El síndrome Arbeleche y el arte de los renders

septiembre 20, 2026

Pablo Caffarelli

Querido Gabriel, calmemos los nervios. Entiendo perfectamente que la primavera de 2026 arrancó pesada y que ver la camarita de Leo Sarro apuntándote al rostro como un dedo acusador no ayuda a la digestión de la tarde en el Parlamento. Pero irse de mambo con un periodista, retirarse picado y tirarle un «¡lo que acabas de hacer es de mala fe!» porque te insinuó que tu modelo económico se parece soslayadamente al de Azucena Arbeleche es, como mínimo, un derroche inútil de teatro.  El problema, estimado ministro, no es el celular encendido de Sarro. El problema es la calculadora. Y, sobre todo, el espejo.

Convengamos en algo: estar al frente del Ministerio de Economía y Finanzas cuando los números del primer semestre no cierran ni con fórceps debe ser una tarea bastante ingrata. Es complejo mantener la pose de tecnócrata refinado cuando las proyecciones de crecimiento económico arañan apenas un tímido 1,6% y los actores privados les dan la espalda a tus pronósticos. Esa obstinación casi religiosa por cumplir una meta fiscal que ya no tiene asidero lógico empieza a parecerse a la maniobra de un piloto que insiste en que estamos planeando suavemente mientras los pasajeros ven salir humo denso del motor izquierdo.

Lo de Sarro en el fondo fue casi un piropo des intencionado. Te comparó con Arbeleche, la ministra que le entregó a esta administración un país macroeconómicamente ordenado, con la inflación domada y las cuentas públicas dentro del carril tras capear una pandemia y una sequía feroz. Ojalá tuviéramos hoy aquella disciplina. En lugar de eso, nos encontramos atrapados en esta versión del Frente Amplio que prometía una refundación próspera y, por ahora, solo nos está entregando una colección de ministros con los nervios de punta y las cejas fruncidas.

Pero lo tuyo, Gabriel, es solo el reflejo en miniatura de un problema mayor: el gobierno de Yamandú Orsi sigue sin arrancar. Llevan más de un año y medio en la Torre Ejecutiva y el país parece congelado en una suerte de standby contemplativo. El puerto parece una escenografía posapocalíptica abandonada a su suerte, la inseguridad registra números que hacen temblar a cualquiera en la parada del bus y el tan anunciado plan de movilidad metropolitana es, hasta el momento, una bellísima exposición de renders interactivos. Cero acciones, pero hermosos gráficos en tres dimensiones con Buses BRT futuristas y paradas digitales, mientras el vecino de la periferia sigue esperando un ómnibus que nunca llega y que cuando llega demora una hora y media en hacer 30 kilómetros.

Es fascinante la arquitectura del relato oficial. Nos vendieron un cambio de rumbo histórico para terminar descubriendo que el plan económico se reduce a copiar la planilla Excel de la coalición anterior, solo que, ejecutada con menos eficacia, más déficit acumulado y un mal humor llamativo en las conferencias de prensa.

Por eso, Gabriel, la próxima vez que un cronista te pregunte si tu modelo es un copy-paste de la administración pasada o qué esperanza le queda al trabajador golpeado que gana 25 mil pesos, no lo persigas por los pasillos al grito de «¡vení, vení!». Respira hondo. La culpa no es del cronista ni de sus preguntas fuertes. La culpa es haber heredado una casa con los cimientos sólidos, el jardín podado y la caja ordenada, para terminar, descubriendo que la gestión propia consiste en ver cómo se descascara la fachada mientras el presidente sigue diseñando maquetas.

Si la estrategia oficial va a ser gobernar a base de animaciones en 3D y chispazos temperamentales, avisen con tiempo. Al menos nos compramos pop y lo miramos más relajados hasta que la gente cambie el gobierno.

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