Washington Abdala
Si la izquierda latinoamericana quiere reírse de nosotros (los demócratas a carta cabal) porque nos ilusionamos en que sería más rápida la llegada democrática a Venezuela, lo pueden hacer, es en lo único en que tienen un punto. No mucho más, porque se pasaron la vida siendo obsecuentes con los dictadores del continente y sumisos lacayos de los tiranos venezolanos que se ocuparon de destrozar la convivencia a sus propias gentes (algunos “progresistas” aún lo llaman “presidente” al depuesto ser infame). Que nos vengan a reprochar ahora, quienes fueron aplaudidores del terrorismo de estado caribeño, resulta -por lo menos- hilarante. Pero, es cierto, era otra la velocidad que anhelamos y no ha sido así.
Es paradójica la vida: la izquierda latinoamericana se para en el mismo lugar que el presidente Donald Trump en estos tiempos, verlo para creerlo, ambos defienden el status quo, aunque por razones disímiles.
La verdad es que hay una ética de la responsabilidad y otra de la convicción (inventos ambos de Max Weber) y las dos parecen estar disociadas, aunque no es así: el sentido común y el principismo conviven con gente inteligente. Se puede ser ambas cosas a la vez.
El presidente Donald Trump inauguró una tercera categoría: la ética del ilusionismo, una nueva dimensión en la que nunca se sabe bien para donde van las cosas, no se entiende si la palabra final es la dada o los hechos la superan. Y todo puede acontecer, desde la abducción a un dictador (repitan conmigo las izquierdas: dic-ta-dor) hasta conflictos fuera de la hoja de ruta. El juego de lo imprevisible dentro de lo cotidiano. No conocíamos ese talante. Se aprende siempre.
En algún momento creí (en el fondo lo sigo haciendo) que un buen traductor del pensamiento en bruto del presidente Donald Trump era Marco Rubio. Con él imaginé recorrer el camino de la democratización real en Venezuela. Hiper conocido por todos los americanos del continente, más aún por los hispanos, gran senador y hábil cabeza del departamento de Estado. Cuando fusionó “poder” (a lo Henry Kissinger) con el Consejo de Seguridad Nacional bajo su paraguas, pensé: cartón lleno. Inclusive en la conferencia de Seguridad en Múnich se dio el lujo de darle una lección a los europeos (eternamente endogámicos) para mostrarles que el problema de seguridad -de ellos- tenía coordinadas de choque de civilizaciones inevitable. Lo saben de memoria los europeos, pero entre culpas colonizadoras y obtención de mano de obra barata (por fuera del sistema formal) han dejado pasar todo y ahora viven entre mezquitas que miran con recelo, amenazas de violencia por doquier y alienación por todos lados. Cada uno construye su futuro en base al pasado que supo (o no) enmendar.
Días atrás Marco Rubio hizo una interpretación de la actuación norteamericana en Venezuela por parte de Estados Unidos que fue cojitranca. Ya no era la velocidad que se exige por parte de los venezolanos; ya no eran los plazos que se requieren para sacar al país del agujero pútrido en el que está; ya no se puso fecha para un acto electoral legitimador de una nueva era, sino que se arrancó con justificaciones de tiempo y coyuntura. (Ganó la dictadura -una vez más- en ese juego de estirar y estirar). Ni que hablar de las cifras que se refieren del negocio del petróleo que no son reales. Más patético aún son los turbios encargados de encolumnar el nuevo proyecto petrolero en el país: unos nombres que vienen “quemados” y sin respetabilidad alguna. Ya, al propio presidente Donald Trump se le había dicho varios meses antes (en reunión con las empresas extractoras) que el tema del petróleo en Venezuela es complejo, que se requieren imprescindibles garantías a procesar previo a cualquier operación y que, sin certidumbre jurídica, nada se puede hacer. Todo se sabe y magia no hay en estos menesteres. Y quienes en ellos actúan, deberían saber que comprometen su prestigio y que todo en algún tiempo se conocerá públicamente. No se juega con los pocos recursos que tiene un país en la situación en la que está Venezuela. No se hace eso.
¿En serio cree alguien que con la familia Rodríguez se puede instrumentar algún acuerdo racional, honesto y creíble? ¿Quién fue el genio que apostó por esta gente y sigue estirando la agonía con ellos? ¿Hay algún dictador que terminó bien sus ejercicios o la regla es la repulsa y la lapidación histórica? Sobran ejemplos, y los Rodríguez saben que solo juegan a ganar horas y a ir colando ingenierías nunca democráticas a contra reloj. Ellos deberían estar con Nicolás Maduro: son lo mismo, o un poco peor inclusive, lo traicionaron y ahora son proyanquis de forma repugnante. “Inmorales” sería condecorarlos con una calificación pobre que no se ajusta a la miseria profunda de los personajes.
Realmente resulta insólito que el gobierno norteamericano que lee correctamente la geopolítica global con China, que marca a Europa en donde le duele (y con razón, aunque sea objetable el estilo del reproche) no entienda que con nuestro continente es otro el proceder que se requiere. ¿Siempre somos el patio trasero?
A Estados Unidos le sale bien -circunstancialmente- el actual peregrinar en el continente americano porque el cansancio con las izquierdas produce reacciones de derecha, pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Este continente es veleidoso y nada es para siempre. Los pueblos pendulan. Por eso Estados Unidos debería pensar en el mediano plazo: América para los americanos, pero no solo para los del norte, para todos, y ser líder continental es no solo tener la billetera para apalancar momentos de crisis económica en estos suelos, sino replicar el sueño de los padres fundadores de la tierra del norte hacia todo el sur. Eso sería lo ético.
George Washington, Tomas Jefferson y James Madison son la matriz por replicar. Lo que tiene Estados Unidos como esencia de pesos y contrapesos democráticos que lo mantienen vivo hasta hoy, siendo modélico para buena parte del mundo, es lo que también anhelamos todos los americanos. No corresponde tener americanos de segunda en este continente. Si el norte pudo, el resto también debería ir en el mismo tren.
El presidente Donald Trump podría asumir que, si democratiza a Venezuela, Cuba y Nicaragua, logra el mojón histórico más extraordinario que se puede anhelar en este lado del mundo. Y esa acción no puede dilatarse, los tres escenarios están a punto de caramelo. Si solo es “negocios” la cosa, en pocos años el recuerdo del presidente Donald Trump se diluirá, como tantos recuerdos que en poco tiempo son la nada misma. Si en cambio termina con estas dictaduras oprobiosas, obliga al reconocimiento eterno (hasta de adversarios que lo odian furiosamente). No entiendo como no le hacen ver semejante evidencia y la oportunidad que tiene entre sus manos.
No sé quién la habla al oído en estos temas al presidente Trump, pero el que lo hace lo hace mal. Este es el momento histórico para avanzar o seguir dejando a esas tierras enterradas en el inframundo. ¿O no se advierte que los tres países tienen problemas severos y van rumbo a mayor decadencia, máxima corrupción y eterna violación de los derechos humanos?
Repito: ¿Quiere ser el presidente Donald Trump un ejemplo y una referencia para los demócratas del continente o solo es un pasante más de los tantos que solo hablaron, prometieron y dejaron todo igual que siempre? ¿No era que él era distinto a Barack Obama dialogando con los cubanos y no concretando nada? ¿Qué sentido tuvo meter en prisión a Nicolas Maduro dejando a su pérfida socia en el poder y al mismo séquito de cleptócratas haciendo peor las cosas con los venezolanos? ¿No hay nadie que le diga la verdad a Donald Trump o le hacen creer que estamos en el siglo pasado y que el colonialismo aún existe?