El cierre de Patricia, un pedazo de Lavalleja que se apaga

agosto 24, 2026

Tabará Viera

Minas se quedó sin fábrica. Y con ella, Lavalleja se quedó sin una parte de su historia. La semana pasada, Fábricas Nacionales de Cerveza confirmó lo que todos temíamos: el cierre definitivo de la planta que durante casi noventa años produjo la cerveza Patricia. Cincuenta y nueve trabajadores hoy en el seguro de paro, y detrás de ellos, familias enteras, comercios, proveedores, toda una trama social que se sostenía, en buena medida, gracias a esa fábrica.

Para entender lo que se pierde hay que entender lo que se construyó. Todo empezó en 1892, cuando un grupo de visionarios descubrió en las sierras de Minas una fuente de agua de una pureza excepcional. Ahí nació Salus. Y en 1936, la misma empresa decidió dar un paso más: instalar una cervecería y maltería junto a esa fuente. Así nació Patricia, una cerveza que, con el paso de los años, se transformó en símbolo de Lavalleja y en orgullo de todos los uruguayos.

Salus fue, durante más de un siglo, una empresa nacional, arraigada al territorio, parte de la identidad minuana. Eso cambió en el año 2000, cuando la compañía fue adquirida por dos multinacionales: la francesa Danone, que se quedó con el agua, y la brasileña AmBev, que se quedó con la cerveza. Desde entonces, la producción de Patricia quedó en manos de un gigante regional, con decisiones que ya no se toman en Minas ni en Montevideo, sino en Brasil.

Esto no es un hecho aislado. Ya en 2024 esta misma planta había anunciado su cierre, y por entonces se logró revertirlo. Pero la reapertura fue apenas una tregua. Dos años después, la historia se repite, y esta vez parece ser definitiva.

¿Por qué cierra la fábrica? La empresa habla de competitividad. Dice que compite con veinte millones de litros de cerveza que entran desde Argentina y Brasil a bajo costo, que tiene más del cincuenta por ciento de capacidad ociosa, que producir en Uruguay le resulta cada vez más caro. Y en eso hay una parte de verdad que no podemos negar: somos un país caro para producir, con costos de energía altos, con una carga tributaria pesada, y con un sindicalismo que, muchas veces, en lugar de acompañar a la industria en sus dificultades, la atemoriza y termina ahuyentando la inversión.

Porque así funciona el mundo de hoy. Los capitales son líquidos, se mueven rápido, y no esperan. Si un inversor se asusta, no viene. Y si ya está instalado y algo lo asusta, se va. No hace falta que cierre una fábrica de un día para otro: alcanza con que la sume, gradualmente, a la lista de operaciones que no valen la pena en un país determinado. Eso es lo que pasó acá, primero hubo avisos, síntomas claros, y ahora en 2026, a un año y medio de un gobierno que no atina a dar buenas señales se produce el cierre.

La responsabilidad no es solo de la empresa ni solo del sindicato. Durante dos meses hubo negociaciones tripartitas, con el Ministerio de Economía, el de Industria y el de Trabajo sentados en la mesa. Y el resultado fue el mismo: la fábrica cierra igual. Eso habla de un gobierno que llegó tarde, que no tuvo sobre la mesa una propuesta lo suficientemente fuerte como para torcer una decisión que, según trascendió, ya estaba tomada de antemano en Brasil, pero siempre hay posibilidades de encontrar los estímulos para enderezar una situación. Lamentablemente tenemos un gobierno pasivo frente a un proceso de desindustrialización que no empieza ni termina en Minas.

Porque esto no es un caso aislado. Es un mensaje. Cada cierre de fábrica en el interior repite el mismo patrón: una empresa que dice que no puede competir, un Estado que llega después de la decisión, trabajadores que quedan en el medio, y un pueblo que pierde una parte de sí mismo. Minas ya lo vivió con Salus y con Patricia. Otras ciudades del interior lo han vivido con otras industrias. Y si no cambiamos las condiciones de fondo, lo vamos a seguir viviendo.

Todos en ese departamento lo dicen con una palabra sencilla y honesta: tristeza. Tristeza porque generaciones enteras de minuanos trabajaron ahí, porque Patricia es parte de la identidad del departamento, y porque esta vez no hay reapertura a la vista.

Desde el Senado, y desde mi departamento vecino, digo con claridad: no alcanza con lamentar. Uruguay necesita revisar en serio sus costos de producción, su carga tributaria, y el clima de relacionamiento laboral, si de verdad queremos que la industria del interior sobreviva. Porque cada fábrica que cierra no es solo una noticia económica. Es un pedazo de nuestra historia que se apaga.

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