La mosca y el batllismo que no quiere la fusión

agosto 17, 2026

Eduardo Irigoyen

La primera vez que vi La mosca (1958) era chico, fue en la tele de glorioso blanco y negro, de noche. El terror vino de la transformación: un científico decente se fusiona con una mosca y se convierte en un engendro.

En 1986 Cronenberg fue más sofisticado y repugnante. Misma idea: el cuerpo se modifica, el cambio se produce de a poco, la identidad se degrada, se pudre. Al final, el resultado asusta y da asco.

La sustancia (2024) juega en la misma cancha del terror físico.

El monstruo no viene de afuera: lo fabricamos nosotros cuando creemos mejorar y terminamos irreconocibles.

A muchos, en el Partido Colorado, nos asusta que nos pase algo parecido con la fusión o la coalición profunda (“juntos y un poco revueltos”). El tradicional adversario, que durante años le echaba nafta a la máquina de perder elecciones, aprendió. Dejó de regalarse. Hasta Lacalle Pou suelta discursos casi batllistas, cosa que produce arcadas a blancos conservadores y a la tribu libertariana.

Ellos sienten contaminación. Nosotros, miedo a la mutación.

Los defensores recuerdan que el Frente Amplio es coalición y cada partido conserva su identidad y gana elecciones (y después, gobierna regular o mal). Nos dicen que ellos fueron vivos y nosotros, bobos idealistas, ansiosos por perder. Pero si nos fusionamos, mezclamos o coalicionamos (ya sé que no todo es lo mismo), ¿en qué nos convertimos? ¿En una versión desteñida de otra tradición? ¿En el socio menor que aporta votos históricos y después se calla? ¿En un colorado que ya no se atreve a decir que es batllista?

Hay preguntas que parecen electorales y hablan de algo más profundo: ¿cómo puede subsistir el batllismo en un escenario de coalición?

No me interesa el nombre (republicana, liberal, multicolor, tornasol o rosadita; ya sabemos que será Coalición Republicana), ni cómo debemos presentarnos: juntos, abrazados, entre las sábanas o con distancia sanitaria.

Eso es táctico. Me interesa qué significa seguir sintiéndonos batllistas al convivir con quienes no lo son.

Una coalición puede ser necesaria, conveniente o imprescindible para ganar. Pero no debería ser necesario dejar de saber quiénes somos. Ese es el riesgo.

NO QUIERO UN BATLLISMO CLANDESTINO Escucho demasiado: “No hagamos ruido. No relajemos a los socios. Primero ganamos juntos y después discutimos”. Entiendo la lógica. Yo también quiero ganarle al Frente Amplio, y no solo electoralmente: quiero demostrar que es falso el relato de que ellos son la verdadera continuación del batllismo. No lo creo.

Y además, gobernar mejor.

Pero tampoco creo que para demostrarlo se deba convertir al Partido Colorado en una versión desteñida de otra tradición. Sería paradójico: para probar que el batllismo vive, terminaríamos ocultándolo. Un batllismo que baja la voz esconde símbolos, modera convicciones y pide disculpas por su historia para no incomodar.

Eso es batllismo conformista y con tranquilizantes.

No quiero eso.

Ser batllista no es solo repetir el nombre de Don Pepe ni recordar su obra. Es una concepción de la sociedad y del ser humano: que la libertad no es solo la del que tiene recursos; que la democracia no se agota en votar cada cinco años; que el Estado puede ser herramienta de la libertad y no necesariamente su enemigo. Eso es una ética política. Por eso el batllismo puede sobrevivir a Batlle, al partido, a una derrota, a una coalición y hasta a nosotros. Mientras alguien crea en esas cosas, no habrá muerto.

Una coalición exige acuerdos. El batllismo nunca fue pureza revolucionaria: fue reformista y pragmático. Supo negociar y administrar realidades imperfectas. Pero acordar no es mimetizarse. Una cosa es compartir un programa; otra, compartir una identidad ajena.

Podemos coincidir con blancos, con independientes y otras tradiciones en la defensa de la República, la seguridad, la modernización del Estado, la responsabilidad fiscal o la inversión. Perfecto. Pero también debemos poder discrepar. Si la coalición exige que rebajemos nuestro inquietismo batllista, el problema no es la coalición: es que habremos perdido identidad.

Mientras discutimos cómo convivir con eventuales socios, dentro del propio partido aparecen fenómenos más preocupantes. Resulta curioso —y a veces doloroso— que desde sectores colorados se reivindique con entusiasmo a figuras ajenas al batllismo, mientras se ignora o se mira para otro lado cuando se trata de las nuestros.

Podemos estar juntos. Pero no necesitamos ser iguales.

¿Se puede ser liberal progresista, socialdemócrata y a la vez coalicionista?

Sí. En Uruguay casi todo es posible. Se puede defender la libertad individual y la protección social; la iniciativa privada y empresas públicas eficientes; bajar impuestos y sostener políticas universales; responsabilidad fiscal e inversión social; propiedad privada con función social; un Estado más pequeño en algunas áreas y más fuerte en otras.

ES LA SOCIALDEMOCRACIA, ESTÚPIDO Hablemos fuerte y claro para escandalizar a los que dicen “Soy batllista, pero ni de Don Pepe ni de Luis”: la socialdemocracia nunca fue de abolir el mercado ni estatizar la sociedad. Fue construir una sociedad libre en la que el mercado no determinara solo quién vive dignamente. Tiene plena vigencia.

Y no creo que el Frente Amplio tenga el monopolio del batllismo.

Ellos son antiliberales y antirepublicanos.

Pero tampoco acepto que el batllismo deba desaparecer para que una coalición funcione. Hay diferencia entre coalicionismo y mimetización. La primera dice: tenemos diferencias, pero podemos trabajar juntos. La segunda: ocultemos las diferencias. Prefiero la primera, aunque sea más incómoda.

El Partido Colorado no nació para ser pieza auxiliar de nadie. El batllismo tampoco.

Dentro del partido también hay antibatllistas.

¡Hasta tenemos chicotacistas!

Algunos lo dicen; otros lo practican; algunos sienten incomodidad ante la palabra Batlle, como ante un antepasado vergonzante o el tío que hace papelones se empeda en la reunión familiar.

Con ellos habrá que discutir. Un partido sin debate interno es una cáscara electoral.

Quiero un Partido Colorado que negocie con sus socios y pueda decir: hasta acá coincidimos; desde acá discrepamos; esto lo votamos juntos, esto no; esto pertenece a nuestra identidad y no renunciamos. Eso no debilita una coalición: la vuelve más honesta.

A veces parece que nos da vergüenza decir que somos socialdemócratas, como si debiéramos aclarar de inmediato que no somos comunistas ni estatistas irracionales. Yo no tengo problema: soy socialdemócrata, liberal, republicano, batllista y colorado. No pido disculpas. Me siento orgulloso de una tradición que entendió hace más de un siglo que libertad y justicia social no son enemigas: pueden ser complementarias.

La coalición puede sobrevivir sin el batllismo.

El Partido Colorado, no.

Tal vez la próxima coalición sea exitosa: gobierne, mejore la seguridad, haga crecer la economía, saque gente de la pobreza, modernice la enseñanza, combata el delito y recupere confianza. Ojalá. Yo quiero contribuir. Pero también quiero una voz colorada y batllista reconocible dentro de ella: una que recuerde que la República no es solo alternancia; que la libertad no es solo mercado; que la eficiencia no es solo recorte; que la seguridad no es solo castigo; que el Estado no es solo gasto; y que la política no es solo ganar elecciones.

Y que el culto religioso y su agenda irracional se queden en el templo, la iglesia o el terreiro, no se instalan en el Palacio Legislativo.

Quiero un batllismo vivo, capaz de formar coaliciones sin perder el alma. Una coalición es herramienta; un acuerdo, necesidad; una elección se gana o se pierde. Pero una identidad entregada por conveniencia no se recupera fácilmente. Si alguna vez hay que elegir entre ganar dejando de ser lo que somos o perder defendiendo convicciones, al menos sepamos qué defendemos.

APRENDAMOS DE LA MOSCA, DE 1986 En un momento, quien está sufriendo la fusión con la mosca pregunta si se conoce algún insecto que se dedique a la política.

—Los insectos no hacen política. Son brutales. No tienen compasión ni compromiso. No se puede confiar en un insecto.

La frase es una terrible advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando nos convertimos en otra cosa. Cuando dejamos de reconocernos.

Porque sentirse batllista es creer que todavía hay un Uruguay que vale la pena construir. Un Uruguay con lugar para la compasión, para el compromiso, para la solidaridad, para la libertad.

Y de paso, evitar convertirnos en esa cosa horrorosa que un día se mira al espejo y ya no se reconoce.

La República, maltratada, debilitada, pero no rendida, se abre paso entre la oscuridad y la mugre.

Sonríe.

Levanta, esperanzada, el clavel colorado.

Como protesta. Como memoria.

Como reafirmación de lo que somos.

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