Algo más que creer en la democracia
César García Acosta
Me resulta conceptualizar qué piensan muchos colorados, sean o no batllistas, quienes a sabiendas que su voto era para una coalición a la que solo pueden afiliarse por ser colorados, hoy en vez de creer aún más en sus ideas y convicciones, se los nota perdiendo su idiosincrasia y hasta sus utopías, y glorifican a un caudillo ajeno como representante de una socialdemocracia que rechazan. No darse cuenta de que fuimos socios circunstanciales y convenientes, nos despojará de la reivindicación de nuestras ideas que parecen seguir estancadas en los principios de la guerra grande.
Es posible ser una coalición, tanto como cohabitar en el marco de un formato político que nos permita crecer. Si fuera así, el límite esta en nosotros mismos, y ese límite no es otro que el impuesto por la ideología y los intereses generales.
En lo personal las tradiciones no tienen que morir para que un nuevo tiempo sea posible, porque las tradiciones y sus objetivos, se conforman a partir de la unión de nuevas metas capaces de tener una individualidad y una historia propias, auténticas de un presente que, lejos de enterrar en el ostracismo una ideología, nos permita construir acuerdos y consensos con el solo fin de no desaparecer.
¿Qué sucedería si blancos, colorados, Cabildantes e independientes decidieran retornar solos a las urnas sin un proyecto común bajo el paraguas de una coalición? La respuesta es evidente: el Frente Amplio, con su coalición edificada, y su lógica gobernante, se encargaría de los destinos del país consolidando su perfil político que sobrecarga de costos al Estado, desacompasando su estructura de funcionamiento, perdiéndose la certeza en favor, por ejemplo, de alguna liquidez monetaria momentánea llegada mediante créditos caros, y subvenciones paraestatales con foco en organizaciones civiles que pasaron de un momento a otro de ser nada misma, a empresas influyentes en la economía real.
Decía Vaz Ferreira sobre la democracia que “lo más triste no es que los hombres de alma tutorial absolutista, dictatorial, ¡que son tantos!, combatan la democracia, sino que tengan el refuerzo de los desencantados… los desencantados de la democracia en general y los desencantados d eta democracia particular (generalmente la que existe y existió en el propio país). Los primeros abandonan la fe en la democracia en sí; los segundos conservan esa fe en una democracia teórica, ideal, pero para ellos ninguna organización real es o fue democracia”.
Sobre este concepto, que por cierto no es menor, Enrique Tarigo en un artículo del 9 de mayo de 1976 en el diario EL DÍA, decía que “no creemos que el desencanto por la democracia se deba, en muchos casos por lo menos, a que la democracia haya sido la fundada desde el punto de vista racional, y, tampoco creemos –una cosa como consecuencia de la otra- que habría bastado que –la democracia hubiera sido bien fundada racionalmente y predicada y enseñada así, para que el triste proceso de desencanto no hubiera sido posible.”
Insistía Tarigo, parafraseando a Stuart Mill, que “la democracia no es favorable al espíritu de veneración, y es que la democracia –y esto es precisamente lo que la distingue de todos los demás regímenes políticos- debe someterse a un cuestionamiento y a un desafío perpetuos”.
Siguiendo con esta lógica del pensamiento liberal y batllista –que no constituyen conceptos antagónicos, sostenía Tarigo que “en ese desafío y en esos cuestionamientos y especialmente en las épocas en que las dificultades se acrecientan, y como acontece en otros órdenes de la vida, -son muchos –en grado creciente- `los que se desencantan´, los que retroceden, los que huyen, los que incurren en apostasía. Y es que, en materia política también existen –siempre han existido- los hombres d época fe. Con ellos ninguna época ha contado para construir el provenir”.
Por eso ahora es la interna colorada y batllista la que debe preocuparnos y ocuparnos,
Las cuestiones del “relato”, especialidad de la izquierda intelectual, es la que retomará en breve el debate entre lo que es verdad y mentira.
Para no irnos demasiado atrás en el tiempo tengamos en consideración que tanto Jorge Batlle como Julio María Sanguinetti han impartido las ideas más nítidas del ser batllista y liberal, lo que ante todo supone por esencia y definición, ser declaradamente reformistas. Y las reformas son culturales, y como tales, van de abajo hacia arriba en el contexto de las simples cosas.
Como sostuvo en sus cuatro legislaturas la canciller Merkel “hay que hacer cosas; no podemos dejarnos cegar por la ideología”.