Política nacional

Traición

Jorge Nelon Chagas

Resulta que el secretario de Presidencia, Alejandro Sánchez, planteó la posibilidad de que los uruguayos puedan participar en el paquete de acciones de las empresas públicas. Y un grito, lanzado desde las catatumbas de la ultraizquierda ortodoxa, resonó en los cielos: ¡TRAICION! ¡TRAICION! ¡TRAICION! ¡QUIEREN PRIVATIZAR LAS EMPRESAS PUBLICAS!  Pero… ¿se trata realmente de vender las empresas públicas al capital extranjero transnacional? ¿O lo que está proponiendo realmente es que esas empresas continúen siendo propiedad del Estado, pero regidas por el derecho privado para que los particulares puedan adquirir acciones?

No puedo opinar si la propuesta de Sánchez es beneficiosa o no para el país. Tendría que estudiar más a fondo la misma. Sin embargo, es sorprendente la rápida reacción negativa de ciertos grupos radicales que no saben distinguir entre la venta de las empresas públicas (la privatización) y que las mismas operen bajo derecho privado, sin dejar de pertenecer al Estado. Esa no comprensión encierra un fanatismo cuasi religioso con respeto al papel del Estado, donde se ve todo blanco o negro. Sin matices.

Y he aquí un punto muy interesante. ¿En qué momento histórico la izquierda uruguaya se volvió estatista? Esta es una pregunta muy pertinente porque en el año 1931 la izquierda – socialistas y comunistas – votó en el Parlamento contra la creación de las empresas públicas. En realidad, fueron los partidos fundacionales quienes las crearon.

Los datos históricos indican que la defensa a ultranza de las empresas públicas por parte de la izquierda tuvo que ver, en primer lugar, con las experiencias del socialismo real donde el Estado fue el motor del desarrollo económico y en apariencia, logró crear una sociedad igualitaria. (En este punto coincido con la hipótesis que maneja el sociólogo Eduardo de León) Siempre recuerdo lo que me dijo una vez, un viejo amigo comunista: “Después de todo Stalin tomó a la Unión Soviética con el arado y la dejó equipada con la bomba atómica”

Es probable que exista otro aspecto, poco estudiado por la historiografía: la fundación a lo largo de las décadas 40 y 50 de los sindicatos de las empresas estatales. Un grupo de presión nada despreciable que, como es obvio, está hegemonizado por la izquierda y comprensiblemente, defienden a ultranza sus puestos de trabajo y beneficios.

Preguntas: ¿esta propuesta de Sánchez implica algún riesgo para los trabajadores de las empresas públicas? ¿Continúan o no siendo inamovibles como empleados públicos? ¿Pierden o no algún beneficio?

En fin… reitero: no puedo posicionarme a favor o en contra de esa iniciativa, aunque debo felicitar a Sánchez por el coraje de lanzarla al ruedo – sin temor a pagar precios políticos – para que la ciudadanía se informe, debata y tome posición.

No es poca cosa en un país huérfano de un debate político serio sobre el papel del Estado.

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