Eduardo Fazzio
Hace poco escuché al historiador José Rilla formular una crítica al balotaje que me dejó pensando: la segunda vuelta obliga a las corrientes de opinión de una sociedad plural a alinearse en dos bloques, trasladando la lógica binaria al conjunto de la competencia política.
Su observación va más allá: una política organizada alrededor de dos bloques forzados a enfrentarse termina premiando a los jugadores más aguerridos, a quienes mejor erigen al adversario en amenaza.
Treinta años después de la reforma de 1996, la observación de Rilla me deja dos reflexiones: si el balotaje ha dividido la política en dos bloques, tal vez existan mecanismos constitucionales más sanos para articular mayorías; y, mientras no haya una alternativa mejor, ¿tiene sentido profundizar nosotros mismos esa división, fusionando partidos que todavía pueden aglutinar electorados diversos?
Mi hipótesis es que no. Sospecho que ese cierre reflejo de filas, nacido de la propia frustración electoral, puede terminar jugando a favor de aquel al que se pretende derrotar.
El balotaje no inventó la polarización uruguaya, pero el sistema electoral estimula ciertas conductas: una competencia siempre reducida a dos termina favoreciendo, durante los cinco años de gobierno, conductas de bloque que agudizan esa división.
Cuando tres tercios se volvieron dos mitades
La reforma no nació de una inquietud abstracta, fue hija de las circunstancias. Después de la elección de 1994, que había dejado al sistema dividido en tres tercios, Sanguinetti instaló la reforma electoral entre sus prioridades: ya en diciembre de aquel año, recuerda Alberto Volonté, le planteó al futuro presidente introducir el balotaje. El crecimiento del Frente modificaba el viejo equilibrio entre blancos y colorados. En 1999 el mecanismo funcionó como se esperaba: Vázquez ganó octubre y la convergencia del electorado tradicional le permitió a Batlle ganar en noviembre.
El asunto no es discutir retrospectivamente aquella decisión, sino examinar sus efectos treinta años después.
¿Hay que revisar entonces el balotaje? Creo que sigue siendo una herramienta valiosa, pero sus efectos merecen revisarse. Existen alternativas electorales que merecerían examinarse, aunque ninguna está exenta de riesgos propios.
No tensionar más los dos bloques
El balotaje cumplió su propósito inicial: en 1999 la convergencia de los partidos tradicionales derrotó al Frente Amplio. Pero lo que vino después no estaba determinado.
La derrota que siguió al gobierno de Lacalle Pou generó frustración, y esa frustración indujo a algunos dirigentes a cerrarse en bloque antes que abrirse: a elegir homogeneizarse y fusionarse en lugar de ensancharse. Esa reacción puede iniciar una espiral autoinfligida, porque achica la propia frontera de expansión y termina favoreciendo al Frente que se pretende derrotar. La autonomía colorada busca romper ese círculo.
Por tanto, no creo que haga falta esperar una nueva reforma constitucional: existe una posibilidad disponible ahora mismo, dejar de profundizar políticamente una división que el propio sistema electoral ya ha favorecido, y preservar dentro del espacio no frenteamplista una diversidad suficientemente vigorosa como para recuperar el centro y permitir que las mayorías vuelvan a modificarse.
Un partido capaz de tender puentes
Ahí la autonomía del Partido Colorado y una redefinición contemporánea del batllismo adquieren una función que excede la supervivencia de un partido.
Un Partido Colorado autónomo, liberal en las libertades, social en su sensibilidad, reformista y progresista sin subordinación a la izquierda, puede constituirse en un partido puente: un espacio capaz de recibir electores moderados que difícilmente pasarían directamente hacia una oferta que perciban como conservadora.
Si el Frente monopoliza la identidad de «la izquierda», un bloque único enfrente queda identificado como «la derecha» — y un votante desencantado con el Frente, pero reacio a votar a la derecha, se queda dónde está. El Frente además ofrece un degradé interno que va de posiciones de izquierda a opciones moderadas; el espacio no frenteamplista tiene esa misma diversidad, más repartida entre partidos. Fusionarlos arriesga perder justamente lo que permite hablarles a públicos distintos.
El riesgo no es solamente dejar de conquistar votantes moderados del Frente: una identidad no frenteamplista cada vez más homogénea puede también expulsar sensibilidades liberales o progresistas que todavía permanecen en los partidos tradicionales. La elección de 2024 dejó una señal: entre octubre y noviembre el Frente sumó unos 140.000 votos, mientras la suma de los partidos que apoyaron a Delgado perdió alrededor de 40.000. El fusionismo podría entonces no sólo impedir crecer, sino reducir la propia base que pretende consolidar.
Juntarse no siempre es crecer
Quienes defienden fusionar antes de octubre razonan así: si de todos modos se termina votando juntos en noviembre, mejor juntarse ya. Aunque omiten que un acuerdo entre dirigentes no significa que la gente lo acepte mecánicamente — como ya ocurrió en noviembre del 24.
El fusionismo ofrece una hipotética ventaja de coordinación; la autonomía, una ventaja de expansión. La cuestión decisiva es cuál necesita hoy el espacio no frenteamplista: no alcanza con consolidar la imposición de un programa único, hay que atraer para crecer.
Octubre distribuye bancas; en noviembre se vuelve a elegir
Un Partido Colorado renovado que crezca hacia el centro no solo recupera votos en octubre: crece también sobre los votantes que en noviembre vuelven a decidir sin seguir lo que indiquen los partidos. Un ciudadano del Frente puede votar colorado en octubre y volver en noviembre si la alternativa le resulta demasiado distante — retenerlo es tan decisivo como haberlo captado, y eso no ocurrió, sobre todo en el Interior.
Esto no significa que todos debamos ser de centro: el problema empieza cuando para afirmarse hay que convertir al otro en enemigo. Ni alcanza con derrotar al Frente por un voto: un sistema saludable exige que, gane quien gane, necesite atravesar el centro para gobernar.
No hagamos este sistema electoral más rígido de lo que él mismo exige. Si queremos una mayoría diferente, no nos limitemos a juntar mejor a quienes ya están de este lado: disputemos a quienes todavía están del otro.
Preservar un partido abierto y democrático
La autonomía colorada importa como punto de partida, pero un Partido Colorado encerrado sobre sí mismo puede quedar igual de comprimido entre los dos polos. El desafío es usar esa autonomía para ensancharlo: reconstruir una identidad batllista contemporánea capaz de captar electores moderados y, sobre todo, retenerlos cuando llegue noviembre.
La misma lógica vale hacia adentro del partido: necesitamos preservar la competencia interna que permite renovar dirigentes e ideas. Superponer las internas con la elección nacional, como se ha propuesto, no las fortalecería: las enterraría con lujo bajo el ruido de la elección mayor. Mantenerlas separadas permite que compitan propuestas distintas y que nuevas generaciones encuentren su puerta de entrada.
Cuanto mayor sea ese electorado de frontera que el Partido Colorado consiga atraer, mayor será su peso sobre la mayoría alternativa: un candidato que lo necesite para ganar tendrá que ofrecerle una propuesta donde permanezca, y contar con él también para gobernar después.
Preservemos la pluralidad, utilicemos la autonomía para construir un Partido Colorado capaz de crecer hacia el centro. Ésa es la función contemporánea del no fusionismo: en lugar de impedir una mayoría, ensancharla. El desafío consiste en conseguir que puedan cruzar quienes todavía están del otro lado.