Lo que somos y lo que viene

octubre 26, 2026

Kim Gómez Parentini

La identidad no se negocia. Los acuerdos se construyen. El futuro se gobierna.

Hay momentos en que la política tiene que dejar de preguntarse cuánto poder tiene y empezar a preguntarse para qué lo quiere.

Porque una cosa es llegar al gobierno y otra, muy distinta, es saber gobernar. Una cosa es ganar una elección y otra es construir un proyecto capaz de interpretar su tiempo, responder a la sociedad y preparar al país para lo que viene.

En 2011 escribí Aprontá tu corazón. En 2014, Lo que somos. No había inteligencia artificial que nos ayudara a pensar ni máquinas capaces de procesar conocimiento. Había ideas, convicciones y la necesidad de poner en palabras aquello que sentíamos.

El mundo cambió. Pero hay preguntas que siguen siendo las mismas: ¿quiénes somos?, ¿qué defendemos?, ¿qué estamos dispuestos a construir con otros?

Y saber quiénes somos es el primer paso para comprender hacia dónde queremos ir.

Somos republicanos, liberales, humanistas, igualitarios, racionales y pragmáticos. Creemos en la libertad, en la razón y en la capacidad del ser humano para transformar su realidad. Nuestra identidad no es una fotografía del pasado. Es una manera de mirar el presente y actuar sobre él.

Ser fieles a Batlle no significa repetir sus respuestas, sino asumir sus preguntas y sus principios frente a los desafíos de cada época.

Y hoy enfrentamos un cambio de época.

La inteligencia artificial, el conocimiento y la tecnología están transformando el trabajo, la educación, la producción y la relación entre los ciudadanos y el Estado. Pueden abrir oportunidades extraordinarias, pero también profundizar desigualdades y concentrar poder.

La diferencia no la hará solamente la tecnología. La harán las decisiones políticas.

Gobernar ya no puede consistir únicamente en administrar lo existente. Gobernar es anticiparse, comprender los cambios y preparar a la sociedad para que el progreso llegue a las personas. Necesitamos un Estado más inteligente, ágil y transparente, capaz de innovar sin deshumanizar sus decisiones.

El Batllismo tiene una tradición desde la cual abordar este desafío, la confianza en la razón, la educación, la ciencia, la libertad y el progreso humano. Pero esa tradición solo tendrá sentido si somos capaces de convertirla en respuestas para el siglo XXI.

¿Una coalición para gobernar o una coalición que sepa para qué gobierna?

Esta es una de las grandes preguntas de nuestro tiempo político.

Las coaliciones son una herramienta legítima para construir mayorías y gobernar sociedades diversas. Compartir una familia ideológica, permite encontrar afinidades más allá de las fronteras partidarias. Pero compartir una familia no significa pensar exactamente lo mismo.

Con el Partido Nacional tenemos una larga historia de acuerdos y desacuerdos. Podemos compartir principios republicanos y democráticos y al mismo tiempo, mantener diferencias sobre el Estado, la economía y las políticas públicas. Reconocerlas no debilita los acuerdos, los hace más honestos.

Una coalición no puede ser solamente una suma electoral, una distribución de cargos o un mecanismo para impedir que gobierne otro. Necesita propósitos compartidos, reglas claras, diálogo y resultados. No solo una coalición para ganar.

La ideología y la gobernanza no son lo mismo, pero tampoco pueden vivir separadas.

La ideología nos dice qué sociedad queremos construir y qué principios defendemos. La gobernanza nos obliga a transformar esas ideas en decisiones, políticas públicas y resultados concretos.

Una puede perderse en las abstracciones. La otra puede reducirse a una administración sin rumbo.

La política necesita de ambas.

Gobernar con otros exige negociar, establecer prioridades y aceptar que no todas nuestras propuestas serán las que finalmente se apliquen. Pero también exige saber cuáles son las convicciones que orientan nuestra participación.

No se trata de imponer todo. Tampoco de resignar todo. Se trata de distinguir entre aquello que podemos acordar, aquello que debemos mejorar y aquello que dejaría de hacernos ser quienes somos.

Ya compartimos una experiencia de gobierno. Es tiempo de examinarla con honestidad, reconocer sus aciertos y aprender de sus dificultades. Las señales de alerta que aparecen en algunos lugares, merecen atención. La lealtad a un proyecto no puede confundirse con la indiferencia ante los errores.

Si queremos que una coalición tenga futuro, debe ser capaz de corregir, mejorar y ofrecer respuestas. Porque la inercia nunca fue una buena idea de país.

En Aprontá tu corazón escribí sobre la bandera que lleva a pie. Sobre el militante que pone sus convicciones, su tiempo y su esperanza al servicio de una causa. Sigo creyendo en eso.

Los partidos no son solamente sus dirigentes, sus cargos ni sus resultados electorales. Son también las personas que participan porque creen que la política puede mejorar la vida de los demás. Les debemos coherencia.

La identidad no se demuestra únicamente en los discursos. Se demuestra en la conducta, en el respeto por las instituciones, en la capacidad de reconocer los errores y en la disposición a defender los principios incluso cuando resulta incómodo.

Una coalición democrática debe permitir que cada identidad aporte, sin disolverse, a un propósito compartido.

El Uruguay necesita acuerdos, pero acuerdos con contenido, responsabilidad y futuro. Necesita partidos capaces de dialogar sin renunciar a sus convicciones, gobernar sin creerse dueños del poder y competir sin convertir al adversario en un enemigo.

Y necesita una política que comprenda que el poder no es un fin en sí mismo, sino una responsabilidad frente a la sociedad.

No sabemos cómo serán los partidos dentro de veinte años ni hasta dónde llegará la inteligencia artificial. Pero sí sabemos qué preguntas no podemos dejar de hacernos. Quiénes somos, qué defendemos, qué debemos cambiar y qué Uruguay queremos dejarles a quienes vienen detrás.

No se trata de elegir entre la identidad y el futuro. Se trata de llevar nuestra identidad al futuro.

Somos Batllistas. Somos republicanos. Somos parte de una historia que nos compromete y de un país que todavía tiene mucho por construir.

No estamos para administrar nostalgias ni para sobrevivir a fuerza de acuerdos. Estamos para pensar, proponer, corregir y transformar.

Porque la política que no se atreve a imaginar el futuro termina siendo prisionera de su pasado.

Aprontá tu corazón. El futuro no espera.

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