Artigas, los abuelos y el presidente desaparecido
Pablo Caffarelli
Junio tiene esas extrañas virtudes de obligarnos a mirar hacia atrás mientras todos están desesperados por mirar hacia adelante. Es el mes de Artigas, de los abuelos, de las bufandas, de los guisos y, este año, también del Mundial. Una combinación tan uruguaya que solo le falta una discusión sobre si el mate se lava antes o después del segundo tiempo.
Cada 19 de junio recordamos el nacimiento de José Gervasio Artigas, el hombre que imaginó una patria cuando todavía no existía un país. No es poca cosa. Hoy cualquiera funda un movimiento político con una cuenta de Instagram y dos asesores de comunicación. Artigas tuvo que hacerlo a caballo, entre invasiones, traiciones y guerras. Definitivamente jugaba en otra liga.
Por eso resulta curioso que desde hace décadas exista cierta incomodidad en algunos sectores de la izquierda con los símbolos patrios, las fechas nacionales y las tradiciones que nos recuerdan quiénes somos. Como si la identidad nacional fuera una reliquia que conviene archivar junto a las fotos viejas de la familia. Sin embargo, cada vez que llega junio, los uruguayos vuelven a encontrarse con Artigas. Porque hay figuras que pertenecen a todos y no admiten apropiaciones partidarias. Y porque muchos niños prometen y juran la bandera, y hay actos que también nos ayudan a refrescar la memoria.
Y hablando de pertenecer a todos, feliz día para nuestros abuelos.
Porque si Artigas fue el padre de la patria, los abuelos son los arquitectos silenciosos de la vida cotidiana. Son quienes levantaron hogares, educaron generaciones enteras, trabajaron cuando el trabajo era mucho más duro y construyeron el Uruguay que hoy transitamos. En una época donde todo parece efímero, ellos representan algo revolucionario: la permanencia.
Mientras las redes sociales duran veinte segundos y los escándalos políticos cuarenta y ocho horas, los abuelos siguen siendo el último refugio de la memoria nacional.
Claro que este año las celebraciones compiten con un rival difícil: el Mundial.
Porque cuando juega Uruguay, el país entero entra en una especie de suspensión temporal de la realidad. Las diferencias desaparecen, los problemas se postergan y durante noventa minutos todos somos directores técnicos, preparadores físicos y especialistas en táctica y estrategia.
En medio de esa fiebre mundialista apareció una de las noticias políticas más importantes de las últimas semanas: el presidente Yamandú Orsi anunció que iba a viajar al Mundial. Después anunció que no iba a viajar. Luego explicó que tenía demasiados asuntos importantes para resolver y que prefería quedarse trabajando. Finalmente canceló formalmente el viaje por razones de fuerza mayor.
Hasta ahí, todo razonable.
El problema es que los uruguayos seguimos intentando descubrir cuáles son exactamente esos asuntos tan urgentes que le impiden viajar y que, al mismo tiempo, tampoco generan noticias visibles sobre la marcha del gobierno.
La sensación es extraña. Como esos capítulos de series policiales donde todos hablan del protagonista, pero nadie logra verlo en pantalla.
Quizás esté gobernando intensamente. Quizás esté diseñando reformas históricas. Quizás esté resolviendo problemas estructurales. O quizás simplemente los periodistas aún no encontraron el mapa del tesoro.
Mientras tanto, varios jerarcas oficiales sí encontraron el camino hacia las sedes mundialistas. Lo cual demuestra una notable vocación de sacrificio institucional. Alguien tenía que representar al país entre partidos de fútbol, estadios de primer nivel y alguna caminata accidental por la playa. La patria exige esfuerzos que no todos están dispuestos a asumir.
Pero tampoco conviene ser injustos. Gobernar nunca fue fácil. Mucho menos en Uruguay, donde todos sabemos exactamente qué debería hacer el presidente, excepto cuando nos preguntan cómo hacerlo.
Por eso, entre el recuerdo de Artigas, el homenaje a nuestros abuelos y la ilusión de otra hazaña celeste quizás valga la pena rescatar una enseñanza sencilla.
Las naciones no se construyen solamente con discursos, decretos o campañas electorales. Se construyen con valores que atraviesan generaciones. Los mismos que defendió Artigas. Los mismos que transmitieron nuestros abuelos. Los mismos que aparecen cada vez que Uruguay sale a una cancha y once jugadores logran convencernos de que somos capaces de cualquier cosa.
Y si el Mundial sirve para algo más que distraernos durante unas semanas, tal vez sea para recordar que los grandes triunfos siempre exigen esfuerzo, liderazgo y rumbo claro.
Tres cosas que Artigas conocía bastante bien.