Cuando los adultos no alcanzan

octubre 26, 2026

Ricardo Acosta

Camila apareció. La adolescente de 15 años que había desaparecido en Paysandú fue encontrada con vida y en buenas condiciones en Argentina. La Policía uruguaya y las autoridades argentinas trabajaron de forma coordinada hasta localizarla. Uruguay activó por primera vez la Alerta Amber y Argentina hizo lo propio con la Alerta Sofía. El desenlace fue el que todos esperábamos. Ahora toca mirar todo lo que quedó detrás de esa búsqueda.

Camila había desaparecido el viernes 16 de octubre. La investigación condujo hasta un hombre de 37 años, conocido por el entorno familiar, que fue localizado junto a ella en una vivienda de la provincia de Buenos Aires. El hombre quedó detenido e imputado por presunta trata de personas con fines de explotación sexual. La investigación continúa y todavía hay hechos que la Justicia debe esclarecer.

Según las declaraciones de la fiscal argentina, el contacto entre ambos se habría mantenido mediante Free Fire, un videojuego, y WhatsApp. El vínculo habría continuado incluso después de que el hombre fuera apartado de la vivienda familiar. También se informó que le habría pedido a Camila que tirara su teléfono al río para evitar que la encontraran. Si algo deja claro este caso es que las relaciones que los adolescentes construyen en internet pueden esconder riesgos que los adultos ni siquiera imaginan.

Pero sería demasiado fácil culpar a un videojuego. Detrás de una pantalla hay personas, intenciones y vínculos. La pregunta no es qué juego utilizaba Camila, sino quién era el adulto que estaba del otro lado y cómo llegó a ocupar un lugar semejante en su vida.

Y hay otra pregunta, bastante más incómoda: ¿cómo llegó ese hombre a entrar en la casa de la familia? ¿Qué relación tenía con sus integrantes? ¿Qué ocurrió durante su presencia allí? ¿Qué sabían los adultos y qué pasó después de que fuera apartado?

No tenemos todas las respuestas. La investigación sigue abierta y no corresponde atribuir responsabilidades que todavía no fueron establecidas. Pero eso no impide plantear una discusión sobre la responsabilidad de quienes tenemos hijos a cargo.

La patria potestad no puede entenderse solamente como un derecho. También implica obligaciones de cuidado y protección. Ser padre de un adolescente no significa vigilar cada movimiento, leer cada conversación o impedirle tomar sus propias decisiones. Eso sería imposible y tampoco sería una forma saludable de criar. Pero entre controlar cada paso y suponer que está todo bien hay una distancia enorme.

¿Conocemos realmente a las personas con las que hablan nuestros hijos? ¿Sabemos qué aplicaciones utilizan, con quién juegan y qué vínculos mantienen cuando están encerrados en su habitación? ¿Advertimos cuando algo cambia en su conducta? ¿O nos conformamos con saber que están en casa y creemos que eso alcanza para mantenerlos a salvo?

En Uruguay solemos decir que nos conocemos todos. Somos un país pequeño, compartimos conocidos, amistades y círculos sociales. Pero conocer a alguien no significa saberlo todo sobre esa persona. Tener referencias de alguien tampoco garantiza que conozcamos sus intenciones. A veces confiamos porque alguien llegó recomendado, porque frecuenta nuestro entorno o porque nunca tuvimos motivos para desconfiar. ¿Cuánto sabemos realmente de las personas a las que abrimos la puerta de nuestra casa?

En el caso de Camila también se informó que había dejado de concurrir al liceo después de sufrir burlas por su aspecto físico. Es un dato que no debería pasar inadvertido. El acoso escolar puede afectar profundamente a un adolescente y dejarlo más expuesto a quien le ofrezca atención, afecto o una salida a lo que está viviendo. Si un adulto utiliza esa vulnerabilidad para manipularlo, la responsabilidad es del adulto. Pero como padres también tenemos que preguntarnos cuánto escuchamos, cuánto advertimos y cuántas veces minimizamos el sufrimiento de nuestros hijos porque creemos que son cosas de la edad.

No sabemos todavía qué ocurrió en cada etapa de esta historia ni qué conocía cada integrante de la familia. Por eso, no se trata de condenar a los padres de Camila desde afuera. Se trata de aceptar que el entorno familiar también merece preguntas y que la protección de un menor empieza mucho antes de que intervenga la Policía.

El Estado, por supuesto, tiene sus propias responsabilidades. La primera activación de la Alerta Amber en Uruguay fue un paso importante, y la coordinación con Argentina permitió localizar a Camila. Ese trabajo merece reconocimiento. Pero la experiencia también dejó una cuestión pendiente: la alerta no llegó a todos los celulares y el sistema de notificaciones masivas todavía estaba en implementación. Si una herramienta busca movilizar a la población ante la desaparición de un menor, su alcance y rapidez importan. Habrá que mejorar lo que sea necesario para que esté preparada cuando vuelva a hacer falta.

La familia, los centros educativos y las instituciones tienen responsabilidades distintas. Ninguno puede reemplazar por completo al otro. Tampoco podemos pretender que exista un sistema capaz de anticipar todos los riesgos. Pero sí podemos exigir mejores herramientas y, al mismo tiempo, revisar nuestras propias conductas.

Camila apareció. Es lo más importante. La investigación deberá determinar qué pasó, qué buscaba el hombre detenido y si hubo otras personas involucradas. Mientras tanto, hay una pregunta que no corresponde dejar exclusivamente en manos de la Justicia.

Los que somos padres de adolescentes, ¿estamos haciendo todo lo que podemos? ¿Escuchamos de verdad o preguntamos por cumplir? ¿Conocemos su mundo o creemos conocerlo porque vivimos bajo el mismo techo? ¿Sabemos cuándo darles libertad y cuándo intervenir?

No hay una receta para criar hijos ni padres que hagan todo bien. Pero reconocerlo no nos exime de revisar lo que hacemos. La confianza es necesaria, aunque no debería convertirse en indiferencia. La libertad también lo es, pero tiene que ir acompañada de presencia, diálogo y límites.

La búsqueda de Camila terminó con una noticia feliz. Ojalá la investigación permita aclarar lo ocurrido y que ella pueda recuperarse lejos de la exposición pública. Para los demás, queda una oportunidad que no deberíamos desperdiciar: preguntarnos qué podemos hacer mejor antes de que una situación llegue a este extremo.

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