observa con atención. Los errores de algunos golpean duro sobre la generalidad. Casos de corrupción, cuando se estira como goma de mascar el límite de lo permitido, con privilegios injustificados, promesas incumplidas, con actitudes que revelan una doble vara de la ética.

El problema es que muchas veces el ciudadano no distingue entre la responsabilidad individual de un dirigente que se desvía del camino y la responsabilidad colectiva del partido al que pertenece.

Cuando un partido protege a uno de los suyos sin investigar suficientemente los hechos o lo hace sin tomar medidas ejemplarizantes. Cuando se relativiza una conducta porque el protagonista pertenece a su sector  y aplica un criterio diferente según la identidad política del involucrado. Todo esto transmite señales devastadoras.

El mensaje que recibe la sociedad es que la “solidaridad” partidaria està por encima de la responsabilidad pública. La honestidad política no se demuestra únicamente por la conducta de los integrantes sino también por la capacidad de reaccionar frente a las conductas reprobables. Nadie está libre a equivocarse, nadie es infalible. Lo que no se puede es encubrir errores. Hay que tener la capacidad de reconocer ese error, corregirlo y asumir las responsabilidades que correspondan.

Ese 75% de los uruguayos que no confía en cómo se gasta el dinero de sus impuestos reafirma esa dura realidad. Donde la austeridad, la transparencia y el equilibrio de las cuentas públicas deben ser una obligación permanente. Sobre todo, cuando lo que se está administrando es dinero ajeno. El dinero de todos nosotros.

Otro aspecto a tener en cuenta es el divorcio entre lo que se dice y lo que se hace. La gente está cansada del doble discurso, la incoherencia y de la promesa incumplida del gobernante de turno.

Aquí surgen algunas preguntas que habría que hacerse: ¿El dirigente escucha de verdad a la gente o se vive dentro de una burbuja alejado de la realidad? ¿Se selecciona a los dirigentes por su capacidad política e intelectual? ¿Los gobiernos y también la oposición cumplen con lo prometido en campaña? ¿Se tiene la honestidad intelectual de reconocer los errores propios y las virtudes del adversario? ¿El dirigente gasta más sus energías en pelearse con el adversario o en buscar soluciones a los problemas de la gente? ¿Estamos haciendo todo lo posible por tener un Estado mucho más eficaz y eficiente? ¿Podemos seguir dilapidando el dinero público? ¿Es verdaderamente de calidad el debate público? ¿Qué están priorizando más los dirigentes al momento de comunicarse: la etiqueta o el argumento serio y con contenido?

Tal vez en las respuestas a esas preguntas este la solución a la encrucijada que vivimos.

La desconfianza ciudadana que revela el Latinobarómetro no debería ser ignorada ni tomada a la ligera; interpela a los partidos, puede cuestionar algunas de sus prácticas y obliga a reflexionar a quienes tienen la responsabilidad de representar a la sociedad.

Los partidos y los gobiernos no le pueden reclamar confianza al ciudadano. Deben construirla y ganarla con su ejemplo y acciones. La credibilidad no se decreta. Se conquista.

Deberíamos hacer el ejercicio de mirarnos al espejo. Al hacerlo, tener autocrítica, pensar en lo que vemos y si estamos conforme con ello. Pero también tener el coraje de no apartar la mirada cuando la imagen que encontramos no es la que esperábamos.

 

 

 

 

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