LA ESENCIA DE LA DEMOCRACIA ES EL LIBERALISMO POLÍTICO
Enrique TARIGO
Vicepresidente de la República (1985/1990. Abogado. Docente). FUENTE: «El Día», 1º de octubre de 1974
«En esta proliferación de calificativos, que en épocas y en circunstancias diversas, han pretendido adosársele a la democracia no han faltado los que, desde trincheras opuestas a las del marxismo, concluyen, sin embargo, por arribar a una conclusión idéntica: la negación de la democracia.
Nos referimos a los calificativos de democracia activa, de democracia partidaria de sí misma, de democracia militante o beligerante, etc.
La idea común que seguramente subyace en todas estas diversas denominaciones, es la que consiste en creer que la democracia ha dejado de tener como función la limitación del poder, para convertirse en un sistema de explicación y de justificación del poder.
Se ha sostenido, en efecto, que cuando la idea de la democracia servía de instrumento intelectual de lucha contra el absolutismo, se presentaba como el régimen de la libertad, pero que, a partir del momento en que la democracia sale de la oposición y conquista el poder, ya no es, necesariamente, un medio de control o de limitación del poder, sino, sólo un sistema de explicación y de justificación del poder.
La tesitura es falsa, y la prueba más acabada de su falsedad está dada por la subsistencia de democracias liberales asentadas sobre la sólida base de la libertad, fieles a sí mismas, a pesar de que , desde hace más de una centuria han dejado el campo de la oposición una vez abolidos los regímenes absolutistas que las precedieron.
Ni la democracia, ni los demócratas -es decir, sus sostenedores y partidarios- deben ser indiferentes o negligentes a su respecto.
Por el contrario, la democracia moderna, afirmada en el principio de que el poder del Estado deriva originariamente de la voluntad soberana, pura, de los hombres que han pasado del estado de naturaleza al estado político, sostiene que el derecho político a participar en el poder del Estado es un derecho general, que nace de la misma naturaleza humana y que necesita ser atribuído a todo individuo que vive en la asociación etática. quien, por este hecho, es elevado a la categoría de ciudadano.
Desde este punto de vista, naturalmente que la democracia es partidaria de sí misma, naturalmente que la democracia es militante, en el sentido de que afirma y postula la excelencia de la idea democrática, como único régimen de gobierno digno del hombre.
Pero este convencimiento en la excelencia de la democracia como régimen de gobierno, esta profesión de fe renovada cada día , no debe llevarnos -por más militantes que seamos- a la negación de lo que es la esencia misma de la democracia, la realización de la libertad.
Como la democracia está fundada en la razón, en la naturaleza racional del hombre, es el único régimen de gobierno que puede admitir y tolerar en su seno, la expresión de ideas divergentes, antagónicas, la expresión de ideas incluso contrarias a la democracia, porque confía en la razón cmo insuperable mecanismo de convencimiento y de adoctrinamiento.
La libertad para discrepar en el plano de las ideas -aun en el de la idea democrática- es lo que caracteriza de manera única e irrepetible a la democracia misma. Negar esa aptitud para la libertad, es negar la democracia.
Desde luego que, cuando la idea antidemocrática deja de ser idea para convertirse en acto, en conducta, y estos actos y estas conductas violan o transgreden el orden jurídico democrático, ya no estaremos en el campo de la libertad sino en el campo del delito, en el campo de la agresión a la libertad de los demás.
Pero la línea tangente que separa la idea de la acción, el pensamiento del acto, la ideología -por absurda que nos resulte- de la conducta ilícita, deberá observarse con absoluta escrupulosidad porque ella es la única que nos permitirá distinguir lo lícito de lo ilícito.
Dice André Hauriou, en su «Derecho Constitucional e Instituciones Políticas», que «En la democracia liberal, la libertad está protegida en dos planos, el de la acción gubernamental y el de las relaciones entre gobernantes y gobernados».
Agrega que «En el plano de la acción gubernamental y parlamentaria se admite que el ejercicio de la libertad debe permitir la diversidad de opiniones en lo que concierne a la gestión de los asuntos públicos. Esto lleva consigo la existencia de formaciones políticas mayoritarias y formaciones políticas minoritarias y, en suma, la existencia de una mayoría y una oposición».
Pero como la mayoría -sobre todo la mayoría parlamentaria- se presenta como la expresión mayoritaria de la soberanía nacional, «podría darse el caso de que intentase dominar a la minoría y reducirla a la impotencia».
«En la práctica -afirma- sucede de otro modo, y justamente por ello la democracia es liberal. La mayoría respeta los derechos de la minoría por la organización de elecciones sinceras, la institución de inmunidades parlamentarias, el respeto del derecho a la palabra y a menudo por la participación proporcional en las comisiones, llegando incluso en cierto casos a la elaboración de una política bipartita, para la cual se pide la conformidad a la oposición».
«En el plano de las relaciones entre gobernantes y gobernados, este respeto a la libertad se manifiesta principalmente por la afirmación de los derechos individuales, para los cuales el Gobierno nunca supondrá un peligro, sea cual sea la mayoría que lo anime, derechos que preservarán la zona de independencia propia de los individuos».
La democracia tiene, y seguirá teniendo, por vocación y por destino, la realización de la libertad. Esa vocación y ese destino liberales constituyen su esencia y su razón de ser.
Pretender que se afirma la democracia cuando ella niga la libertad en el campo de las ideas, así sea o se pretenda hacerlo en defensa de la democracia, es negar a ésta, es contradecir su fundamento racional y filosófico más claro y más intergiversable».