Cuando las prioridades están mal definidas, el interior lo paga
Ramiro Rossi
Hoy elijo escribir como cualquier hijo de vecino. Como alguien que no pudo irse a estudiar a la capital porque los recursos no alcanzaban. Cuando uno termina el bachillerato en el interior, no elige entre mil opciones: elige dentro de lo que hay en su departamento.
En Salto miramos la oferta pública: Universidad de la República o terciarios en UTU. Y aun así, las carreras técnicas han estado siempre en la mira para cerrarse por “falta de recursos”.
Pero la pregunta es simple: ¿de verdad faltan recursos? ¿O las prioridades están mal? Mientras el gasto en educación baja del 4,8 % al ~3,8-4,2 % del PIB hacia 2029, en el interior el ajuste se siente más fuerte. Hoy peligra la carrera de Maestro Técnico en Salto. Se achica la oferta con la excusa de siempre: no dan los números, hay que bajar el déficit. En octubre de 2025, en el Parlamento se votó una partida única de 200 millones de pesos para ampliar la sede Salto de la Udelar. Era solo la mitad del dinero necesario; la otra mitad ya estaba ahorrada por la propia directiva. No estamos hablando de un disparate. Estamos hablando de aulas para una sede pensada para 3.000 estudiantes, que hoy tiene cerca de
8.000 inscriptos y unos 5.500 alumnos activos. Solo para 2026 hubo alrededor de 1.200 nuevos ingresos. El edificio quedó chico hace rato.
La moción fue presentada por Pablo Constenla. Horacio De Brum votó a favor. Álvaro Lima votó en contra por disciplina partidaria. Además, 48 diputados del Frente Amplio, 2 de Cabildo Abierto y 1 del Partido Independiente votaron en contra, impidiendo que se tratara la partida.
Después de eso, que Álvaro Lima mejor siga con Valija Viajera. Cuando hubo que defender la educación en Salto, no estuvo. Y es justo decirlo: no coincido con todas sus ideas, pero de los diputados de Salto, el único que mostró una preocupación real por la reducción de la oferta educativa es Horacio De Brum.
Ahora bien, ¿para qué hay dinero?
Para mandar una delegación de más de 100 personas a China y gastar medio millón de dólares, la plata está.
Para enviar 22 delegados a Ginebra, Suiza —uno de los países más caros del mundo— a entregar un informe, la plata está.
Para fiestas de entes públicos —como los 6,4 millones de pesos que gastó el BSE el año pasado—, la plata está.
(No mencioné más fiestas de fin de año porque si no, no termino más la columna).
Para comprar la estancia María Dolores por 33 millones de dólares, aún no operativa como se previó, también la plata estaba.
Entonces la pregunta vuelve: ¿no hay plata… o no hay para lo que importa?
¿Cuántas aulas se podrían construir con esos montos?
¿Cuántas carreras técnicas se podrían sostener?
¿Cuántos gurises del interior podrían seguir estudiando?
Mientras tanto, otros presentan proyectos como el del senador Carlos Camy para regular las rifas estudiantiles, poniendo más controles y condiciones para los viajes de fin de curso. O sea, para que los estudiantes junten plata parece que sí hay energía regulatoria. Para ampliar aulas en el interior, no.
Hoy parece que nadie se indigna por todo esto. En las redes, la polis del siglo XXI, se defiende y se critica como si esto fuera Nacional o Peñarol. Pero esto no es fútbol. No es mi equipo contra el tuyo. Es lo que está bien y lo que está mal, venga de donde venga.
Y al final, el reconocimiento verdadero es para los que están dentro del aula haciendo lo que pueden con lo que tienen. Cualquiera que haya estudiado una carrera técnica sabe las dificultades: falta de materiales, herramientas que no son las últimas, laboratorios ajustados. Y aun así, ahí están. Porque ahí es donde se gesta la mayor inversión de un país.
Pero bueno, hasta que no le toque a un hijo, a un hermano, a un amigo cercano o a un familiar… quizás ahí se pregunte:
¿De verdad a nadie le enoja todo esto?