“¡Son todos comunistas, señor Heber!”
Eduardo Irigoyen García
El arte de etiquetar al otro se ha vuelto moneda corriente en el debate público. Basta con que una persona se ubique apenas un paso a la izquierda del centro para que, en cuestión de segundos, sea tildada de comunista. Del mismo modo, cualquier moderado, liberal o conservador que no comulgue con el interlocutor de turno es automáticamente facho, retrógrado o enemigo del pueblo.
Este mecanismo, tan cómodo como reaccionario, se ha instalado en las redes sociales, en los portales de noticias y hasta en las charlas de café. Pero su ligereza no debería ser inocua: oculta una pereza mental que empobrece la democracia y, lo peor, banaliza el dolor ajeno.
El 14 de agosto se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Líber Arce, un joven de 28 años que militaba a tiempo completo en la Unión de Juventudes Comunistas y estaba inscripto en varias facultades, no tanto para estudiar como para desarrollar tareas de agitación y propaganda.
Era, como tantos, una persona con ideales —erróneos para nosotros—, pero, ante todo, un hijo que ayudaba a sus padres en un puesto de feria. Una vida. Un ser humano.
Los hechos ocurrieron en agosto de 1968. El país vivía bajo Medidas Prontas de Seguridad. El MLN-Tupamaros había secuestrado a Ulises Pereyra Reverbel y el gobierno había allanado varios locales universitarios en busca de posibles pistas. La FEUU dispuso que estudiantes de distintas facultades se congregaran en la Facultad de Veterinaria para una «operación relámpago»: cortar la calle, reclamar presupuesto y exigir el levantamiento de las medidas de excepción.
Avanzaban por la calle General Prim cuando se toparon con un vehículo policial. Bajaron tres agentes, entre ellos el oficial Enrique Tegiachi Brenes, un joven que también era estudiante. Hubo tumulto, empujones, miedo. Tegiachi cayó al suelo y fue rodeado. Desenfundó una pistola calibre .22, fuera de reglamento, y, en un segundo de pánico, disparó. La bala alcanzó a Líber Arce en la parte posterior de la pierna izquierda, seccionó la arteria femoral y, dos días después, murió en el Hospital de Clínicas.
La Justicia de la época —que no era comunista— procesó al oficial por homicidio.
Sabemos mucho de Líber Arce, pero poco y nada del policía que hizo el disparo.
Corresponde preguntarse: ¿qué sintió Tegiachi, ese muchacho rodeado y agredido en medio del caos? ¿Por qué disparó su arma dos veces cuando los estudiantes estaban desarmados?
Dos familias uruguayas quedaron rotas: la de un joven que salió a protestar y volvió en un cajón; la de un policía que salió a garantizar el orden y cuya vida quedó marcada por un instante de terror.
JUSTIFICAR LO INJUSTIFICABLE Con el paso de los años, la muerte de Líber Arce ha sido reducida a una caricatura por parte de algunos opinadores anticomunistas. Algunos dicen —lo leí y hasta lo debatí en las redes— que Líber Arce “jugó con fuego y se quemó”; otros, más delirantes, hablan de un autoatentado por el simbolismo de su nombre.
Se cuestiona si era un “estudiante eterno”, si militaba en tal o cual facultad, si era un agitador profesional. Pero ¿acaso eso cambia lo que pasó?
Ningún proyecto político, ninguna consigna, ninguna bandera justifica que una vida termine así. La verdadera tragedia no se mide en ideologías, sino en el latido que se detiene y en el vacío que deja.
La violencia y las tragedias humanas no pueden justificarse por el rendimiento académico de una víctima ni por su dedicación a la causa comunista.
Fue una desgracia que nos marcó a todos.
Ojalá podamos mirar este pasado con más empatía hacia las vidas perdidas y haya menos dedos acusadores.
EL MISMO MECANISMO, OTROS PROTAGONISTAS El reflejo de las etiquetas fáciles reapareció hace pocos días, cuando Cabildo Abierto decidió dar sus votos al presupuesto en el Parlamento. De pronto, Manini Ríos y el diputado Perrone se convirtieron, según algunos, en comunistas, traidores y hasta tupamaros.
Resulta irónico: tiempo atrás, quienes criticábamos el discurso de Cabildo Abierto éramos tildados de comunistas y de conspirar contra la Coalición Republicana. Ahora todos dicen: “Yo siempre lo supe”, “Sabía que Manini rumbeaba para ese lado”.
Permítanme que me ría, pero con amargura.
Hay que llamar a las cosas por su nombre. El propio Manini ha dicho que «no somos ni de derecha ni de izquierda». Cuando alguien pronuncia esa frase, suele ser de derecha.
Cabildo Abierto es derecha dura, nacionalista, identitaria, patriagrandista, populista, conservadora y con fuertes vínculos con la tradición militar. No es fascista, pero buena parte de quienes se definen como tales encuentran allí un refugio cómodo.
Que vote con el Frente Amplio no lo convierte en comunista: lo convierte, en todo caso, en oportunista.
Los militares estudian estrategia; pero, a veces, también se equivocan.
FALTA HONESTIDAD INTELECTUAL El verdadero problema no es ideológico: es de honestidad intelectual.
Si llamamos comunista a un socialdemócrata moderado, pero nos cuesta llamar ultraderecha a la ultraderecha, estamos renunciando a la capacidad de nombrar el mundo con precisión. Y sin nombres precisos no hay debate posible: solo hay gritos, prejuicios y sordera.
La historia de Líber Arce y de Enrique Tegiachi no es solo un episodio del pasado; es un espejo. Nos muestra cómo la ideología puede cegarnos, cómo el miedo puede desatar la violencia y cómo el prejuicio puede convertir a una víctima en un símbolo deshumanizado.
Pero también nos recuerda que detrás de cada etiqueta hay una persona: un hijo, un padre, un amigo. Y que la política, por más apasionada que sea, jamás debería arrebatarnos la capacidad de mirar al otro con un mínimo de compasión y empatía.
Defender la libertad de pensamiento es también defender el derecho a disentir sin ser demonizado. Es poder decir “comunista” cuando realmente lo es y «fascista» cuando realmente lo es.
Pero también tener la honestidad de no llamar comunista al que no lo es, ni fascista al que no lo es.
Las etiquetas políticas deberían describir, no funcionar como insultos. Sin caricaturas, sin miedo y, sobre todo, sin odio.
“¿HOLA, HEBER?” Cada vez que una voz destemplada señala a alguien y lo acusa de comunista, no puedo evitar recordar a la actriz Mecha Bustos, quien hacía el papel de la viejita desnorteada en Decalegrón. Ella llamaba por teléfono, se enredaba con D’Angelo, Frade o Espalter y, cuando no le daban pelota, exclamaba con furia:
“¡Son todos comunistas, señor Heber!”
Hacía referencia a Heber Pinto, el recordado relator deportivo y luego conductor de Sea Ud. juez por un minuto, un programa que tenía un público mayoritariamente conservador.
(Heber Pinto también fue diputado por el pachequismo).
En ese programa, mediante mensajes telefónicos de hasta sesenta segundos, la audiencia culpaba a los comunistas de casi todos los males del mundo. Era curioso, casi una parodia.
Pero la vida real no es un sketch.
Las palabras hieren, distorsionan y, a veces, matan simbólicamente a quienes no piensan como nosotros.
Quizás los más jóvenes no sepan —una lástima, verdaderamente— quiénes eran Mecha Bustos, Heber Pinto o qué era Decalegrón, y haya una generación que los olvidó.
Pero lo que sí deberíamos olvidar, con urgencia, es nuestra inagotable capacidad de odiar, de no sentir el dolor del otro y de encerrar a la gente en casilleros que solo sirven para justificar nuestra propia indiferencia, nuestro fanatismo y nuestra ignorancia.