Eduardo Fazzio
El desafío del Partido Colorado para los próximos años es volver a crecer. Y no solamente por nosotros: el espacio no frenteamplista necesita que recuperemos electores a los que el Partido Nacional no llega. Una mayoría nueva será mayor si sus componentes consiguen expandirse. Ante quienes han sugerido una fusión entre blancos y colorados, la réplica es si esa estructura ayudaría a crecer o terminaría achicándolo. Quienes impulsan esa integración recurren a un antecedente: el Partido Comunista y el Partido Socialista fundaron el Frente Amplio, conservaron sus organizaciones y continúan existiendo. Pero vale la pena mostrar qué suerte corrieron los fundadores que ingresaron desde posiciones menores y cuánto electorado conservaron.
LA EXPERIENCIA DEL FRENTE AMPLIO La fotografía de 1971 lo ilustra. El FIDEL (PC) reunió un tercio de los votos del nuevo Frente Amplio y, junto al PS, la izquierda marxista histórica alcanzaba alrededor del 45%. El PDC de Juan Pablo Terra representaba un 20%, mientras las corrientes provenientes del Partido Nacional superaban el 23%. El contingente de origen colorado encabezado por Zelmar Michelini y Hugo Batalla rondaba el 10%. Michelini contribuyó a la convocatoria, pero su corriente no ocupó el centro de gravedad electoral.
La evolución posterior resulta ilustrativa. El PDC, con unos 61.000 votos y Terra electo senador, obtuvo en 1984 un solo diputado. El espacio de Enrique Erro, con unos 70.000 votos en 1971, dejó de existir. El Movimiento Blanco Popular y Progresista de Rodríguez Camusso terminó rebautizado tras la dictadura como Movimiento Popular Frenteamplista.
La 99 aporta el matiz necesario. Tras el asesinato de Michelini, Hugo Batalla reconstruyó ese espacio como Partido por el Gobierno del Pueblo y en 1989 dejó el Frente Amplio junto al PDC para crear el Nuevo Espacio: cerca del 9% nacional, dos senadores y nueve diputados. Mostró que la autonomía era recuperable, aunque cinco años después el espacio se fragmentó. Batalla se aproximó al Partido Colorado e integró la fórmula con Sanguinetti; Rafael Michelini continuó con el Nuevo Espacio, cuya trayectoria desembocó en el actual Espacio Socialdemócrata Amplio. En 2024 fue primer suplente de Constanza Moreira en una lista al Senado encabezada por Óscar Andrade.
Las trayectorias fueron distintas, pero dejan una enseñanza común: la preservación de una organización política no garantiza conservar un electorado. Dentro de una estructura común aparecen nuevas pertenencias e incentivos que pesan más que cualquier garantía estatutaria. LA ASIMETRÍA IMPORTA Esta experiencia merece considerarse ante un lema común entre blancos y colorados. Este constituiría un partido a efectos electorales, con autoridades, carta orgánica, programa y candidatura presidencial única. La competencia que hoy se desarrolla dentro de cada partido se trasladaría a esa estructura, debilitando el mecanismo con que cada colectividad moviliza militantes y renueva liderazgos.
La asimetría de partida es considerable. En octubre de 2024 el Partido Nacional obtuvo
655.426 votos y el Partido Colorado 392.592. A eso se suma una implantación territorial mucho mayor: en 2025 el Partido Nacional ganó directamente trece intendencias y un candidato nacionalista una decimocuarta, Salto, bajo el lema Coalición Republicana, presentado solamente en Montevideo, Canelones y Salto. A ello se agrega la gravitación de Luis Lacalle Pou. El Partido Colorado ingresaría, por tanto, en minoría, con restricciones propias más allá de las intenciones de quienes diseñen el acuerdo.
Ya existe un antecedente parcial. En las departamentales de 2025, en Montevideo Martín Lema obtuvo 291.291 votos y Virginia Cáceres 39.422; en Salto, Carlos Albisu reunió 36.664 y Marcelo Malaquina 14.229. En Salto la Coalición Republicana obtuvo la Intendencia y la
candidatura colorada conservó una votación relevante dentro del lema común. Sin embargo, el sector de Malaquina anunció en abril de 2026 su alejamiento de la gestión, alegando falta de participación en la construcción política del gobierno. Una experiencia no establece una tendencia, pero muestra que conservar una expresión electoral dentro del lema común no elimina la asimetría entre sus componentes.
LOS INCENTIVOS TAMBIÉN CONSTRUYEN PARTIDOS En los departamentos ese fenómeno sería especialmente intenso. Donde el candidato blanco tenga posibilidades ciertas de ganar la Intendencia y el colorado parta muy atrás, será racional para un dirigente colorado con aspiraciones de edil, diputado o intendente acercarse al primero. Esa relación construirá compromisos, recursos y votos que incidirán en las sucesivas candidaturas a Diputados y en los alineamientos nacionales. Repetido en varias elecciones, podría modificar profundamente el centro de gravedad partidario.
A esto se agrega una diferencia poco discutida: el tiempo electoral de un dirigente no siempre coincide con el tiempo histórico de un partido. Para quien debe resolver su candidatura en la próxima elección, una estructura común puede tentarlo con oportunidades inmediatas: acercarse al mejor posicionado, aumentar sus posibilidades de integrar gobierno o acceder a espacios que un Partido Colorado debilitado quizá no pueda ofrecerle. Una decisión perfectamente racional para la carrera política individual puede resultar perjudicial para la supervivencia electoral de su partido. No hace falta atribuir intenciones mezquinas a nadie: los incentivos personales de corto plazo y las necesidades partidarias de largo plazo pueden divergir.
El Partido Colorado tiene que mirar más lejos. Una colectividad con historia debe preguntarse dónde quiere estar dentro de diez o veinte años. Si acepta una arquitectura que reduce los incentivos para construir votos, candidaturas y liderazgos propios, puede ir perdiendo aquello que asegura su continuidad. Los dirigentes deben resolver legítimamente su futuro político; la conducción partidaria debería asegurar también el futuro del partido y que nuevas generaciones encuentren en él un espacio desde el cual disputar poder y representar ideas.
Dentro de un eventual lema común, las corrientes blancas seguirían girando en torno a sus intendencias y liderazgos. Las coloradas podrían terminar compitiendo entre ellas por relacionarse mejor con ese centro de poder. Cuando para crecer personalmente resulta más conveniente acercarse al polo mayor que hacer crecer al propio partido, la autonomía empieza a vaciarse antes de desaparecer jurídicamente.
VOLVER A CRECER La autonomía colorada adquiere así un sentido más ambicioso que preservar una identidad. Un Partido Colorado en reconstrucción puede volver a disputar electores, ofrecer una alternativa liberal y social diferenciada, formar nuevos dirigentes y reconstruir presencia territorial. Puede llegar a octubre con votos propios y converger en noviembre en una mayoría más amplia. Para construir una mayoría nueva necesitamos aumentar los sumandos antes de preocuparnos por asegurar la suma.
La evolución del PCU dentro del FA ofrece el contraste adecuado: ingresó en 1971 con unos
100.000 votos, una organización militante y una identidad ideológica consolidada. Su supervivencia muestra cuánto puede preservarse una organización dentro de una construcción mayor; para el Partido Colorado, en cambio, resulta más instructivo observar a quienes ingresaron con menor fortaleza. Ya hemos visto cómo les fue.
El Partido Nacional ya representa un espacio propio; nuestra tarea es reconstruir un electorado colorado y una razón política diferenciada para representar a quienes no representa. El Partido Colorado tiene una tradición reformista que puede recuperar si confía en su capacidad de crecer. La cuestión decisiva excede entonces la garantía de que podamos seguir llamándonos colorados: consiste en que dentro de veinte años siga siendo necesario construir votos, dirigentes y poder colorados. Nuestro aporte a una nueva mayoría será mayor si llegamos a
ella como un partido que volvió a crecer que si conseguimos lugares dentro de una estructura que aprendió a prescindir de nosotros.