Eduardo Fazzio
Ayer me vino a la memoria cuando de niño nos llevaron con un primo a un velorio en la zona rural de Cerrillos, allá por el camino Veracierto. Llegamos en la caja de una vieja camioneta Studebaker verde, con mi tío Julio. Medio asustados. No recuerdo exactamente quién había fallecido, sí que los allegados se acomodaban en sillas alrededor de la casa, conversando entre ellos con circunspección y voces atenuadas. Pero sí evoco una frase que los mayores repetían y oí por primera vez: «No somos nada». Ayer, reflexionando sobre las consecuencias de las contradicciones que atraviesan al actual partido de gobierno, por alguna intrincada asociación me volvió aquel recuerdo de infancia y aquella sentencia: «no somos nada».
CRISIS DE ORIENTACIÓN FRENTISTA ¿Qué significa ser frenteamplista a mediados del 2026?
El Frente sostiene una fortaleza identitaria singular: historia y épica cultivadas y recientes, mística militante y una organización que sobrevivió a cuatro generaciones. Pero una identidad fuerte no garantiza una definición política igualmente clara.
El mayoritario MPP conserva su genealogía tupamara, pero hace tiempo dejó de ser una organización revolucionaria. Es hoy una fuerza pragmática, obligada a administrar el Estado, las restricciones, la inversión y que cada día sostiene un vínculo más amistoso con la economía de mercado. El Partido Comunista si bien mantiene una definición marxista, su gravitación efectiva aparece hoy más vinculada al movimiento sindical y más dependiente de una lógica corporativa que a un proyecto marxista de transformación social. Se llama comunista en los papeles, pero buena parte de su métier político pasa por otro lado.
Junto a ellos conviven socialistas, sobreviven socialdemócratas y sectores moderados que aceptan, con mayor o menor reticencia, el mercado y las reglas de la democracia liberal. No son poco importantes: funcionan como un contrapeso algo inorgánico que ayuda a compatibilizar al Frente con las limitaciones de un gobierno que no las tiene todas consigo.
Todos se declaran frenteamplistas. Lo difícil es desentrañar qué significa hoy, ideológica y programáticamente, aquello que todos dicen ser.
Claro que diversidad no es nueva. El Frente ya era profundamente heterogéneo en 1971. Por aquel entonces esa diversidad desembocaba en un proyecto reconocible: reforma agraria, nacionalización de la banca y hasta del comercio exterior, fuerte intervención estatal. Se podía estar radicalmente en contra o a favor, pero no había demasiadas dudas de por dónde iban los tiros.
Hoy ocurre algo diferente. Los documentos doctrinarios nos siguen hablando de izquierda, transformaciones productivas y críticas al neoliberalismo. No obstante, en la oferta programática asoman la apertura económica, la inversión extranjera, la productividad y la eficiencia estatal. Cuando se pasa al momento de gobernar aparecen la demanda de ajustes presupuestarios, las impostergables necesidades de crecimiento, la inversión privada; el pragmatismo inevitable de administrar un país real. Un baño de realidad indisimulable.
El desencuadre aparece cuando la distancia entre estas capas empieza a dificultar una respuesta sencilla a la pregunta inicial, y a filtrar el desencanto y la insatisfacción popular.
En 1971 las diferencias desembocaban en una dirección pactada y explícita. Durante los anteriores gobiernos frentistas en la autoridad recaía en última instancia en sus líderes. Hoy, enfrentados a una feudalización interna, desembocan cada vez más en una y otra negociación.
Y esa negociación no ocurre solamente antes de gobernar. Se instala como un estribillo dentro del gobierno, de sus ministros y tendencias.
El MPP intenta administrar pragmáticamente sin perder su identidad histórica. El Partido Comunista y los sectores sindicales reaccionan sincronizadamente desde otra lógica. Los moderados, instalados en el Ministerio de Economía, pero sin peso político propio, procuran mantener las decisiones dentro de márgenes económicos y políticos posibles. Cada uno necesita del otro para conservar la mayoría, pero cada avance de uno puede convertirse en una dificultad para los demás.
Ahí emerge un problema que va más allá de la mera diversidad: la indefinición por negociaciones y trabas internas empieza a ser al mismo tiempo causa y consecuencia de las dificultades y morosidad del gobierno. Cuanto más se negocia, más difícil resulta producir una dirección reconocible. Y cuanto menos reconocible es esa dirección, mayor puede ser la insatisfacción de quienes esperaban del gobierno cosas distintas y concretas.
El votante de izquierda que esperaba las profundas transformaciones puede encontrar demasiado pragmatismo y superficialidad. El moderado que esperaba gestión puede encontrar demasiadas pujas, concesiones y parálisis. El mundo sindical puede sentir insuficiente la respuesta a sus demandas.
En tanto, quienes no votaron al Frente observan un gobierno cuya energía parece consumirse como una velita en la madrugada, administrando sus propias contradicciones. Cada sector se decepciona por una razón distinta, y esa dispersión del descontento, los enojos inocultables, son en sí mismos los síntomas de la falta de una dirección definida.
El desgaste de la gestión ya alcanza a una parte considerable y diversa del propio electorado frenteamplista, tanto a radicales como a moderados. Sería simplista atribuirlo enteramente a esta contradicción, que a veces no es de ideas sino fundamentalmente de intereses, pero también sería ingenuo pensar que las dificultades para definir una orientación común no tienen consecuencias adversas sobre la capacidad de gobernar.
Se forma así un círculo pernicioso: la heterogeneidad obliga a preservar una síntesis amplia que albergue a todas las fracciones; esa amplitud dificulta definir una dirección; la dificultad de dirección enlentece o tranca al gobierno; el trancazo genera insatisfacción; y esa insatisfacción fortalece las demandas de los distintos sectores que vuelven a tensionar la síntesis. Por tratar de dejar contentos a todos, no se satisface a nadie, ni en el círculo de militantes ni en la masa de adherentes.
La unidad mítica, la que le permitió llegar al poder en cuatro ocasiones, puede así terminar desnaturalizada en una versión complaciente, convirtiéndose, en determinadas circunstancias, en una restricción para gobernar.
LA CAMISETA DE LA UNIDAD Y EL REAL DE SAN CARLOS La camiseta común de la unidad permanece en última instancia, aunque haya severas contradicciones de vestuario entre los jugadores. La pertenencia a un equipo con intereses sectoriales y visiones contradictorias comienza a explicar más que el contenido de las proclamas.
El Frente tiene una identidad electoral y afectiva formidable. Probablemente esa sea una de sus mayores fortalezas. Pero también se obliga a permitir que concepciones políticas diferentes sigan conviviendo sin resolver hasta el final sus contradicciones, porque hacerlo podría poner en riesgo aquello que las mantiene juntas. «Somos distintos, pero no podríamos sobrevivir separados», podría resumir una contradicción que obliga a preservar la unidad aun cuando esa misma unidad complique la definición del rumbo.
Que las prioridades electorales de 2024 se presentaran en el Real de San Carlos ofrece una metáfora involuntaria. La anacrónica plaza de toros es una arquitectura monumental a la que el tiempo le fue asignando funciones diferentes de aquellas para las que originalmente fue concebida. Algo parecido puede cuestionarse sobre una identidad política: ¿hasta qué punto se puede cambiar lo que ocurre adentro mientras la fachada remozada oculta el vacío o los desentendimientos internos?
«No somos nada» sería, naturalmente, una caricatura si significara que el Frente carece de historia, ideas o programa. Innegablemente tiene mucho de todo eso. La paradoja es otra: es muchas cosas distintas a la vez, que necesitan continuar llamándose una sola cosa y cuya necesidad de seguir juntas entorpece y dificulta las decisiones sobre qué hacer.
¿Y POR LAS CASAS CÓMO ANDAMOS? Sería demasiado confortable terminar ahí. Aunque a todos los uruguayos nos afecta el trancazo y la impericia de quienes nos gobiernan.
Quienes observamos estas contradicciones frentistas desde el Partido Colorado tenemos una cuenta pendiente anterior: no dejar de preguntarnos qué somos nosotros.
Nuestra historia tampoco es lineal. La Lista 15 con sus tendencias, de donde muchos venimos, particularmente con Jorge Batlle incorporó una crítica al dirigismo y una mayor valoración del mercado; el pachequismo heredero del triunfo electoral del General Gestido, por otro camino, una sensibilidad más conservadora. Después de la dictadura volvieron a convivir esas sensibilidades liberales con otras social-liberales, republicanas y reformistas —una discusión que nunca quedó completamente resuelta.
No estamos, sin embargo, ante el mismo problema que el Frente. Mientras allí la identidad sobrevive a fuerza de absorber una heterogeneidad creciente, en el Colorado existía una tradición diferenciadora que simplemente dejó de expresarse con claridad. No hace falta preservar una síntesis para mantenernos juntos: hace falta discutirla para volver a reconocernos. Y el Partido Colorado no tiene derecho a reclamar esa representación amplia, meramente porque alguna vez haya formado parte de su historia. Tiene que volver a ganársela, ensanchando su alcance y cuestionándose no solo las formas, sino también las orientaciones y los mecanismos de funcionamiento.
Ahí aparece el sentido de defender las elecciones internas en cualquier escenario: no como un procedimiento para elegir candidatos, sino como el procedimiento que permita decidir qué partido se quiere conducir; y que quién lo conduzca sea el resultado y la consecuencia visible. Renunciar de antemano a una identidad diferenciada, fruto de un sistema democrático abierto, sería resolver esa discusión antes de darla. También significaría continuar arrinconados en el mero antifrentismo y condicionados por el estilo opositor de un Partido Nacional con una tradición política notoriamente más conservadora.
El Frente necesita preservar la síntesis para preservar su unidad. El Partido Colorado necesita discutir su síntesis para recuperar su identidad. Porque no podemos esperar que nos voten por lo que no somos.
EL TIEMPO DE LOS PUENTES Tal vez esté empezando un tiempo en que las identidades partidarias ya no coincidan tan naturalmente con lo que sus votantes piensan y sienten.
Un frenteamplista puede advertir que ciertas formas de corporativismo, determinadas concepciones del Estado o algunas respuestas económicas ya no lo representan. A su vez, un colorado puede no sentirse plenamente expresado por una orientación predominantemente liberal-conservadora.
Los realineamientos, individuo a individuo, empiezan antes de que cambien los votos: comienzan cuando alguien se pregunta si el lugar donde está sigue correspondiéndose con lo que cree.
Pero ese proceso no ocurre solo. Los tiempos culturales no amanecen con la regularidad del sol; a veces hay que construirlos o reorientarlos, parafraseando a Luis Batlle.
El desafío del Partido Colorado consiste en discutir una propuesta democrática, participativa y orgánica, a la cual alguien pueda querer llegar, no en esperar que algunos votantes abandonen al Frente por su desgaste —eso sería delegar en ellos una tarea nuestra.
La política va a necesitar ofrecer rumbos claros y anticipados, con objetivos de gobierno reconocibles. Para construir acuerdos entre diferentes visiones, primero tienen que existir diferencias reconocibles entre y dentro de los partidos, más allá de las personas y de la asfixia digital del coacheo y el marketing. Para tender puentes interiores y con los ciudadanos tienen que existir orillas reales y visibles.
Tal vez aquella expresión que escuché de niño en Cerrillos sirva entonces como provocación para todos.
«No somos nada» deja de ser una reflexión frente a la muerte para convertirse en una pregunta política. O, quizás, en una incitación a la rebeldía: hacer que lo que creemos ser vuelva a coincidir con lo que pensamos, proponemos y hacemos.
Volver a ser no significa volver atrás. Significa recuperar esa correspondencia y una identidad que invite a participar de una democracia madura.
Después de tanto «no somos nada», tal vez haya llegado el tiempo de volver a ser.