Hay que confiar en quienes somos
Eduardo Fazzio
APOSTAR A LA RIQUEZA OPOSITORA, NO A LA DILUCIÓN Los partidos nuevos solo necesitan proponer. Los partidos históricos enfrentan un problema distinto: renovar su legitimidad sin resignar la riqueza opositora que aportan sus identidades ideológicas y simbólicas. Desplazar al Frente Amplio del gobierno depende precisamente de eso. Durante el siglo XX los partidos podían pedir crédito por lo que habían hecho. En el siglo XXI tienen que hacerlo por lo que son capaces de volver a realizar.
En Uruguay, hoy, esto se aplica a tres frentes a la vez. Al gobierno del Frente Amplio, que arrastra una gestión que no ejecuta, más dependiente de equilibrios corporativos que de resultados. A la idea, contraproducente a mi juicio, de una Coalición Republicana convertida en lema único para octubre, que promete fuerza y en los hechos disuelve las diferencias que hacen creíble a una oposición. Y al propio Partido Colorado, que necesita mostrar con hechos —no con historia heredada— que tiene algo propio para ofrecer.
Quisiera exponer este punto de vista con la mayor consideración hacia quienes piensan distinto o aún mantienen dudas sobre este tema. El Partido Colorado necesita discutir estas cuestiones con libertad. Con ese ánimo están escritas estas líneas.
POR QUÉ NO SOY FUSIONISTA No soy fusionista y rechazo el lema común electoral de un frente opositor para las elecciones de octubre. No lo soy porque creo que esa estrategia no incrementa las posibilidades de desplazar al Frente Amplio del gobierno ni fortalece las propuestas alternativas. Por el contrario: se hace desaparecer del escenario nacional una corriente de pensamiento, una sensibilidad política y una determinada manera de entender el lugar del Uruguay en la región y en el mundo. Esa corriente queda subordinada o diluida en tradiciones políticas ajenas, más alejadas de esa tradición liberal, republicana y socialdemócrata que informó al batllismo dentro del Partido Colorado y que forma parte de la identidad del Uruguay. Una idea que aquí y allá se nos reclama como abandonada, y que nosotros mismos deberíamos cuidar de preservar. Al menos, los colorados que queremos seguir en ella.
EL ERROR DE LA COMPARACIÓN Se suele invocar el ejemplo de las democracias parlamentarias más estables del mundo para justificar que ir con un lema único a las urnas es lo que «hacen las sociedades más avanzadas». La comparación no resiste el detalle: en esas democracias los partidos compiten separados, con sus propias listas, y solo después de la elección negocian gabinete y programa de gobierno. Ninguna vota bajo un lema conjunto antes de competir. Confundir coalición de gobierno con fusión electoral no es un matiz — es usar el prestigio de un modelo para respaldar algo que ese mismo modelo no hace.
Hay una idea que circula en más de un ámbito partidario y que no se sostiene a sí misma: que profundizar en las diferencias «destruye», y que por eso hay que dejarse de embromar y votar juntos. Pero si las diferencias no importan lo suficiente como para discutirlas en público, tampoco alcanzan como argumento para decir por qué hace falta fusionarse. Son las dos caras del mismo error.
LA LÓGICA ELECTORAL DE LA DIVERSIDAD La diversidad también tiene una lógica electoral. Cuanto más amplia sea la oferta antes de la elección, mayor será la capacidad de representar distintos tipos de descontento. La competencia entre partidos no solo ordena la representación; también obliga a cada uno a perfeccionar sus ideas y sus candidatos. Un lema único elimina ese estímulo competitivo. La cooperación entre partidos tiene sentido después de que los ciudadanos definen el peso de cada uno. La pluralidad opositora no es un obstáculo para ganar; es una condición para ampliar la base electoral.
La experiencia electoral de 2024 aporta un dato que merece atención. En octubre, los partidos que hoy integran la coalición reunieron alrededor de 1,14 millones de votos. En noviembre, la candidatura común obtuvo entre treinta y cuarenta mil menos, y unos 140 mil más la del Frente Amplio. No prueba por sí sola una relación causal, pero sí desmiente la idea de que concentrar la oferta electoral garantice sumar adhesiones.
El razonamiento es, en el fondo, elemental: un lema único achica la oferta, les da margen a esos espacios marginales, y deja un tendal de votos huérfanos que el Frente Amplio puede terminar capturando. Las consecuencias parlamentarias son concretas: un lema nacional único en octubre hace mucho más difícil retener bancas de diputados colorados y debilita las chances de conservar senadores. En el límite, puede llevar a la extinción electoral del propio Partido Colorado, entregándole de paso la mística batllista al Frente Amplio como su único heredero visible.
CON RESPETO, PERO SIN RODEOS Vale la pena decirlo con el respeto que merece: cuando un senador nacionalista llama a que blancos y colorados dejen de «embromar» y voten unidos rumbo a 2029, habla desde una lectura desacertada de cómo derrotar al Frente Amplio. Esa es precisamente la lectura que este texto discute: la fuerza opositora no se construye licuando la oferta, se construye multiplicándola.
El Frente Amplio ya cataloga al Partido Colorado de funcional, de servil al Partido Nacional — y un lema fusionador le daría la razón. Lo que está en juego es un pie de igualdad y de respetabilidad frente a cualquier espacio de la oposición, sostenido no en símbolos ni en historia heredada, sino en la fortaleza concreta de propuestas y candidatos actuales.
EL BATLLISMO Y SU LEGITIMIDAD Durante un siglo el batllismo se legitimó gobernando. Hoy necesita hacerlo antes de gobernar, demostrando que todavía puede producir respuestas actuales para los problemas del presente. La historia reciente del Partido Colorado ofrece un ejemplo elocuente de ese problema. El gobierno de Jorge Batlle llegó con una agenda de modernización que no logró desplegar plenamente. Las ideas no desaparecieron: se difundieron, y terminaron identificadas con otro partido, no con el que las puso sobre la mesa primero. Tener razón antes que nadie no alcanza si la idea no se concreta a tiempo.
Hay una paradoja que conviene traer a cuento. Durante buena parte del siglo XX, el batllismo liberal y republicano encontró resistencia tanto en sectores de la izquierda como en buena parte del pensamiento nacionalista conservador. Que hoy esa doble presión termine convergiendo sobre la misma conclusión constituye una ironía política difícil de ignorar: que el Partido Colorado haya abandonado o que agüe esa tradición. Paradójicamente, unos procuran apropiarse de parte de ese legado; otros promueven una integración electoral con el Partido Colorado, cuyas realizaciones siempre combatieron y de las que en gran medida aún reniegan.
TRES PREGUNTAS, UN PLATO ¿Es un partido de ideas o de cargos? ¿Mira hacia adelante o vive de la nostalgia? ¿Construye una propuesta propia o necesita apoyarse en el prestigio ajeno? ¿Está ganado por una fiebre cerrada, que lo reduce a definirse más por aquello a lo que se opone que por las ideas que propone?
El encanto de un buen plato está en la diversidad de sus ingredientes, cada uno reconocible. Licuados todos juntos, lo que era apetitoso deja de serlo. Fusionar partidos bajo un mismo lema hace eso: no suma el atractivo de cada parte, hace irreconocible el aporte de cada uno. Y el asunto va más allá de un cálculo de bancas hipotéticas que se habrían ganado juntos —es un riesgo hacia adelante: cuanto más se homogeneiza la oferta, más votantes la rechazan. Menos votos en octubre, no más.
Mantener la diversidad puede convencer también a quien hoy vota al gobierno y ya no lo reconoce en sus resultados, sin pedirle que reniegue de lo que creyó — no con una réplica de lo ya conocido, ni con una oposición que solo sabe estar en contra, sino mostrando que su propio pensamiento, puesto al día, tiene un lugar.
EL CAMINO QUE ELEGIMOS Hay tres caminos que no elegimos. El museo: vivir del prestigio del pasado. La abdicación: renunciar a una tradición intelectual propia para adoptar otra ajena. La subordinación: aceptar que el futuro depende del liderazgo de otro partido. Ninguno de los tres conduce a la renovación del batllismo. La vigencia no se hereda; se construye.
Ningún partido vive indefinidamente de haber tenido razón una vez. Los partidos sobreviven cuando siguen produciendo futuro, no cuando administran su pasado. La vigencia la renuevan las ideas; la historia apenas concede prestigio. Si el Partido Colorado quiere volver incidir en la conducción del país, primero tiene que demostrar que todavía puede ayudar a pensarlo. Ese es el camino que debemos recorrer.