Gustavo Risso Singlan
Aquel 4 de octubre de 1828 quedó grabado en nuestra historia como el día en que se ratificó la Convención Preliminar de Paz, el documento fundamental que dio nacimiento al actual Estado Oriental del Uruguay. Tras decenas de años de sangrientos combates entre las Provincias Unidas y el Imperio del Brasil por el control de la Cisplatina, la diplomacia internacional impuso su voluntad en el Río de la Plata.
En el centro de este ajedrez político se alzaba la figura de Lord Ponsonby. El astuto enviado británico, consciente de los intereses comerciales de la Corona y de la necesidad de un comercio libre en el estuario, presionó incansablemente a ambas potencias. Su estrategia fue brillante: crear un estado tapón, una República Independiente que pusiera fin a la guerra y garantizara la paz en la región.
Mientras las delegaciones extranjeras firmaban el destino de la nueva nación, los líderes orientales asimilaban el nuevo escenario con recelo y pragmático optimismo.
Juan Antonio Lavalleja, el aguerrido jefe de los Treinta y Tres Orientales que había jurado devolver la libertad a su tierra, observaba el nacimiento institucional con la firmeza que lo caracterizaba, sabiendo que el liderazgo militar debía transformarse en conducción civil.
Por otro lado, Fructuoso Rivera, con su enorme carisma y su profunda influencia sobre los habitantes de la campaña, vislumbraba ya el complejo desafío de pacificar y gobernar un territorio fragmentado.
Aquel comienzo del octubre del 28, las armas finalmente callaron. La mediación británica y el sacrificio de los caudillos locales convergieron en un pacto histórico, transformando la antigua Provincia Oriental en una patria soberana.
El esfuerzo de Lavalleja y Rivera dieron luz al Uruguay.
Como dijera Morosoli :
«Oh Don Frutos… Oh Don Juan :
Qué grandes hombres han sido, que han pasado 200 años y seguimos hablando de vos otros»