Bésame mucho: entre chalecos, cámaras y cachetes

noviembre 1, 2026

Charlie Black a quien no se le escapa una sola tortuga

Chico La Raya

Desde que asumió la cartera del Interior, «Peaky Blinders» Negro ha aparecido en cuanta menesunda policial se haya mostrado por televisión.

El canoso exfiscal mantiene, además, un rigurosísimo criterio de vestimenta, digno de un vestuarista de televisión. Alterna finos trajes, siempre impecables, con pañuelos cuidadosamente combinados y, cuando la situación lo amerita, un perfecto sport fino: ropa al tono, camperitas tipo polo y unos Ray-Ban del posta, posta… de esos comprados en Estados Unidos.

Nada parece quedar librado al azar. Ni siquiera el vestuario.

Otra de las particularidades de Charlie Black es el cariño, casi desbordante, que profesa por todos los presentes en las escenas del crimen.

No deja cachete sin besar.

Desde el primero hasta el último de los policías, pasando por los funcionarios, la gente que anda por ahí y las vecinas que se acercan a curiosear. Y, si lo dejaran, seguramente hasta les daría un beso a los detenidos.

Amoroso, el canoso ministro.

También resulta admirable su devoción por estar presente. Su arrojo. Su entrega. Su capacidad para no perderse absolutamente nada.

¡No se le escapa una sola tortuga!

Está en todas.

Camiones blindados, anuncios de incautaciones de drogas, operativos policiales, detenciones, conferencias de prensa y explicaciones de todo tipo para justificar los deslices de su gestión.

Pero la última perla del collar de Negro merece un capítulo aparte: la presentación pública de chalecos antibalas, con diez policías utilizados como modelos para exhibirlos, en un acto que pretendió revestirse de especial trascendencia.

He visto, desde el retorno de la democracia, ministros del Interior de todos los colores, estilos y capacidades.

Incluso recuerdo aquella pintoresca aparición de Daisy Tourné a caballo, encabezando una marcha policial.

Pero organizar una movida pública, con convocatoria a los medios de comunicación, para mostrar chalecos antibalas constituye una extravagancia difícil de superar.

Porque los chalecos antibalas son parte del equipamiento habitual de la Policía. Como lo son los zapatos, las armas, los gorros o las cachiporras.

Son herramientas de trabajo. Elementos de protección que el Estado tiene la obligación de proporcionar a sus funcionarios.

No son un acontecimiento extraordinario ni un logro ministerial que merezca semejante despliegue escénico.

La gestión de un Ministerio del Interior debería medirse por sus resultados: la reducción de los delitos, la prevención, el esclarecimiento de los crímenes, la seguridad de los ciudadanos y las condiciones de trabajo de los policías.

No por la cantidad de cámaras que acompañan al ministro ni por la prolijidad con que combina sus pañuelos.

Mucho menos por la espectacularidad de una ceremonia para exhibir elementos que deberían formar parte de la dotación normal de cualquier efectivo.

Solo espero que esta creciente vocación de broadcasting de Charlie Black no termine convirtiendo cada obligación administrativa del Ministerio en un acontecimiento televisivo.

Porque, a este paso, cualquier día nos convocan a una conferencia de prensa para anunciar que llegaron los zapatos nuevos de la Policía.

Eso sí: con el ministro impecablemente vestido, los Ray-Ban a mano y un beso para cada uno de los presentes.

 

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