Ricardo Acosta
Hay momentos en que el tiempo permite volver sobre una discusión y mirar los hechos desde otra perspectiva. Cuando Donald Trump decidió ir contra Nicolás Maduro, hubo quienes interpretaron que, finalmente, Estados Unidos había resuelto terminar con la dictadura venezolana y abrirle la puerta a una salida democrática. Desde la izquierda latinoamericana, la reacción fue casi automática: invasión, imperialismo, guerra, violación de la soberanía.
Nosotros planteábamos otra duda: ¿a Trump realmente le importaba la democracia venezolana? La pregunta no era menor. Porque una cosa era sacar a Maduro y otra, bastante diferente, desmontar el sistema de poder que el chavismo había construido durante años.
El 3 de enero de 2026, Maduro fue capturado y trasladado a Estados Unidos. Parecía que comenzaba una nueva etapa. Y comenzó, pero no exactamente como muchos imaginaban. Porque, cuando se definió quién quedaría al frente de Venezuela, no apareció María Corina Machado. Tampoco Edmundo González. Quedó Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro. Es decir, alguien que formaba parte del mismo gobierno que Estados Unidos había señalado como ilegítimo.
Ahí apareció la primera gran contradicción. Si el objetivo era devolverles Venezuela a los venezolanos, ¿por qué Washington terminó aceptando como interlocutora a una dirigente perteneciente al mismo aparato que pretendía combatir? La respuesta comenzó a verse en los meses siguientes. Washington dejó de hablar solamente de Maduro y comenzó a hablar cada vez más de negocios, inversiones y producción. Trump, además, fue bastante claro: Venezuela todavía no estaría preparada para celebrar elecciones. Mientras tanto, elogió públicamente la gestión de Delcy Rodríguez.
Una situación difícil de imaginar si realmente estuviéramos frente a una transición democrática en marcha. Porque una democracia no necesita solamente que caiga un dictador. Necesita elecciones libres. Necesita instituciones. Necesita garantías. Necesita oposición. Necesita que quienes fueron perseguidos puedan competir en igualdad de condiciones. Y, sobre todo, necesita que el pueblo pueda decidir quién gobierna. Eso todavía no ocurrió.
Lo que sí ocurrió fue algo bastante más pragmático. Estados Unidos avanzó sobre el principal recurso económico venezolano y alcanzó acuerdos energéticos de enorme magnitud con el gobierno que quedó después de Maduro. No hace falta ser demasiado perspicaz para entender que Washington encontró un interlocutor con el que puede negociar. Y allí aparece una diferencia fundamental entre la política de Trump y la lectura que muchos hicieron de ella.
Trump no parece moverse por principios ideológicos. No es un cruzado de la democracia. Es un hombre de negocios que entiende la política internacional como una negociación permanente. Si hay que enfrentar a Maduro, lo enfrenta. Si después hay que negociar con quienes estaban junto a Maduro, negocia. Si Delcy Rodríguez sirve para garantizar estabilidad y abrir la economía venezolana, entonces puede convertirse en una interlocutora válida.
No hay contradicción para Trump. La contradicción es para quienes quisieron explicar aquella operación solamente desde la defensa de la democracia. Y en ese punto también aparece María Corina Machado. Durante años fue presentada como la gran figura de la oposición democrática venezolana. Su lucha contra el chavismo fue, sin dudas, una de las más firmes. Pero hoy no es ella quien conduce la transición.
Eso debería obligarnos a revisar algunas certezas. Porque quizás María Corina fue útil para construir legitimidad política internacional contra Maduro, pero otra cosa muy diferente era que Trump estuviera dispuesto a entregarle el poder. Y esa diferencia hoy resulta evidente.
Mientras tanto, Venezuela sigue esperando. Maduro ya no está, pero muchas de las estructuras que sostuvieron al chavismo continúan funcionando. Y los venezolanos siguen esperando algo bastante más sencillo que todos los acuerdos internacionales: poder elegir libremente a su gobierno.
Lo curioso es que quienes durante años denunciaron cualquier movimiento de Estados Unidos sobre Venezuela como una guerra imperialista ahora parecen haber perdido el interés. La izquierda latinoamericana hablaba permanentemente de Maduro. Hablaba de soberanía. Hablaba de imperialismo. Hablaba de intervención. Hoy, en cambio, Trump negocia directamente con el gobierno venezolano. Y ese gobierno está encabezado por quien fue vicepresidenta de Maduro.
Silencio.
¿Por qué?
Quizás porque el relato se volvió incómodo. Si aquello fue una guerra contra Venezuela, ¿qué es entonces esto? Si Trump era el enemigo imperialista que quería destruir al chavismo, ¿cómo se explica que ahora negocie con parte del mismo aparato que gobernaba junto a Maduro? Y si todo aquello tenía como objetivo recuperar la democracia venezolana, ¿por qué todavía no hay elecciones? Son preguntas simples, pero nadie parece demasiado interesado en responderlas.
Tampoco conviene confundirse. Que Maduro haya sido sacado del poder no convierte automáticamente a Venezuela en una democracia. Que Estados Unidos haga negocios con Caracas tampoco convierte al chavismo en democrático. Y que Trump haya conseguido desplazar a Maduro tampoco significa que haya querido entregarles Venezuela a la oposición y a los venezolanos.
Tal vez esa haya sido la gran confusión: pensar que sacar al hombre significaba cambiar el sistema. No necesariamente. Maduro fue el rostro de una estructura mucho más grande que él. Hoy ese rostro está fuera del país. La estructura, en buena medida, sigue allí. Y quienes ayer gritaban contra una supuesta guerra ahora prefieren no mirar demasiado. Tal vez porque la realidad terminó siendo bastante más incómoda que el relato.
Trump no necesitaba salvar a Venezuela. Necesitaba resolver un problema. Lo resolvió. Ahora negocia con quienes quedaron. Y mientras todos discuten quién ganó la partida, los venezolanos siguen esperando lo único que todavía no llegó: la democracia.